Vía Láctea – Relato erótico

Abigail y Henry son una pareja que disfruta una relación de dominación. Ella está embarazada y excitada, él está sediento de sexo. No te pierdas esta maravilla de Andrea Acosta.

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Relatos eróticos

Vía Láctea

11 de febrero de 2018, Cambridge, Inglaterra.

La tiza legaba su blanca y empolvada vestidura a la pizarra, componiendo enrevesadas fórmulas matemáticas al mandato de los masculinos dedos.

—¿Mmmm? —masculló Henry, detectando un nuevo sonido ajeno al de la lluvia que caía al otro lado de las ventanas y al del reloj de pared que contabilizaba horas, minutos y segundos.

Detuvo la zurda, separó la tiza de la pizarra y volvió la testa de cabellos caracoleados, castaños y peinados hacia atrás, para toparse con la mujer en el umbral de la puerta del despacho. A esta le brillaban los ojos, dos ascuas batallando por no ahogarse en la humedad ambiente, y tenía los labios entreabiertos, dejando pasar al trote a la caballería surgida del henchido pecho. Su grávido vientre estaba en proceso de avenirse al vaticinio de él, que había dictaminado que pronto le impediría verse los deditos de los pies, cuyas uñas iban esmaltadas en una tonalidad nacarada.

—Señor, son casi las dos —prorrumpió Abigail con el reloj de testigo.

Antes de que Henry se percatara de su presencia, había estado observándolo, ahí, alto y gallardo, vistiendo la ropa que había llevado en la cena e inmerso en la metódica matemática que un día los había reunido, cuando él acudió a la biblioteca del complejo universitario a la caza de un volumen desclasificado y que ella había tenido que buscar en los viejos registros. Fue un encuentro poco peculiar que, sin embargo, le había despertado un indescriptible sentimiento, una insaciable necesidad por aquel profesor de Física de Partículas y Cosmología que no había cesado, sino que con el tiempo se había incrementado.

—¿Lo ve? —dijo, señalándole el insistente tic-tac. Abocada a la montaña rusa hormonal, había pasado de la inapetencia absoluta a, ahora, una libido desenfrenada.  El deseo le hizo eco en lo recóndito del coño al posarse los ojos claros de él en los suyos, y sus hipersensibles pezones se rebelaron debajo de la sedosidad del camisón.

—¿Las dos? —se cuestionó Henry en voz alta, soltando la tiza en la bandeja de carril, junto al borrador. Sacudió las manos y apartó la mirada de Abigail comprobando las agujas del viejo Haller—. Santo Cielo, no me he dado ni cuenta —adujo, infiel al ateísmo, pero igual de inglés que un plato de bangers and mash y, en esa línea, a ella la apodó Cheeky[1] al oírla reírse desde las entrañas, exenta de pudor.

Caminó a su encuentro y sonrió por la trenza pelirroja desvencijada sobre uno de los femeninos hombros y el rubor que le encendía hasta la pecosa nariz. Era insólito y, hasta cierto punto, feroz lo que ella le hacía sentir. Quizás, si fueran una pareja vainilla, sería distinto: él lo percibía con la intensidad del amor a las puertas de la guerra. Bien, no iba a recitar un soliloquio (seguro que Shakespeare lo entendería). Y con parte de sí creciendo, acunándose en las caderas de Abigail, el deseo le afilaba la polla y lo dejaba tenso, al acecho, salvo si los números le secuestraban el raciocinio.

Deglutió; Abigail tragó saliva y, con el corazón desbocado, se mantuvo quieta. Él olía a tiza, a after shave, a libro y a hombre dispuesto a montarla presto para Ascot. No dijo nada, ni abrió siquiera la boca, aguardando la pregunta que sabía que le haría. Al contrario de lo que antaño había creído/esperado de su cuerpo, este había decidido adelantarse en cuanto a lo de la subida de leche, llenándola como para alimentar a media Inglaterra; el congelador daba viva muestra de ello, y Abigail achacaba el consumidor apetito sexual al hecho de sentirse a punto de desbordar. Al principio era un hormigueo cálido que se tornaba en un doloroso placer, tal que el Señor le había proporcionado orgasmos tan solo tocándola, nada más que apretando, acariciándole los pletóricos pechos.

