Los inicios del cine erótico

Cine, cine, cine,
Más cine por favor,
Que todo en la vida es cine
Y los sueños
Cine son.
Luis Eduardo Aute

Orson Scott Card afirmó en uno de sus relatos que todos los jóvenes creen que han inventado el deseo sexual. Estoy de acuerdo. El deseo sexual y cualquiera de sus manifestaciones, como el cine erótico. Si preguntáramos a los adolescentes (y no tan adolescentes) qué películas eróticas antiguas conocen, probablemente mencionarían Emmanuelle, El último tango en París y, con un poco de suerte, El imperio de los sentidos. Sin embargo, el cine erótico surgió hace más de un siglo, cuando ni siquiera había nacido oficialmente el séptimo arte.

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Los inicios del cine erótico

El kinetoscopio

A finales del siglo XIX, fotógrafos e inventores mantenían entre sí una carrera contra reloj para crear una máquina que reprodujera imágenes en movimiento. Uno de los más importantes fue Edward James Muggeridge, que, al inventar el zoopraxiscopio en 1878, no solo zanjó una polémica entre los aficionados a las carreras de caballos demostrando que en algunos momentos del galope los equinos no posan los cuatro cascos en el suelo, sino que también creó la primera escena animada de la historia: El caballo en movimiento.

En 1888, Edward James Muggeridge cometió el gran error de mostrar sus secuencias de caballos en movimiento (más de 10.000) a Thomas Alva Edison, empresario e inventor del fonógrafo, para proponerle la idea de combinar ambos inventos y crear una máquina que pudiera emitir sonido y proyectar imágenes a la vez. Edison, ladrón compulsivo de ideas ajenas, le pidió a uno de sus colaboradores, William K. L. Dickson, que la desarrollara por su cuenta y registró la patente de una máquina que podría «hacer para los ojos aquello que el fonógrafo hace para los oídos» que, por lo tanto, no había sido inventada.

Ese mismo año, el fotógrafo francés Louis Le Prince, participante de aquella competición entre inventores, más encarnizada que la de los caballos fotografiados por Muggeridge, logró crear una cámara que captaba imágenes en movimiento y, en 1888, filmó en el jardín de la casa de sus suegros, en Leeds, el primer cortometraje de la historia, Roundhay Garden Scene (La escena del jardín de Roundhay), de 1,66 segundos de duración. Desgraciadamente, Le Prince desapareció en extrañas circunstancias cuando se dirigía en tren a Londres a mostrar y patentar su invento, lo que le permitió a Edison patentar el suyo y atribuirse todos los honores. Tal extraña casualidad impulsó a la policía a considerar como una de las teorías de la misteriosa desaparición de Louis Le Prince y todo su equipaje que fuera un asesinato por encargo de Edison, conocido por la frialdad con la que eliminaba a sus competidores, aunque nunca pudo probarse. ¡Quién sabe!

Lo que sí sabemos es que, tras un par de años creando y perfeccionando la idea patentada, los empleados de Edison crearon el kinetoscopio, un aparato de madera que tenía en su interior una serie de bobinas sobre las que corrían 14 m de película en un bucle continuo y que solo se podía ver individualmente a través de un pequeño visor.

Tras su presentación oficial al gran público en 1893, el kinetoscopio se convirtió en una atracción de éxito, no tanto porque los ciudadanos pudieran ver escenas de la vida cotidiana por un módico precio, sino porque algunas eran subiditas de tono para la moral victoriana, como Fatima: Coochie Coochie Dancer (1896), que tuvo el dudoso honor de ser el primer corto censurado de la historia, o The kiss (1896), una filmación en la que el beso de 16 interminables segundos entre los actores John C. Rice y May Irwin provocó que las ligas de la moralidad y decencia pusieran el grito en el cielo y, claro está, que miles de personas acudieran a los kinetoscopios de Edison para verlo con sus propios ojos.

El Mutoscopio

William K. L. Dickson había emprendido su propia carrera sin Edison y, con la colaboración del inventor Herman Casler, creó el mutoscopio, una máquina muy similar al kinetoscopio que funcionaba como una máquina tragaperras y que permitía ver un cortometraje en su interior girando la bobina con una manivela (y no en bucle continuo). En 1895, Dickson fundó The American Mutoscope Company, la primera compañía cinematográfica estadounidense, para comercializar su invento, producir sus propias filmaciones y proyectarlas en salones.

Casi de inmediato, el mutoscopio desbancó a su rival como la atracción más popular de la época, gracias a que la manivela le permitía al cliente detener las tarjetas ilustradas en donde quería; una tentación irresistible, considerando que muchas de las escenas mostraban a mujeres que se desnudaban.

Una tentación… y una amoralidad o eso afirmaban medios como The Times que, en 1899, publicó un artículo en el que criticaba «los espectáculos de imágenes desmoralizadoras y viciosas en las máquinas tragamonedas. Es difícil exagerar la corrupción de los jóvenes que proviene de exhibir bajo una luz fuerte, figuras femeninas desnudas […]».

De poco sirvió rasgarse las vestiduras. Los mutoscopios se extendieron a ambos lados del Atlántico como el vello púbico sin rasurar de las modelos, ofreciendo en salas de juego, muelles de atracciones y baños de caballeros otro tipo de vestiduras rasgadas y escenas eróticas que, poco a poco, fueron más explícitas; como en Gran Bretaña, en donde las perversas máquinas fueron apodadas «What the Butler saw» (Lo que el mayordomo vio), en honor a uno de los primeros rollos de softore. Gracias a su encanto, el mutoscopio se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX, a pesar de que los hermanos Lumière habían inventado el cinematógrafo, y ya circulaban las primeras películas pornográficas.