Mujeres libres: Joan Crawford, cuando la esclavitud se confunde con la «libertad»

A veces, la libertad se convierte en el peor veneno de una persona. En esta sección de «Mujeres libres», también queremos tocar algunos ejemplos. Casos de supuesta libertad de una mujer que, por muy admirada que fuese, por hacer aparentemente lo que le daba la real gana a nivel sexual, siempre se vio envuelta en algo muy oscuro. Y así ha sido para Joan Crawford, una mujer que siempre hizo creer que era oro todo lo que relucía.

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Mujeres en la Historia

Joan Crawford

El apuesto cowboy se yergue en la cocina del «salón» y sus gestos denotan ansiedad y dependencia. Ella, que ha cambiado su ropa masculina por un ceñido vestido malva rematado con una toquilla negra, lo observa. «Dime algo bonito», le suplica él. «Claro, ¿qué deseas oír?», responde ella con una dureza en la mirada que podría rayar el brillante. «Miénteme… dime que me has esperado estos cinco años… dímelo», le ruega. Ella, impasible, con un gesto duro y frío, mirándole directamente a los ojos y sin pestañear, le responde; «Todos estos años te he esperado». El espectador se siente confuso, no sabe qué pensar… ¿Miente Vienna al decirle esto? No hay la más mínima señal de aprecio o cariño en su respuesta, que parece ser emitida por un autómata… Sin embargo, el espectador ya sabe lo suficiente como para conocer que entre ella y él hubo un tormentoso y pasional idilio. La misma cara de asombro del espectador, de desconcierto, de no saber si miente o no, es la que pone Johnny Guitar en el atípico y celebrado western de 1954, Johnny Guitar. Ella es uno de los personajes más célebres y extraños del Hollywood dorado: Joan Crawford. Una actriz con una biografía en la que casi todo se tiene que intuir, en la que casi todo puede ser mentira, en la que casi todo suena a ese «Todos estos años te he esperado».

¿Quién era Joan Crawford?

Lucille Fay Le Sueur, nombre de nacimiento de Joan Crawford, llega al mundo un 23 de Marzo de 1904 en San Antonio, Texas. El ambiente tejano, opresivo hasta la extenuación y su complicada infancia de la que casi nada bueno se sabe, la dirigen al baile para trabajar como corista de bulto en distintos escenarios, de esos que van de los de mala muerte hasta los de cierto renombre. Y empieza la leyenda negra, la ambigüedad y el enigma; la prostitución, así como el cine porno pudo también conformar esos primeros años, y posiblemente la ocultación de ambos, de varios arrestos por prostitución y de varios intentos de chantaje por las cintas pornográficas marcaron de alguna manera su vida. Su tremendo carisma, su personalidad arrolladora y su determinación así como un más que probable trastorno bipolar la llevan como corista ya de primera fila a Broadway y, de ahí, a firmar un contrato con la Metro Goldwyn Mayer en 1925, en los años finales del cine mudo y en los primeros del Hollywood Dorado. Crawford no era la más guapa, tampoco la más sensual, pero sí la que más encono, narcisismo y audacia empleó en cada uno de sus propósitos. Todas sus habilidades y particularidades se pusieron al servicio de su carrera; desde su aguda inteligencia a su atractiva masculinidad, pasando por un uso de su sexualidad que no dejó muchos colchones sin remover. Su primer matrimonio con Douglas Fairbanks Jr. (posiblemente el apellido más poderoso de Hollywood) en 1929, cuando él era todavía menor de edad, le garantiza un puesto en el oficio. Sus papeles de mujer firme, tormentosa, peleona y ambigua se repitieron uno tras otro, y el éxito que alcanzan la colocan en una posición de máximo privilegio. A mediados de los años treinta, Douglas no le hacía tanta falta y, además, Clark Gable, con quien había rodado unas cuantas películas, ya era su amante. Bueno, su amante y el presunto padre del bebé que esperaba y que abortó, haciéndole creer a su marido que, además de ser el padre, el aborto se debió a un accidente de rodaje. Ese sería el primero de los siete abortos, entre voluntarios e involuntarios, que tuvo Joan Crawford a lo largo de su vida. Aunque conviene señalar algo; las «cláusulas de moralidad» que debían firmar las estrellas de Hollywood en esas décadas hacían que el aborto fuera una especie de «solución» común ante situaciones que podían comprometer la imagen pública de las estrellas. A título informativo, faltaban treinta años para que en EE.UU. se legalizase el uso de anticonceptivos; la legalización del aborto inducido no llegaría hasta mediados de los setenta… Pero en Hollywood, con su mezcla de pasta e hipocresía, las cosas rodaban de modo distinto. Su segundo marido, el –en aquel momento célebre– actor Franchot Tone, llega dos años después de despedir a Douglas Fairbanks Jr. El matrimonio dura cuatro años en los que rodaron juntos siete películas, pero también se inició un vertiginoso descenso en su popularidad y en el reconocimiento de sus dotes de actriz. Tras su divorcio, adopta a su primera hija: una niña rubita de aspecto angelical a la que llamó Christina. Adoptar era algo imposible para una mujer soltera, por lo que directamente la «compró». Después de Christina, adoptaría ya en su tercer matrimonio, con –el también actor– Phillip Terry, a Christopher (en 1943) y, finalmente, a las gemelas Cindy y Cathy, en 1947. Los pocos testimonios directos que tenemos de Crawford los legó su primera hija, Christina, en una obra biográfica que llevó por título Querida mamá, y que se publicó en 1978. El relato de quién fue Joan Crawford es demoledor; desde torturas físicas y psíquicas con ensañamiento a sus hijos, su inhumana crueldad, su alcoholismo siempre agresivo, la irracionalidad completa en el trato, su divismo patológico o el desprecio absoluto por cualquier ser humano que no fuera ella misma… Todo ello enmascarado en lo público en las falsas poses de familia feliz para las fotos de papel couché o en las suntuosas fiestas que les organizaba a sus hijos de cara a la galería.

