{"id":20881,"date":"2024-04-30T14:41:33","date_gmt":"2024-04-30T12:41:33","guid":{"rendered":"https:\/\/www.lelo.com\/es\/blog\/?p=20881"},"modified":"2024-04-30T14:41:33","modified_gmt":"2024-04-30T12:41:33","slug":"relatos-eroticos-la-intimidad-de-papel","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lelo.com\/es\/blog\/relatos-eroticos-la-intimidad-de-papel\/","title":{"rendered":"La intimidad de papel \u2013 Relato er\u00f3tico"},"content":{"rendered":"<p>Querida compa\u00f1era del silencio:<\/p>\n<p>Hace ya tiempo que quer\u00eda escribirle. Hoy, cedo a la tentaci\u00f3n a la vez que a la ya desaparecida tradici\u00f3n de lo epistolar. Espero que sabr\u00e1 perdonarme la audacia y la desverg\u00fcenza de esta declaraci\u00f3n. Dej\u00e9 esta nota doblada en dos en el libro que, creo, est\u00e1 estudiando, para asegurarme de que la encuentre. S\u00e9 que no me ha visto hacerlo. Me asegur\u00e9 de ello cuando me acerqu\u00e9 a su mesa. Estaba absorta en la b\u00fasqueda de m\u00e1s manuscritos, all\u00ed, en los estantes.<\/p>\n<p>Ya me estoy imaginando su expresi\u00f3n mientras me est\u00e1 leyendo. No tema, no la estoy espiando ahora mismo. Ya no estoy en la biblioteca. He huido como los ladrones, pero no por miedo en este caso, m\u00e1s bien por preservarnos.<\/p>\n<p>Probablemente ya ha regresado a su mesa con muchos m\u00e1s libros pesados entre sus manos. Veo su mueca adorable, sus cejas fruncidas y ese labio que muerde \u00a0cuando est\u00e1 intrigada. Me la imagino part\u00edcipe de esta intimidad nueva entre nosotros, esta intimidad de papel, del verbo.<\/p>\n<p>Me acuerdo de las primeras veces que la vi, har\u00e1 unos cuantos meses atr\u00e1s, creo. Cuando todav\u00eda era una desconocida para m\u00ed, cuando no sab\u00eda absolutamente nada de usted.<\/p>\n<p>Primero, fue su pelo lo que me llam\u00f3 la atenci\u00f3n. Tiene un color tan peculiar, tan poco habitual que ni siquiera la iluminaci\u00f3n verdosa de los neones de la biblioteca logr\u00f3 ocultar su brillo. Y, lo confieso, la primera pregunta que me hice sobre usted es si su color pelirrojo es natural. Me hace sonre\u00edr cuando lo pienso. \u00a1Cu\u00e1ntas preguntas me persiguen ahora! \u00bfC\u00f3mo se llama? \u00bfTiene a alguien en su vida? \u00bfA qu\u00e9 sabe su boca cuando la besan? Me gustar\u00eda saberlo todo de usted, el aroma de su piel, las caricias que prefiere, el sabor de su cuerpo cuando la lengua dibuja sus contornos.<\/p>\n<p>Pero ya me estoy yendo\u2026 No me conoce y soy consciente de que ninguna legitimaci\u00f3n me autoriza a escribirle todo el deseo que me inspira. Sin embargo, lo har\u00e9. Y espero ver el rubor extenderse por sus mejillas, haci\u00e9ndola a\u00fan m\u00e1s bella. Ya sabe que la estoy observando desde hace mucho tiempo.<\/p>\n<p>Un d\u00eda, nuestros ojos se cruzaron. Pero baj\u00f3 muy r\u00e1pidamente la mirada ante mi inquietante insistencia. Unos minutos despu\u00e9s, volvi\u00f3 a mirarme cuando pensaba que yo ya hab\u00eda dejado de hacerlo. Se hab\u00eda sonrojado ligeramente y su falsa timidez solo la hac\u00eda m\u00e1s deseable. Hubo una segunda vez y entonces supe que estaba ofrecida a mi mirada y que pod\u00eda explorarla por completo. Mis ojos se deslizaron sobre usted, fue una larga caricia, a lo largo de la curva de sus pechos, el hueco de su espalda, la redondez de sus nalgas, sus muslos, sus pantorrillas, incluso sus pies, que se mov\u00edan r\u00edtmicamente debajo de la mesa.