Sexo

Una MILF en apuros: La subasta de los miembros

Last updated:

Esta es la crónica de unas vacaciones en Galicia en las que la autora busca sexo y se da de bruces con costumbres un tanto gore.

Sigue leyendo…

Sexo

He vuelto a Tinder. Lo confieso así, a corazón abierto, entonando casi el mea culpa porque esta MILF ha sido incapaz de encontrar un hombre lo suficientemente interesante como para echar unos cuantos polvos de vez en cuando. Un polvo de fondo de armario que dijéramos, que yo ya no le pido más a la vida. Y no es que crea que lo voy a encontrar en Tinder, qué va, si, como dice mi amiga Rosana, el Tinder nos vale para echarnos unas risas no más y hay quien nos llama a las usuarias las del Al filo de lo imposible. Y tanto…

Yo me descargo Tinder en verano que es cuando ando más relajada y mis herederas me permiten algo más de tiempo libre, y lo hago en mi lugar de vacaciones, Galicia, con la esperanza de catar alguna delicia local que no sea la empanada de zamburiñas o la raya. Desde que veraneo aquí, caté mucho portugués, que es un mercado que ya me va bien, pero chicos, no sé por qué, gallegos ni uno, las vergas locales no se me acercan. Y eso que soy muy fan de lo gallego, que me pirran Luis Tosar, Javier Rey o Luis Zahera, que rebuenos están, cada uno en su estilo.

Tras la pandemia se escribió mucho sobre que con el virus la gente utilizaba Tinder de otra forma: no iban tan a saco Paco, había más conversación… eso nos decían los medios y mira, «inshidias», que diría el gran Rajoy. Los usuarios utilizan esta aplicación igual que antes y si buscas tipos inteligentes que, antes de echar un buen polvo, tengan una buena conversación (discúlpenme, pero si no se me excita primero el cerebro como que no lubrico), desde luego, no los vas a encontrar. O no están o lo disimulan muy bien, la verdad. Hubo uno, 45 años tenía, francés para más señas, que, de buenas a primeras, me dijo (y os traduzco): «Hola, me llamo Tom, pero me llaman Mr. Big, ¿te da miedo lo de Mr. Big, verdad?». A mí el cuerpo me pidió hacerle unmatch en el momento, pero le dije: «¿De verdad me estás preguntando esto? ¿Qué tenemos? ¿15 años?». Indudablemente, él, de edad mental, los tenía: «Jajajaja, es una leyenda urbana pero puedes comprobarlo si quieres», me respondió.

Me ahorré decirle que era un pobre tipo pueril que seguramente tenía micropene, pero para qué… Otro, portugués este, me contó que era ingeniero civil y que en breve le mandaban a España a trabajar. Le pregunté que a qué ciudad y me contestó: «No lo sé aún, a una donde encontraré el amor». Este ha visto mucho Love Actually, pensé. Unmatch otra vez porque yo busco un término medio entre un Mr. Big que aparentemente quiere sorprenderme con un gran aparato reproductor (y escaso cerebro) y el intensito que me habla de amor en la primera frase. No sé si esto existirá, la verdad.

Sí que hubo, tengo que reconocer, un breve diálogo con la población autóctona. Manu, que me contó, sin yo preguntar y sin que me interesase la cuestión, que no buscaba pareja porque lo había dejado con su chica hacía poco (y yo me imaginé a uno que te da la brasa hablándote de su ex porque aún no lo ha superado y eso ya me dio pereza). Tras lo cual me preguntó (habíamos intercambiado dos holas): «¿Quieres que hablemos de sexo?». De verdad, qué estrategia de ligoteo más penosa. «¿Hablar? Hombre, prefiero practicarlo, porque no soy una adolescente, pero desde luego conmigo esta estrategia no te va a funcionar. Suerte, que hay muchos peces desesperados por ahí». El unmatch me lo hizo él, no debió gustarle mi franqueza.

También hablé con un pavo, no recuerdo su nombre (Roi o Anxo, seguro) que paseaba a menudo por Playa América, me dijo. Bueno, en realidad tras el saludo de rigor me pidió el teléfono y le comenté que, de buenas a primeras, no iba dando mi número a desconocidos por la calle y que, en este caso, pasaba lo mismo. Pidió perdón y luego me dijo que si me animaba a ir a su playa, me esperaría «con los brazos abiertos». Iré, respondí yo, y con los muslos cerrados, añadí… Es decir, una, con esta panda, no puede llevar a la práctica aquello que canta Ladilla Rusa de «Cerrada al amor, abierta de pussy» porque con semejantes elementos el pussy se cierra a cal y canto.