—¿Y qué haces fuera de la cama? —Era una pregunta inocente, ¿cierto? A fin de cuentas, la fémina bregaba todas las noches queriendo hallar una postura confortable en el colchón. Henry siempre se había considerado un tipo templado, sosegado, mas todo el mundo sabe que cuando la tetera se pone al fuego, tarde o temprano acabará silbando, hirviente—. Te has desvelado —cabeceó; le colocó la zurda en el arrebolado semblante y le acarició el arco de los labios. La diestra descolgó un tirante del azulado camisón y también el otro, bajando el telón sedoso para revelar la luna ochomesina en un cosmos lívido y estelado de pecas.

—Sí —musitó Abigail, falaz—. Nada más meterme en la cama me he quedado dormida hasta que, hace un rato, me he desvelado —explicó, gimiente y desnuda. De su coño manó un caño de flujo, delatándole las ganas, y entornó los ojos, regocijándose en los momentos previos a que el Señor le sopesase un pecho y empujase el dedo en su boca, encontrándose con la sed de su lengua. Estaba tan llena, tan viva, tan ansiosa de él…

—Abigail —vocalizó el nombre reservándose algo tras los dientes. Las areolas y pezones de esta habían pasado de lucir un color sonrosado a un ligero tostado, maduro, y la línea alba peregrinó el grávido vientre hasta perderse en el pubis, cuyo vello recortado de manera triangular casaba con el rojizo de la trenzada cabellera. Henry le acarició el seno, recolectando las primigenias gotas lechosas, las cuales se inmolaron al suelo… Contuvo el gruñido, complacido, enclocándolo al cobijo de las pelotas al descender por la curvatura encinta hasta los torneados muslos. Coló los dedos, palpando la pegajosa y húmeda entrada, inculpándola…—. Abigail, la zorra mentirosa —espetó, pujando índice y medio en el sofocado coño. Los untó en los remanentes del pasado orgasmo e izó la mano, exponiendo la prueba de la mentira que ella, con todo descaro, le había dicho.

«Abigail, la zorra mentirosa», declamó la vocecilla en su cabeza, refocilándose. Cuando iba a responder al Señor, este la acalló agitando el dedo sobre su sinhueso, ordenándole sin palabras que lo succionara, y así lo hizo: le embuchó la boca con los dedos pegados de la otra mano. Chupó los tres, saboreándose y sintiendo las lagrimillas nacerle de las comisuras de los ojos. «Mentirosa» le martilleó las meninges a falta de poder entonar un sí; lo era, era una jodida mentirosa, y de las malas, pues su cuerpo la traicionaba, desviviéndose por él, y no había sido capaz de contenerse. Al principio lo había procurado, mirando la puerta del dormitorio desde la blandura del colchón, como quien suspira esperando al amante, orando por verlo saltar la barandilla del balcón y, al no presentarse, había sucumbido a la indigencia de su misma mano.

—Señor, no he podido evitarlo —gimoteó al quedársele la boca vacía, con puentes de baba colgantes y un jalón en las juntas de la mandíbula.

—Querrás decir que no has querido —puntualizó Henry, propinando una calculada palmada en uno de los henchidos globos, que lo hizo bambolearse, hipnótico. Chistó, haciendo lo propio con el otro, y ambos se mecieron en un festín de piel candente y aljófares lácteos. Con la polla aporreándole el pantalón, asintió al tráfico de pensamientos. Si ella se lo hubiera pedido, él habría sido compasivo, le habría permitido masturbarse por el placer de saberla desesperada; no obstante, no lo había hecho y, puesto que cada acción tiene su reacción…—. No me dejas alternativa —alegó, escueto. La sujetó por un antebrazo y la guio al final del despacho, delante del viejo sillón de cuero, de espaldas a la amplia librería.

