Tasso (des)monta la película: El desconocido del lago y un extraño siluro en la orilla

«Cancanear» es la acción de errar, de deambular, de desplazarse sin un objetivo fijo pero hacerlo además de una manera inquieta y un tanto nerviosa, como lo haría un cáncano, es decir, un piojo. En la particular semántica de las relaciones eróticas, «cancanear» guarda algo de eso de deambular sin rumbo fijo pero le añade un objetivo claro: el de establecer un encuentro erótico fortuito con un sujeto desconocido. Como se sabe, la lengua anglosajona diferencia entre si quien realiza esa actividad es un individuo preferentemente heterosexual (hablaríamos del «dogging», en referencia al deambular que se hace cuando se pasea al perro) o si el sujeto es preferente o exclusivamente homosexual (en este caso, «cruising», en honor al legendario bar de carretera norteamericano, Booze ‘n’ Cruise, donde, al parecer, se institucionalizó este tipo de encuentros. Para el cancaneo bien valen los sitios cerrados o los lugares abiertos, por ejemplo, un lago y sus arbolados alrededores. Si a esto le unimos un desconocido, un extraño, ya podemos intuir por dónde va la premisa de El desconocido del lago, la propuesta de Alain Guiraudie de 2013.

Sinopsis

Un joven llamado Franck acude a diario durante el estío a tomar el sol y nadar en un lago nudista frecuentado por bañistas masculinos. Se sabe que en sus arbolados márgenes se producen fugaces encuentros eróticos entre desconocidos. Allí, Franck coincide con un orondo y ya algo entrado en años amigo, Henri, que intenta, desde la confidencia y la observación (es básicamente un espectador, un voyeur posiblemente «malgré lui») aconsejarle sobre los misterios de la vida. Y allí, en ese mismo lago, también conoce a Michel, un apuesto joven de piel cetrina, belleza seria pero explícita y enigmático estar en el mundo; un desconocido. En la primera escena, un siluro gigantesco (pez carnívoro de agua dulce) aparece varado en las orillas del lago. Los bañistas lo observan con la quietud del que aguarda un acontecimiento, de algo que les rapte del sopor de la soleada, de la repetición de los mismos rituales y de los escarceos (que parecen tener algo de rutinario) por las frondosas arremetidas en las proximidades. Un acontecimiento que va inevitablemente a suceder. Para Franck, serán dos; el amor que se despierta en él por Michel y el que un suceso se coloca en el lugar central de su ya activado deseo por Michel. Asiste involuntariamente y sin ser visto a como éste asesina a un bañista.

Tráiler

La insondable complejidad del deseo

Alain Guiraudie elabora con ese guion, del que él mismo fue el autor, un complejo, sutil, inquietante y, a ratos, tedioso retrato de la insondable profundidad e irracionalidad del deseo humano. En lo explícito de los cuerpos desnudos y de los penes mostrados, casi en una taxonomía que no pretende alcanzar la condición de reclamo, se analiza ese impacto del deseo y las afectaciones que se sienten por un desconocido… Por un desconocido que deviene un completamente «otro», una alteridad insalvable, en el momento en que es capaz de vulnerar el principio básico de interrelación entre humanos; el «no matarás». Franck no se enfrenta (no se atrae, no se afecta) por un simple desconocido, sino que lo hace por una otredad que le resulta incomprensible, inabarcable, extraña en lo más radical. ¿Quién es Michel?, pero sobre todo, ¿quién es el propio Franck a partir de lo que de él mismo le dice su deseo por Michel? Los interrogantes universales se suceden en esta propuesta que, como todas las que tienden acertadamente a lo radical de nuestra condición, saben formularlos, y lo que menos importa es cómo se resuelven, cómo se responden. ¿Es el hecho de saber que Michel es un asesino lo que incrementa el deseo libidinal y el amor que Franck siente? ¿Es ese secreto, el que solo él lo sabe asesino, lo que estrecha su vínculo con él? O ¿es eso amor o simple aburrimiento o sencillamente el morbo más mundano?

La tradición del cine francés

Bajo la ligera sombra del thriller, tan ligera como la que dan las ramas de los pinos en las riveras del lago; bajo la cobertura del erotismo, tan ardiente y soporífero como el sol que baña el lago, se elabora un trenzado de interrogantes que será siempre satisfactorio para el espectador inquieto. Y se trenza en la tradición de un cine francés, nadie es más fiel a su tradición que un francés y por eso su espíritu tiende a lo revolucionario, heredero de la Nouvelle vague, en el que el tiempo se desliza despacio como en un reloj de arena grueso; en el que las cosas pasan casi sin hacer ruido pero pasan; en el que por más abierto que sea el paisaje todo queda reducido a la intimidad de un «huis clos»; en el que el protagonista suele ser el marco de comprensión del propio director (no me parece muy arriesgado encontrar paralelismos entre, por ejemplo, la figura de Henri y la del propio Guiraudie); en el que los costes de producción se minimizan y muestran su contención; y en el que siempre subyace un profundo conocimiento sobre el oficio de realizar películas, así como una vasta formación humanista sobre eso de la condición humana.

Nada es evidente

El Premio de dirección del Festival de Cannes en la sección «Un certain regard» de 2013 fue para este realizador y por esta película, que ha sido, hasta la fecha, su más notable propuesta. En una reciente entrevista sobre su obra, Guiraudie declaró: «En mi cine, la homosexualidad es evidente, no un tema a debate». Salvo eso, la homosexualidad, todo lo demás se abre, nada es evidente, todo está ofrecido a debate, con la parsimonia, la lentitud y hasta el tedio, eso sí, con la que un extraño siluro se cuece en la orilla al sol.

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