Una MILF en apuros: El pijama

Confieso que hace tiempo que solo ligo por Tinder. Con el confinamiento, nada de nada, claro está, ni Tinder ni Tindar, que diría mi santa madre. En los años anteriores, he deambulado por varias apps siendo Tinder en la que más tiempo he empleado. Y he hecho como el Guadiana: entrar y salir, aparecer y desaparecer, porque ya se sabe, no se puede estar en apps de dating durante mucho tiempo, salvo que seas un descerebrado. Tienes épocas de «furor tinderiano», que diría aquel machirulo que acuñó lo del furor uterino, y otras en las que te conviertes en asceta y en las que la sola idea de descargarte una de estas apps del demonio, te genera urticaria.

Sin embargo, mi última historia de sexo no tuvo nada que ver con el dating.

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Una MILF en apuros

El pijama

A él le conocí trabajando, pero ojo, que no era un periodista, para muertos de hambre ya basta con una en esta historia: nunca he sido de encamarme con compañeros de profesión, ¿para qué? ¿Para acabar hablando en la cama de lo bajas que están las tarifas y de los medios que te pagan en visibilidad? Quita, quita: la cama tiene que ser lugar de alegría, al dormitorio se tiene que llegar llorado y eso sería imposible con un colega de profesión.

Pero retomo el hilo: mi último polvo trabajaba en gastronomía y no era mi primera incursión en ese sector… Años atrás me acosté con un señor que ejercía como director de un mercado gourmet, de estos que se montan en las capitales que tienes que pedir un crédito al consumo para tomarte una caña y un pincho de tortilla. Pero oye, son bonitos, eso sí. El director, en concreto, también era jugador de waterpolo y yo me lo imaginé ágil y fibroso porque siempre he sido una persona muy visual y muy imaginativa. Y mira, resultó no ser ni lo uno ni lo otro: tenía lorza en los lumbares, o flotador, según prefieran… Pero lo peor no era la lorza, que a mí eso me puede dar igual, sino que era más vago que la chaqueta de un guardia. Era de los que follaba cansado: se tumbó en la cama y esperó a que yo lo hiciese todo. Así que, no entiendo muy bien lo del waterpolo, la verdad, será que jugaba de alguna posición que requería de cero movimientos y que yo, por ser neófita en ese deporte, no fui capaz de prever.

Pero regresemos a mi última cita. Por supuesto, para echar un polvo, tuve que hacer un cuadrante gestionando varias agendas: la de mi primo, que ejercería de canguro de la peque; la de mi hija mayor, que sería assistant del primo dedicándose a las tareas menos gratas, como cambios de pañales y preparación de biberones; mi propia agenda y, por supuesto, la del cocinero. Es decir, en esta situación, llegas tan agotada a la cita que no sé ni cómo me quedaban energías para coitar. Así os lo digo.

Había quedado con él en un restaurante muy chulo del centro, cualquiera lo llevaba a un antro de mala muerte siendo él un hacha en la cocina. La cena estuvo bien, la charla también y decidimos ir a tomar una última copa a un bar por la zona, pero era martes y todo estaba chapado. Una querría salir los días que salen las personas normales, los jueves, no digo ya los viernes… Pero esos son los días que sale mi hija mayor o mi primo (les recuerdo que es el canguro). Así que tienes que hacerlo un martes, cuando no hay un alma en las calles y los bares cierran porque hoy hay más runners que amantes de la botella. Y si al día siguiente tienes una reunión a las 8 de la mañana, pues te jodes, porque un polvo es un polvo y no tenemos edad para ponernos exquisitas.

Así que, ahí estábamos, en Gran Vía, casi medianoche y alrededor solo estaban los de la limpieza. ¿Me invitas a una copa en tu casa? –me preguntó. Le dije que sin problema pero que, a lo mejor, en mitad de la copa se levantaba mi hija pequeña a pedirnos un bibe de leche. Cuando le dije que no tenía ni 4 años, casi estuvo a punto de echar a correr hacia plaza de España. Y lo entiendo, que a mí a veces también me dan ganas de salir corriendo sin mirar atrás, dejando abandonadas a su suerte a mis herederas. Entonces, sin hablar (porque este chico era del norte y ya me había avisado una amiga sobre que en el norte se folla y se habla poco), fuimos yendo hacia su casa. Huelga decir que no había habido contacto alguno, ni un acercamiento ni nada: el hombre era parco en muestras de afecto. Yo pensaba que tal vez era tímido, yo no lo soy, pero ya he toreado en suficientes plazas como para saber que si me tiro a la yugular, el tío se asusta. Una lástima, ¿verdad? Pues sí, porque ser cazadora es divertido, pero las cazadoras no follamos, hay que hacerse la modosita.

Cuando llegamos a su casa, sacó dos copas, una botella y me pidió que sirviera el vinito. Acto seguido, desapareció. Yo imaginé que había ido al servicio: se estará meando, pensé. Como tardaba, deduje posibles problemas de próstata o que a lo mejor había ido a depilarse el pecho, que ahora hay mucho hombre con menos pelo en el cuerpo que yo. Pero no, comprendí su tardanza cuando lo vi reaparecer por el salón: se había puesto cómodo y vestía camiseta y la parte de abajo de un pijama de felpa… ¡con ositos!

Queridos lectores, os aseguro que hubiera preferido que reapareciese desnudo con una bolsa del Pryca en la cabeza, como lucía en Tinder un sujeto que quiso ligar una vez conmigo en Berlín. En serio, hubiese preferido esa bolsa de plástico en la cabeza o unos pantalones de cuero con el culo al aire a lo Village People. Cualquier cosa menos un pijama de ositos… Una amiga me dijo al día siguiente que eso le parecía encantador, como muy cercano, de mucha confianza. Pero a ver, ¿he pedido yo tanta confianza? Esto es como si en el primer polvo el tío se tira un cuesco, no, no, yo no necesito confianza, necesito otras cosas.

Ni qué decir tiene que me dio un bajón tremendo… Los pijamas de felpa no son nada eróticos, no invitan al desenfreno ni a la lluvia dorada. Un pijama de felpa es el preámbulo de un sueño plácido y yo, mujer casi de mediana edad, no estoy para sueños plácidos. Yo los quiero tórridos, húmedos, de estos que te despiertas con la respiración entrecortada, te llevas la mano al coño y lo tienes palpitando, como cuando has tenido un par de orgasmos intensos o te han metido con fuerza una buena polla durante horas.

El polvo fue tan nefasto como la escena del pijama. Y es que, a veces, es mejor quedarse en casa. Viendo una serie o First Dates, lo que sea. Y en pijama, pero de los Minions.

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Sobre Lucía Martín

Lucía no podría vivir sin la escritura, la música ni la tortilla de patatas. De haber vivido en la Edad Media, sin duda alguna, la habrían quemado por blasfema y bruja. Deslenguada, independiente, con sentido del humor, alocada, valiente, rebelde hasta la médula, respondona... Considerando todos estos adjetivos entenderéis por qué su padre considera que ningún hombre, en su sano juicio, querría casarse con ella. Freelance desde 2008, ha publicado en los grupos mediáticos más importantes de España y, como es una amante de la palabra, también ha publicado 7 libros. De momento...

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