<\/p>\n<p>Ese d\u00eda, vest\u00eda vaqueros y bambas. No llevaba maquillaje, mechones de cabello se escapaban de un mo\u00f1o desordenado. Se movi\u00f3 un poco en su silla, tan inc\u00f3moda como la m\u00eda. Intent\u00f3 no mirarme m\u00e1s y fingir sumergirse en este poemario que nunca le abandona, <em>Las Flores del Mal<\/em>, de Baudelaire. Pero el poeta sab\u00eda, y yo tambi\u00e9n, que me deseaba.<\/p>\n<p>Desde entonces, iba a la biblioteca con mayor frecuencia para encontrarla all\u00ed. No estaba nunca los fines de semana ni los lunes. Pero los dem\u00e1s d\u00edas, siempre se encontraba en el mismo lugar, en la cuarta mesa, al fondo. Llegaba a la apertura, siempre puntual. Iba a pedir los libros que hab\u00eda reservado y, luego, se paseaba por los estantes y regresaba con algunos poetas y unos cuantos cr\u00edticos literarios. Baudelaire ten\u00eda su preferencia, pero a veces se le un\u00edan otros.<\/p>\n<p>Seguramente ten\u00eda clase los lunes; los dem\u00e1s d\u00edas, estudiaba e investigaba. Era diligente en el trabajo, seria, siempre inclinada sobre sus libros o su port\u00e1til. Sus dedos sin anillos \u2013lo hab\u00eda comprobado- corr\u00edan sobre el teclado, golpeando las teclas con demasiada fuerza. A veces, se deten\u00eda en busca de inspiraci\u00f3n. Otras, disimuladamente, miraba a su vecino, el que la miraba demasiado, a su izquierda. Mi propia investigaci\u00f3n no avanzaba mucho. Su presencia cerca de m\u00ed me fascinaba demasiado como para que mi trabajo no se resintiera. Eso s\u00ed, nuestra relaci\u00f3n progres\u00f3 bastante despu\u00e9s del primer intercambio de miradas. No nos hablamos. No la invit\u00e9 a tomar un caf\u00e9. Nunca me salud\u00f3 aunque siempre se encarg\u00f3 de comprobar que estaba ah\u00ed, a su lado. Quise prolongar estos primeros momentos, cuando el otro es todav\u00eda un misterio, una inc\u00f3gnita. Cuando desconocemos nuestros nombres respectivos.<\/p>\n<p>Sab\u00eda que se sent\u00eda atra\u00edda por m\u00ed. La forma en que se vest\u00eda hab\u00eda cambiado. Ya llevaba a menudo falda corta. Ahora pod\u00eda ver la delgadez de sus tobillos, la curva de sus pantorrillas. La falda llegaba escandalosamente a mitad de los muslos. Y me imagin\u00e9 el resto.<\/p>\n<p>En resumen, solo estaba pensando en usted. Sab\u00eda que lo sab\u00eda y empez\u00f3 a jugar. Se manifest\u00f3 como un repentino ataque de torpeza: como las grandes damas de anta\u00f1o que perd\u00edan sus pa\u00f1uelos, siempre se le ca\u00eda un bol\u00edgrafo. Y acababa debajo de mi silla. Me levantaba, lo recog\u00eda y me daba las gracias, lac\u00f3nica, sin abrir la boca. Estaba a su servicio, como el amante cort\u00e9s que espera la buena voluntad de su dama.