Desde luego el que me dejó loca fue el que me preguntó si podía venirse a mi casa del 9 al 12 de agosto: claro que sí, guapi, en eso estaba pensando cuando alquilé el apartamento. O sea, hay fauna en esta red que se cree que esto es un todo en uno, Tinder-Booking y Airbnb todo junto. Y gratis, claro. Con éste nos reímos mucho mis amigas y yo.

Quedé a desayunar con un pibón, artesano de la madera para más señas, que vivía en el pueblo de al lado, en el monte mejor dicho. Le invité yo, ya que se había desplazado para venir a conocerme y a la hora y media me dijo que nos fuésemos a su casa, que quería enseñarme el taller y sus piezas. La verdad es que yo con gusto hubiera querido comprobar el tacto y la dureza de su pieza, las demás me sobraban un poco, pero no me dio opción: le comenté que tenía a las herederas en casa y que no podía permitirme irme al pueblo de al lado sin avisar a la mayor, pero que podíamos posponer el plan para el día siguiente. Se fue convencido y mandándome mensajitos subidos de tono y, cuando al día siguiente le escribí para preguntarle a qué hora nos veíamos, me dijo que no estaba disponible ya. Se me había pasado el plazo porque en Tinder, el follar tiene que ser inmediatamente. No sé cómo harán con estas prisas cuando pidan cita en la Seguridad Social, la verdad.

El público se ha vuelto taaaan vago que no solo liga desde su sofá sin el más mínimo esfuerzo (y si no liga contigo, hay mil más a las que pueden dirigirse, y alguna caerá), sino que, además, quiere garantías: es decir, si hacen el esfuerzo sobrehumano de quedar, tienen que tener la garantía de que van a follar al momento. Pues chica, no. Eso le comenté al de la madera, que si quería garantías, que quedase con una lavadora, que tienen dos años.

Para quitarme el mal sabor de boca de este no-polvo, por la tarde me fui a una puxa tradicional con mi amiga Rosana y mi enana. Una puxa tradicional es una subasta que se organiza en una parroquia y el dinero recaudado va a la misma: a mí me parecía planazo porque me dijeron que a veces se subastaban conejos y gallinas vivos. Todo lo que sea kitch me mola una barbaridad y aquel Sotheby’s a la gallega me interesaba sobremanera. Así que, allí nos plantamos las tres: nos quedamos como locas cuando vimos que los primeros artículos que se subastaban eran miembros realizados en cera. Miembros viriles no, esos nos faltaron, pero sí miembros del cuerpo. Una oreja, un tórax, una pierna derecha, la izquierda, un niño, una niña, una cabeza, una garganta… Al parecer, cuando a uno le duele la cabeza o tiene problemas de estómago lo habitual es ofrecer una de las estatuillas de cera con esa forma a San Cayetano y así se te pasa. O eso nos dijeron los lugareños. Yo pujé por una muñeca de cera más fea que un dolor: 2 euros, una ganga. Se la quería regalar a mi amiga Pris porque tenemos la gran costumbre de regalarnos cosas feas y sabía que este regalazo sería difícilmente superable. Qué emoción, levantar ahí la mano, entre el populacho, y decir dos euros, con toda la parroquia mirándome porque soy una foránea, una fodechincho, que es como nos llaman a los que venimos de Madrid.

El encargado de las subastas era muy majete y tenía humor, un humor a la gallega: cuando subastaba las tetas, la derecha y la izquierda, anunciaba que él ya se había quedado una y que el tamaño de la susodicha a él ya le venía bien. Un tipo práctico. Cuando le tocó subastar el tórax de cera anunció al público: un torso, torso de Molina, 5 euros. Solo nos reímos Rosana y yo, imaginad el nivel intelectual del resto.

Yo saqué el móvil varias veces para hacer vídeos y fotos, que yo quería mi testimonio gráfico de todo aquello, y el chico me sonreía y posaba. El que lo hacía muy bien también era el señor que iba enseñando la mercancía (después de los miembros de cera, llegaron las cajas de cebolla, las gallinas de lana y los botes de miel) y lo hacía con tal solemnidad como si estuviese subastando un Tápies en Christie’s en Nueva York. A mí el subastador me acabó gustando, era muy normalito, pero, considerando el nivel de Tinder, este por lo menos sentido del humor tenía. Y eso ya es mucho.