«Para mí, eres perfecta»

Si hay un momento álgido en las películas románticas es cuando los protagonistas se declaran, afirmando que la otra persona es «perfecta», al menos para ellos. De hecho, la escena que se ha hecho más icónica al respecto es la del cartel «Para mí, eres perfecta» de Love Actually.

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«Para mí, eres perfecta». La famosa escena de la película Love Actually.

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Y es que, esta misma escena, ha sido usada en otras series y películas, convirtiéndose en una de las fantasías románticas por excelencia: Encontrar a alguien que te vea como la persona perfecta, y que no quiera cambiar nada de ti. Que esté enamorada de todo lo bueno, pero que no tenga ningún problema de todo lo malo. Pero, ¿acaso existe algo así? ¿Puede alguien ser perfecto o ser, al menos, dos personas perfectas la una para la otra sin que haya ninguna pega?

El miedo al cambio

La parte que puede ser cierta es que hay personas que parecen entenderse mejor. Quizá porque tienen una misma visión de la vida y comparten aficiones comunes, y ello les facilita mantener una relación sana sobre esa base. Sin embargo, la simple idea de pensar que hemos encontrado podemos encontrar a alguien perfecto y que todo fluirá sin necesidad de adaptarse el uno al otro es un pensamiento del todo ingenuo.

Porque por mucho que dos personas parezcan encajar, no debemos olvidarnos de que todo el mundo evoluciona, y las parejas que sobreviven no son las que permanecen inmóviles esperando que todo sea como siempre, sino las que se adaptan al cambio.

En el fondo, lo que ocurre es que tenemos miedo al cambio, porque supone incertidumbre. Pensar que una persona siempre encajará con nosotros y todo será «perfecto» es una idea mucho más romántica (perezosa o incluso cobarde), que asumir que ambos cambiaremos y tendremos que luchar por seguir juntos.

Verse superado por las expectativas

Otro  problema del mito de «encontrar a una persona perfecta para mi» es que aumenta la presión y las expectativas. De esta forma, buscando a la «media naranja», muchas veces dejamos pasar la oportunidad de encontrarnos con una persona que «simplemente»  nos haga felices.

En este sentido creamos un ideal de pareja, incluso antes de conocerla. Que le guste el arte, que sea buen amante, que podamos ver juntos películas francesas o que sepa cocinar y valorar un buen vino… La lista de lo que nos gustaría encontrar en otra persona puede ser tan absurda como interminable. Porque al final, la magia del amor está precisamente en dejarse sorprender por lo que puede aportarnos alguien sin esperarlo, y no en pedir un amor con varios ingredientes, como si fuera una pizza a domicilio.

Quizás por ello, en los tiempos de Tinder, en los que se puede buscar a alguien según una serie de características (y no según la química que tengamos en un encuentro fortuito), el ideal de la persona perfecta es especialmente peligroso. Porque si siempre tenemos la posibilidad de seguir buscando la «perfección», acabaremos por convencernos de que, aunque nos encante una persona, quizá podamos encontrar algo aún mejor o, al menos, más acorde con nuestras expectativas (la lista de criterios con mejor puntuación en el algoritmo de una app para ligar). Y de esta forma no apostaremos nunca por nadie, sino que nos estancaremos en una búsqueda infinita.

Adaptarse no es claudicar

Al final, la idea de encontrar a alguien perfecto se sustenta en el dogma por el que «si amas a alguien, lo amas incondicionalmente». Con lo bueno y con lo malo. Sin querer cambiarlo. Una idea tan bonita como utópica.

No se trata de buscar a una persona para moldearla a nuestro gusto o tener que cambiar para gustar a alguien. Es obvio que nuestra esencia y nuestros valores deben siempre depender de nosotros mismos y no de lo que opinen sobre ellos los demás.

Pero es poco realista pensar que embarcarse en una relación no va a suponer que ambas personas tengan que adaptarse a ciertos aspectos para crear un camino común. Eso supone no solo hacer cesiones, sino también en cambiarse, en cierta medida, el uno al otro.

Porque si tenemos una relación con otra persona, y esta es «realmente perfecta», lo lógico será que la otra persona influya en nuestra vida y suponga un cambio (a mejor) de la misma. De otro modo, ¿qué sentido tendría?

La perfección no es, como en Love Actually, una serie de planos de cerca sobre la mirada o la sonrisa de la persona amada. La perfección, si es algo, es encontrar a alguien que nos sume, que tenga defectos que nos saquen de quicio, pero que, pese a todo,  luche cada día para ser mejor persona a nuestro lado.

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Sobre Silvia C Carpallo

Periodista y sexóloga, cuenta con varias obras publicadas, siendo una de las sex bloggers más activas y veneradas en el ámbito de la salud sexual.

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