Mujeres libres: Gala Dalí o el egoísmo del fuego

Si por algo pudiera tener mala prensa la libertad individual es por asociarse con el primado de la propia independencia frente a las responsabilidades de interdependencia que manifestamos los humanos. Y la prensa de Gala Dalí solía venir acompañada por los calificativos de mala, manipuladora o interesada.

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Mujer en la Historia

Gala Dalí: el egoísmo del fuego

Se cree que el sujeto verdaderamente libre tiende a primar sobre cualquier otra cosa sus propias apetencias, sus inclinaciones, sus intereses frente a las ligaduras, los compromisos y responsabilidades que derivan de convivir con otros seres humanos. El egoísmo, como antónimo de lo ético, suele ser la caracterización, verdadera o inculpadora, con la que se suele catalogar socialmente a alguien que hace de su libertad individual su propio Dios, su único sentido. El sujeto radicalmente libre tiene, también en su vocación, el transformarse exclusivamente él, siendo los demás un simple utillaje en esa transformación. Es como el fuego; todo lo destruye o lo metamorfosea con la única finalidad de seguir siendo fuego, que nunca sea igual a sí mismo, sino que devenga fuego, y que nada, absolutamente nada, ni siquiera el agua, que la convierte en vapor, interrumpa la fascinación por contemplarse a sí mismo ardiendo. Egoísmo y exclusiva auto-transformación son los estigmas que suelen acompañar al que consideramos radicalmente libre. Helena Dimitrievna Diákonova, también conocida como Helena Ivánovna Diákonova, Gala Éluard o Gala Dalí fue eso, nadie lo duda, el paradigma de la mujer libre y la percepción que socialmente tenemos de ella es, además de ambivalente y confusa, casi nunca exculpatoria… Cosa comprensible, pues si algo revela su personalidad es la opacidad, lo inaccesible; siempre expuesta, nunca acabó de ser visible. Ella era el fuego que quema sin que se perciba, el que transforma el soto y, con él, los gigantescos pinos pero sin que se llegue ni siquiera a apreciar.

Gala: una nueva Mesalina ruso-ampurdanesa

Con relación al egoísmo del que hace de su libertad individual su divisa y aplicado al caso de Gala, señalar algún mínimo dato biográfico. Tuvo, por ejemplo, una hija, Cécile, en 1918, con el poeta francés Paul Éluard, a quien conoció en un lujoso balneario suizo cuando Gala apenas contaba 19 años y se recuperaba de una tuberculosis. Y a Cécile nunca pareció prestarle demasiada atención pues nunca había sido su intención el tener hijos que le coartaran en sus aspiraciones. Sí parece cierto que, pese a abandonarla a la completa responsabilidad de Éluard, mantuvo un contacto, más epistolar que afectivo, pero la relación entre ambas fue prácticamente inexistente. Cécile no pudo verla ni siquiera en su lecho de muerte. Se enteró de la agonía de su madre por la prensa y, en el testamento, no heredó ni una sola de las pertenencias de su madre biológica. ¿El más prístino de los egoísmos? Quizá, sin embargo, Gala estuvo vinculada en matrimonio con dos hombres. Paul Éluard, durante doce años, y Salvador Dalí, durante cincuenta, y su nombre adoptó y se popularizó con el apodo y el apellido de ambos; Gala Éluard o Gala Dalí.  ¿Entrega abnegada y fiel a sus esposos? Sin duda que no, pues si bien parece que los amó sinceramente, Gala tuvo como amantes en sus años con Éluard a lo más nutrido (por no decir a todo) del surrealismo. Max Ernst, por ejemplo, era su amante y convivía bajo el mismo techo con ella y Éluard en un fogoso dueto, que el poeta sobrellevó como pudo y con una bondad exquisita. De hecho, a veces el dueto se convertía en trío, con Ernst o con otras artistas como Leonora Carrington… Durante los años de matrimonio con Dalí, el asunto no hizo más que incrementarse. Bien pudiera ser por una no explícita pero al parecer incestuosa relación que tuvo en la infancia con uno de sus hermanos, bien por la histerectomía que padeció al poco de casarse con Salvador Dalí, bien por lo particular del estar sexual de Dalí (o por su «no estar»), lo cierto es que su sexualidad, ya poliédrica, rica, compleja e imposible de domeñar no hizo más que elevarse a los cielos de la leyenda, la incomprensión y, posiblemente, la exageración. De ella se decía que gustaba particularmente de los jóvenes efebos, principalmente si eran marineros, que llegaban al puerto de Rosas y que, como una nueva Mesalina ruso-ampurdanesa, no había varón que entrara en sus posesiones que no le calentara el catre, siempre con el pasmado beneplácito, digámoslo así, y la «surrealista» interpretación de Dalí. Dicen que «a la fuerza ahorcan», pero conviene recordar que Dalí era de aquellos que «si le dejan hablar, no le ahorcan».

El influjo de Gala

Pero ¿qué sucedió con eso que enunciábamos al principio de la «transformación» del libertario?

No existió un solo hombre que no pasara por su lado que, al simple roce, no fuera transformado en otro ser. Éluard fue un ejemplo: de poeta desconocido a uno de los mayores poetas en lengua francesa. Pero Dalí fue el gran ejemplo: «si no hubiera conocido a Gala, me hubiera quedado solo sorbiéndome los mocos en un cuartucho de Cadaqués». Y no le faltaba razón… Dalí era Dalí, y eso no es un secreto para nadie, por el benefactor y siniestro influjo de Gala. Ella hizo de un friki de provincias el más divino (y acaudalado) de los mortales. Pero no solo transformó a los hombres. Transformó la cultura europea de las segundas y terceras décadas del siglo XX. Cuando a Dalí le preguntaban por lo que era aquello tan fascinante del surrealismo, él solía responder con los bigotes apuntando al cielo y con la certeza del elegido: «Le surréalisme c’est moi» (El surrealismo soy yo).

Pues bien, el surrealismo no era él, era Gala. Su influencia soterrada pero siempre candente en uno de los movimientos culturales y artísticos más rompedores, complejos e inteligentes de las vanguardias históricas fue tan silencioso como evidente, y no solo en su promoción sino también en la constitución de su cuerpo ideológico. Algo que, junto a su temperamento siempre hosco, indescifrable e inasequible, le valió la enemistad cuasi mortal del gran «pope» del surrealismo, André Bretón, y del siempre claro, Luís Buñuel.

Gala era el fuego que lo transformaba todo

Musa es el nombre con el que una cultura organizada por y para el triunfo del varón suele condecorar a aquellas mujeres que, siéndolo todo, deben quedar reducidas a un estímulo, a una fuente de inspiración. Pero Gala no fue la musa ni del surrealismo ni de Éluard ni de Dalí. Gala parasitó, en cualquiera de los sentidos del término, a todo lo que se le aproximaba; ella era el fuego que transforma todo, desde un trozo de madera al aire o una idea, en fuego. Y todo ello lo hizo porque Gala, incluso antes que Gala, era libre, todo lo libre a lo que un ser humano puede aspirar en su pesaroso tiempo de existencia.

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