Mujeres libres: Colette, la escritora que deshizo la cama de Procusto

La sociedad suele actuar con sus individuos como lo hacía aquel legendario ladrón griego, Procusto, que tenía una posada en el Ática en la que alojaba a los que por allí pasaban. Cuenta la leyenda que cuando alguien llegaba a su albergue pidiendo hospitalidad, el gigantón Procusto lo alojaba en una cama y, a poco que el huésped se despistara, lo ataba fuertemente a la misma y observaba cómo su cuerpo encajaba en el jergón. Si el huésped era demasiado alto o demasiado grueso y, por ejemplo, le sobresalían los pies, sencillamente se los cortaba. Si el desgraciado era demasiado bajito o demasiado flaco, lo sometía a espantosos estiramientos hasta que su corporalidad encajara perfectamente en el patrón: la cama de Procusto.

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Mujer en la Historia

Colette

La cama de Procusto es una alegoría de la forma en la que socialmente intentamos que todos encajemos en un único y determinado lugar, independientemente de quiénes seamos verdaderamente. Es una «categoría» (hombre/mujer, guapo/feo, escritor/empresario, heterosexual/homosexual), un rígido sitio donde encorsetar a los demás y donde forzarlos a encajar, un lugar donde igualar a todo el mundo y evitar que cualquier humano perturbe la normalidad, y donde podamos fácilmente (y casi siempre erróneamente) calificarlos con un simple golpe de vista. Alguien que se sale de norma, por ejemplo «el perverso» en la definición freudiana, debe ser inmediatamente «corregido»; amputado en sus miembros y capacidades sobresalientes de forma que no se nos exija el esfuerzo de intentar entender la pluralidad y no tengamos que hacer el esfuerzo comprensivo, al tener que elaborar demasiadas «camas». La cama de Procusto, y las hachas o los trinquetes del posadero, ejemplifica literariamente las coartaciones a la propia libertad individual. Pero hay personas, muy pocas, desmedidas. Personas que no encajan, por sus hechuras en ningún molde, que son muy difícilmente categorizables y que, cuando son encajadas, siempre se queda algo de ellas fuera del molde. Y hay personas, menos todavía, capaces de meterle la sierra a Procusto por ahí, por donde más duele. Colette fue una de ellas.

Colette no dejó una puñetera cama sin deshacer

El poeta Apollinaire dijo de ella que era la concreción de la perversidad, pero a poco de conocerla con mayor intensidad, tuvo que cambiar la categorización (la cama) para determinar que lo que de verdad era fue «traviesa». Sea lo que fuera, Colette no dejó una puñetera cama sin deshacer; una convención social sin remover, una norma sin cuestionar.

Sidonie-Gabrielle Colette nació en la región de la Borgoña francesa a principios del año de 1873. De pequeña, quería ser un apuesto marinero y adoraba con locura los animales (especialmente los gatos) y la vida en la naturaleza. No llegó a ser un intrépido marino varón, pero sí fue miembro de la Academia Goncourt (la elitista sociedad literaria que concede el premio literario de este nombre), fue condecorada con la Legión de Honor francesa, enseñó sus tetas en espectáculos de cabaret, fue la escritora más admirada de su época y recibió un funeral de Estado al fallecer en 1954, aunque sin recibir la ceremonia católica por lo «escandaloso y ateo» de su existencia. Su primer consorte masculino fue Henry Gauthier–Villars, alias Willy, un «proxeneta literario» según lo definieron biógrafos de Colette, mujeriego y presunto escritor, aunque su talento era el apropiarse de las obras literarias de los demás, que luego firmaba como de su autoría. Cuando se casaron, Colette tenía veinte años y él, treinta y tres. Las cartas de noviazgo que se intercambiaron despertaron por su pericia y osadía el interés de la hiena de Willy y no tardó en proponerle a Colette que le escribiera sus recuerdos de infancia en la Borgoña. Ella le entregó el libro (cerca de setecientas páginas), más por afecto que porque sintiera necesidad de hacerlo, que el parásito de Willy publicó bajo su nombre. El éxito fue inmediato y el personaje principal de la obra, Claudine, tuvo pronto tres secuelas bajo la escritura, naturalmente, de Colette y la firma de Willy. El sentido empresarial de Willy llevó la vida de Claudine a los escenarios, representada por Émile Marie Bouchoud, de nombre artístico Polaire, cantante cómica de busto grotescamente generoso y cintura prieta, que llegó a ser esbozada por el mismísimo Toulouse Lautrec. Se sabía públicamente que Polaire era amante de Willy, con lo que cuando los tres aparecían en fiestas del glamour parisino, con Polaire y Colette vestidas de colegialas (como correspondería al personaje de Claudine), el escándalo (y el éxito) estaba servido. Claudine devino un icono social que creó tendencias hasta en la moda y se convirtió en una máquina de hacer dinero. Pero Colette no pillaba nada al no constar su autoría ni tener derechos de autor sobre el personaje, lo que unido a sus frecuentes amantes femeninas, le llevó a replantearse definitivamente su matrimonio. Tras el divorcio, Colette publica ya con su nombre la cuarta entrega de Claudine donde relata su vida libertina y los excesos que ponen fin a su matrimonio, además de dar a entender algo que ya todo el mundo imaginaba; era ella, y no el espabilado, la verdadera escritora. La vida de Colette desplazó así el eje de su emplazamiento, de los salones literarios refinados a la sordidez de los cabarets y el Music Hall de Montmartre.