—No, Señor. Tú eres dueño de mis orgasmos, tú… —arguyó Abigail, impulsiva, por inercia. Los pechos le ardían a causa de los manotazos, la excitación y la leche. Por descontado que desconocía cuál iba a ser su penitencia, y eso la hacía discurrir que, con toda seguridad, el Señor emplearía su anhelo contra ella—. Decides cuándo y cómo concedérmelos —se apresuró en jadear,  pretendiendo desbravecerlo. El sexo le palpitó, enviando un montón de deseo hecho líquido que le oscureció la sombra de los muslos.

—La teoría te la sabes, la práctica es otro cantar —declaró en un chasqueo de lengua. Sin soltarla, Henry agarró el gran cojín con funda de ganchillo que reposaba contra el respaldo del sillón, y, a pesar de que era una vieja reliquia, lo degradó al suelo—. Voy a cobrarme tu insubordinación con intereses —conminó, acompañando a Abigail hasta sentarla de rodillas en el cojín—. Muchos intereses —ratificó con una sonrisa marfileña cabalgándole lo rosado de las encías. Semejando cargar un revolver Webley, se desabrochó el botón de la bragueta y comenzó a abatir los dientes de la cremallera. ¡Bang, bang, bang!, restallaron los metálicos engarces conforme los desfilaba, acogiéndose a la máxima latina «Si vis pacem, para bellum[2]».

—Señor, yo… —balbuceó Abigail; las lagrimillas le navegaban hasta las aristas casi translucidas de las pestañas, y allí atrancaron.

Su amenaza le produjo un escalofrío temeroso en el génesis y complacido en lo que tildaría de evangelio. ¿Cuán irrisorio podía ser su sentir? El patrón de ganchillo le picoteó la piel de las rodillas, anunciándole que su estancia iba a marcarla. Afín a una polilla atraída por la luz, dirigió la mirada de los ojos del Señor al retador espectro fálico bajo los pantalones de él, y se relamió, famélica.

—Quieta —ordenó Henry; replegó las manos y las condujo a los extremos del chaleco de lana sobre la camisa. Se lo quitó y lo dejó en la cabeza de Abigail, vedándole la visión. Aunó la camisa con el chaleco, tomándose su tiempo, tortuoso para ella, divertido para él—. Y mantén la boca cerrada —advirtió, regresando a los pantalones. Se zafó de estos, de la ropa interior, de zapatos y calcetines, creando una montaña de todo ello al lado del sillón—. No quiero oírte —amonestó al escucharla gimotear. Con tiento, se sentó en el sillón, erigiéndose largo y agudo entre los muslos; desde luego, y en un bélico símil, su polla no tenía nada que envidiarle a la lanza de Leónidas en las Termópilas.

Abigail se dentelló el labio inferior, gritando en lo hondo de la garganta, rasguñándole las ganas cerca de la campanilla. Las prendas que le coronaban la testa no le pesaban, aunque sí le dificultaban verlo por más que lo intentara; cuando él se sentó y la descoronó, ella lo recorrió desde los pies descalzos, pasando por las piernas y quedando hipnotizada por la revenada verga que latía desafiante en la punta.

—Abigail, la zorra mentirosa, hoy no tendrá queso —tarareó él, tergiversando la fábula de La zorra y el cuervo. Echándose hacia delante en el asiento, con el pertinente tirón en la erección que le besaba el ombligo, la asió por el mentón. Sus ojos se hincaron en los de ella, que eran un dechado de tempestades. Despegó los dedos y agrupó en la palma varios de los taheños mechones divorciados de la trenza, y la posicionó de modo que los pechos le quedaron encima de sus ancas. Perlitas lechosas brotaron de los pezones, enjoyándole la piel, enroscándose en el vello de las piernas. Infiltró el pie izquierdo entre los semiabiertos muslos de Abigail, tanteándole la humedad con el empeine, recreándose en sus bajos instintos—. Y veremos mañana. —Qué poco indulgente se sentía y cuánto le gustaba el aroma a desesperación que rezumaba de ella—. Puedes tratar de cambiar mi parecer. —Entonces, el que mentía era él. Henry iba a hacerla masticar arena, iba a hacerla suplicar porque podía, porque quería, porque debía…