El bajón profesional le duró unos cinco años, pero Joan Crawford vuelve a colocarse, desde mediados de los cuarenta, en la cúspide. Películas de éxito y un óscar en 1945, que recogió con todo el glamour en su cama, alegando estar enferma (en realidad no había querido asistir a la ceremonia convencida de que se lo iba a llevar Ingrid Berman por Casablanca), vuelven a hacer de ella una actriz de prestigio y no un «veneno para la taquilla», como la habían catalogado años antes. Su cuarto matrimonio fue con el multimillonario Alfred Steele, director ejecutivo de Pepsi y del que heredaría un puesto en el consejo de administración de la multinacional. También este matrimonio duró, por el fallecimiento de Steele, curiosamente como todos los anteriores, cuatro años.

Su vida sexual

¿Y su vida sexual? De todo y al por mayor. Los testimonios son múltiples, pero siempre cuestionables por el interés que pudiera existir de sacar partido de la fama de Crawford. Desde directores de cine que señalan que no podía estar con alguien al lado sin intentar (y obligar) a encamarse con ella a actores principiantes, algunos menores de edad, que relatan que tenían que pasar por su entrepierna si querían conseguir un papel o el público en general que simplemente recogía por la calle, en un ejercicio despótico e interesado de poder. Lo que sí sabemos es que fue un miembro activo del llamado Círculo de costura, esa sociedad que agrupaba a mujeres lesbianas y bisexuales de Hollywood entre los años 1920 y 1950, que organizaban sus peculiares «sesiones de caza» y a la que ya nos referimos cuando abordamos la biografía de Mercedes de Acosta. Sonados fueron sus romances con Katharine Cornell,  posiblemente la actriz de teatro norteamericana más importante del siglo XX, mientras estaba casada con Douglas Fairbanks Jr. y liada con Clark Gable. Su romance con Barbara Stanwyck, sus devaneos sexuales con Marilyn Monroe a principios de los 50 o hasta el intento, infructuoso, de meterse en la cama con su acérrima enemiga y compañera de reparto en la inolvidable ¿Qué fue de Baby Jane?, Bette Davis, quien dejó una de las sentencias que caracterizarían la actitud dominante y pulsional de la sexualidad de Crawford cuando dijo de ella que «Se ha acostado con todos los actores de la Metro a excepción, quizá, de la perrita Lassie».

Sus últimos días

Cuentan que en 1974 se vio en una foto realizada en la que sería su última aparición pública. Al verse, Crawford no quiso reconocer que era esa mujer ajada y se encerró, sola con su perro –pues ya nadie quedaba a su lado– en su apartamento de Nueva de York hasta 1977, año en el que falleció por un paro cardiaco posiblemente producido por un cáncer de páncreas o por la ingesta de narcóticos. Nada muy claro se sabe de su fin, tan solo que unos días antes de morir, regaló a su única compañía: su perro.

El cowboy Johnny Guitar sigue pidiéndole a Vienna que en la mentira le diga que todavía le quiere como él la quiere. Ella sigue sin parpadear, mirándole directamente a los ojos, desafiante, dura y, sin modulación alguna en sus palabras, pronuncia; «Te quiero como tú me quieres a mí». ¿Miente Vienna o quiso alguna vez de verdad Crawford?