<\/p>\n<p>Un d\u00eda, mientras pasaba por detr\u00e1s de m\u00ed, se le cay\u00f3 un libro. Vest\u00eda una blusa esmeralda que resaltaba el rojo de su pelo y una falda negra corta. No tuve tiempo de agacharme para recogerlo. Ya lo hab\u00eda hecho y sus nalgas, al alcance de mis manos, parec\u00edan desafiarme. Me parece que hizo que el momento durara m\u00e1s de lo necesario: la tela de la falda se hab\u00eda estirado sobre sus curvas. Vi la parte superior de sus muslos, la marca de sus bragas y no s\u00e9 lo que me tentaba m\u00e1s, si besar este trasero o pegarlo, para castigarla y amarla, querida provocadora. \u00a1C\u00f3mo la deseaba! Se levant\u00f3, libro en mano, y volvi\u00f3 a su silla. No me dijo nada pero sus ojos brillaban, sus mejillas estaban rojas y la vi sonre\u00edr, de repente, a la pantalla de su ordenador.<\/p>\n<p>Desde entonces, lo confieso, sus nalgas han encendido mis sue\u00f1os. Entre nosotros, es como jugar al gato y al rat\u00f3n y no s\u00e9 si es el gato, la presa o ambos a la vez. Sus provocaciones, mis miradas sinceras, las semanas que pasan, tan pocas palabras, tantos gestos. Creo que puede durar mucho tiempo.<\/p>\n<p>Por eso me he parado aqu\u00ed y he decidido escribirle. Me gustar\u00eda que nuestra biblioteca fuera un laberinto, para poder buscarla, entre las estanter\u00edas y los libros. Me imagino el momento en que la veo. No es consciente de mi presencia. Me da la espalda. Su mirada recorre los estantes. Estamos escondidos, solos, protegidos por los autores cl\u00e1sicos. Me acerco en silencio, hasta que finalmente puedo deslizar mis dedos por su cabello. No se da la vuelta; est\u00e1 esperando que le revele lo que es. Mi boca se pierde en el rojo de sus rizos, siento las ganas de morderla y amarla. Mis manos vagan, caricias, represalias, nuestras bocas tienen hambre. Quiero sus pechos, su culo, sus muslos. Le desabrocho el sujetador, le levanto la falda. Descubrirlo todo, volver al origen, al desnudo perdido. Su pecho traza un c\u00edrculo en mi mano. Y mis dedos descienden, siguiendo los surcos de su piel, hasta encontrar la fuente, donde su aliento se corta, donde me hundo. La quiero toda, abierta, abundante. La penetro, nuestras manos se apoyan en las estanter\u00edas, los libros se derrumban.<\/p>\n<p>Eso es con lo que suelo so\u00f1arla. Y ahora, le pido una tregua a nuestros juegos silenciosos. Tregua de fantas\u00edas, de miradas ardientes y abrazos so\u00f1ados. S\u00e9 que no soy Baudelaire ni tampoco Victor Hugo. Pero, si no tiene ning\u00fan compromiso, y si lo le\u00eddo hasta ahora no le ha disgustado, me encantar\u00eda invitarla a cenar la semana que viene. Y, tal vez, si las conversaciones se cruzan tan bien como nuestras miradas, nos abrazaremos y la poes\u00eda recuperar\u00e1 sus derechos.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><a class=\"twitter-share-button\" href=\"https:\/\/twitter.com\/share?ref_src=twsrc%5Etfw\" data-show-count=\"false\">Comp\u00e1rteme con un Re-Tweet<\/a><script async src=\"https:\/\/platform.twitter.com\/widgets.js\" charset=\"utf-8\"><\/script><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Querida compa\u00f1era del silencio: Hace ya tiempo que quer\u00eda escribirle. Hoy, cedo a la tentaci\u00f3n a la vez que a la ya desaparecida tradici\u00f3n de lo epistolar. 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