Colette y Missy

Su compañera en ese giro es la sobrina de Napoleón III y descendiente bastarda de los Romanov; la marquesa de Bellbeuf, Missy o Mitzi o Tío Max para los amigos. Si pasar de los círculos intelectuales y de codearse con Anatole France o Debussy a dormir en los andenes de tren sin un duro y trabajando los siete días de las semanas en el cabaret, no es un acto de libertad, que baje Dios y lo vea. Como también lo fue el mostrar su amor por Missy con desparpajo; llegaron, por ejemplo, a ser detenidas por besarse en público. Juntas lograron comprar una casa en Bretaña, no sin esfuerzo, y allí Colette retomó la escritura (escribe La vagabunda), el talento narrativo y el prestigio. Mantuvo y cultivó sus amantes femeninas, como la rica heredera Natalie Clifford Barney o la escritora Marguerite Moreno, pero también los masculinos; de Jean Cocteau a Paul Valery o Marcel Proust, y consolidó su feminismo reivindicativo, así como su afilado y renovador estilo narrativo. Y llegó Henry de Jouvenel, su segundo matrimonio, en 1911 y, al poco, su primera y única hija, Bel-Gazou, a la que le prestará a lo largo de su vida muy poca atención. Pero el escándalo acecha y estalla cuando se descubre que mantiene una relación con su ahijado; un chaval de diecisiete años que le inspira dos de sus mejores obras, Chérie y Blé en herbe. El divorcio, doce años después del matrimonio, resulta inevitable, pero a diferencia del anterior, Colette está armada hasta los dientes, posicionada y sigue escandalosamente resuelta a mantener su libertad. Sus contratos literarios, sus adaptaciones teatrales y el grupo de intelectuales que la admiran y la respaldan le permiten maniobrar con comodidad. Su tercer matrimonio, con Maurice Goudeket, un empresario y escritor, diecisiete años más joven que ella, y al que ya frecuentaba desde hacía una década, tiene lugar en 1935 y él será el que le acompañe hasta los últimos años, en los que una artritis paralizante y un incremento progresivo de peso (situación que le tocó en su vital coquetería) la mantuvieron físicamente casi en la inmovilidad. Es en esos últimos años, sin embargo, que mantiene un ritmo frenético de trabajo y escribe Gigi, en 1944, adaptada al cine por Vicente Minnelli y ganadora de nueve premios Óscar de la Academia.

Algunas sentencias irreverentes de Colette

Las sentencias que Colette nos dejó fueron tan agudas, profundas y sorprendentes como su propia existencia. Su particular feminismo, «Una mujer es capaz de hacer lo mismo que un hombre, salvo quizá el mear contra una tapia», mantenía siempre un punto de irreverencia hasta con el propio feminismo («La mujer que se cree inteligente reclama los mismos derechos que el hombre. La mujer inteligente renuncia a ello» o «Las mujeres libres nunca son libres… o no son mujeres»), que hoy, en tiempos de neopuritanismo y dogmatismo, echamos mucho en falta. Entregada hasta la extenuación a su propia libertad, «Lo difícil no es dar, sino el no darlo todo», Colette queda como un ejemplo de arrojo y como un emblema de esta sección… Y es que, no en vano, ella fue la única verdaderamente capaz de deshacer la cama de Procusto.

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