«El Espectador» o el antes de naufragar en el océano – Relato erótico

La normalidad oculta cientos de fetiches de la cotidianidad. Y muchos, como este que nos relata Valérie, tienen un guion de lo más interesante.

Sigue leyendo…

Relatos eróticos

«El Espectador» o el antes de naufragar en el océano

Interior de una habitación. Primera hora de la mañana. Dos personajes; «Ella» y «El Espectador». Ella duerme, El Espectador, inquieto, observa el techo. Parece contar mentalmente los segundos. Gira su cabeza hacia ella en un gesto de impaciencia.

El Espectador: Ya no puede tardar. Su respiración hasta ahora acompasada, como un fuelle, empieza a convertirse en un tenue jadeo, en una resistencia suave, en una leve protesta a la obligación de despertarse. Ha apagado el despertador dos veces, diez minutos entre cada intervalo. El próximo será el definitivo. No volverá a apagarlo. Ya no puede tardar en llegar el tercero.

Suena el despertador.

El Espectador: Un tercer timbre ha sonado. La función está a punto de empezar. Ocupen sus asientos y apaguen sus dispositivos móviles.

Ella extiende el brazo torpemente. Apaga la alarma. Se reincorpora pesadamente hasta quedar sentada sobre la cama de espaldas a El Espectador.

El Espectador: Su camisón descuidadamente arrugado por encima de las  rodillas, justo marcando, como una frontera de trapo, el límite que separa sus piernas de su coño. Toda ella parece estar envuelta en una bandera blanca. Rendida. Su pecho derecho debe estar a punto de escaparse desnudo de la frontera norte. Es la anti Marianne. Nadie la rodea. No hay ninguna plaza que tomar. No percibe ni siquiera mi presencia a su lado. Se reincorpora con dificultad, ni siquiera intenta ponerse sus zapatillas. Este febrero está siendo inusualmente cálido.

Ella se pone en pie y se dirige, titubeante hasta el baño.

El Espectador: Eso es. Poco a poco, como una muñeca deshilachada. Ya le aprieta la vejiga la orina. Siente ese furor dentro. Sus músculos, todavía torpes y laxos intentando retener el flujo que reclama liberarse. Su largo cabello, despeinado, pegado a su nuca sin querer desprenderse de ella. Ahora se rascará suavemente el vello del pubis. Se aleja como un velero en aguas intranquilas. La veo partir sin tan siquiera sacar el pañuelo para despedirme. Mi pene inicia su erección. Es el mástil donde se arriará la bandera de guerra. Tengo ya que ocupar mi asiento. Sigilosamente, como una serpiente, sin que se note el mínimo crujir del colchón. Sigo siendo imperceptible. Es la clave. Lo contrario sería familiaridad, nadie quiere ahora familiaridad. No ahora.

El Espectador se coloca estratégicamente de manera que, sin salir del dormitorio, tiene un campo de visión parcial sobre el cuarto de baño.

El Espectador: He cumplido meticulosamente con mi última actividad nocturna; dejar cerrada la tapa del inodoro. Levántala, así, con suavidad. La combinación de sus rodillas doblándose, el subir del camisón y la exposición explícita, obscena, de sus glúteos es propia de una coreografía del Bolschoi. Años de práctica, años de levantarse, años de coordinar los tres gestos como si se tratara de uno solo. Ahora, un punto álgido; un sobrecogimiento, el ligero escalofrío al entrar su carnoso culo en contacto con la tapa. Es como besar a un reptil, a un ser frío que amenaza con comerte lo más íntimo. Ese ano dilatado por el escorzo, esa vulva que se abre como se abren las tragaderas del retrete y ese placer inminente… puedo sentirlo, como puedo sentir el frío, por desprenderse de esa agua que la inunda, que la presiona, que la incomoda. El fluir de la orina cálida por la uretra que va a humedecer, como si no quisiera, involuntariamente, su vulva. Llega la música, puedo ya cerrar los ojos y escuchar con atención el embiste constante, contundente del mar contra el mar. La tempestad. El aguacero. Ningún compositor ha conseguido nunca un sonido tan deliciosamente exquisito. Es la música celestial, única, que coordina, que da sentido a  toda la coreografía. La suya y la mía. Es el éxtasis sonoro y corporal, la combinación perfecta, aritmética, de un gozoso dejar llevar, de un liberarse en medio de la tormenta. Se acerca la tercera escena. La que cierra el acto. Desgaja un trozo del papel higiénico, casi con violencia, y se frota la vulva. La acaricia con fuerza. Una y otra vez, de adelante hacia atrás. El suave tejido se pasea por su clítoris, por su vulva, roza su ano y vuelve, pillo, hacia el principio. Un leve estremecimiento debe recorrerla en ese preciso momento. Yo lo noto. Su visitante de fibra recoge y esparce la humedad antes de naufragar en el océano. Antes de que el estruendo, el diluvio, la riada, se lleven todo al fondo del océano, allí donde descansan los peces, los trocitos de tisú y un pedacito de ella hecha agua.

Ella se incorpora. Observa con desgana su rostro en el espejo. El Espectador vuelve con sigilo a colocarse en la cama.

Ella (con tono enfadado): ¿Vas a levantarte ya de una vez o tengo otra vez que ir a despertar a los niños?

El Espectador: No, cariño. Ya me levanto. Ahora mismo voy. Es que ya sabes lo que me cuesta ponerme en pie los días de lluvia.