—Señor, no volveré a hacerlo —respondió Abigail, olvidando, no, obviando el silencio que él le había impuesto. Con las manos temblonas y las rodillas doloridas y rubricadas por el ganchillo, buscó la postura idónea, un equilibrio entre la pesadez del vientre, el renegrido deleite proporcionado por el roce del pie de él en sus goteantes dobleces y el intento por embutir la verga de él al cobijo del canalillo en un tándem, adrede incómodo. Brindarle placer y, a su vez, proveerse el suyo con el beneplácito del pie del Señor no era físicamente compatible y él, oh, él lo estaba disfrutando. Los cometas que le inundaban los cristalinos iban, poco a poco, deshaciéndose, dividiendo su estructura hecha de gas, hielo y polvareda, orbitando alrededor de la imagen del Señor, soleado pese a no estar iluminado.

—Silencio —refunfuñó Henry, pellizcándole la nariz en un acto que podría achacarse de paternal con una connotación, cuanto menos, erótico-festiva. ¿Qué tendría que decir el bueno de Freud? Su espalda descansó en el respaldo del sillón y obligó a Abigail a hacer todavía más malabares, desalentándola en lo concerniente a frotarse contra su pie.

A Abigail se le estaba formando un agujero negro en el sur del pubis y dolía… Penada a solo recibir el placer de satisfacerlo, recogió los flancos de sus tetas apretando la polla del Señor en el tórrido grosor, abrazándolo. Le sostuvo la mirada unos instantes a la par que entreabría los labios, liberando un copioso caudal de baba que regó el glande y prosiguió fluyendo hasta la raíz, ribeteándole los testículos. Callada, empezó a pajearlo, calma, concienzuda y añadiendo a la combinación de saliva y presemen, la albura de la leche que, con el movimiento, iba ordeñando.

El vetusto Haller ralentizó el transcurrir del tiempo y de la lluvia más allá de las ventanas,  aliándose con la musicalidad carnal de notas chapoteantes y bajos gruñidos.

—Estado en el que no hay ningún ruido o no se oye ninguna voz —murmulló Henry, aún con el silencio en la boca y pisando el alma que le cosquilleaba en las plantas de los pies, a punto de abandonarse debido al húmedo y caliente placer que le estrujaba la verga. La creciente tensión era patente incluso en sus costados, aguzándole las costillas, que se revelaban en su piel como barrotes de una jaula, y en el sudor que le florecía en las sienes. La contempló trabajándolo, masturbándolo, exprimiéndole menudencias de deseo que se desleían en saliva y láctea ambrosia. Abigail le resultaba preciosa, más si cabe en tales impúdicas tesituras, enrojecida, grávida de sí en una orgía de carnes colmadas, coloradas, empapadas y pezones acerados, estrechándolo, sofocándolo. El orgasmo, más pendenciero que él, le rondó, exhortándolo a la redención o la rendición. ¿Acaso a las dos?

Abigail aceleró el ritmo. La fricción de sus pechos en la polla del Señor acabaría prendiéndole fuego en lo profundo del canalillo, y se propagaría el fogonazo hasta su corazón para calcinarle el músculo bombeante, consumiéndolo, convirtiéndolo en la idealización física del punto material[3]. A través de sus pestañas lo vio fragmentarse, igual que un Dios despojándose de su inmortalidad, flaqueando por la caduca mortandad, desvaneciéndose el halo de polvo de estrellas y tironeando prolongados caños de semen.

Henry se rompió, restándose partículas, resollando átomos en un porcentaje de 65 % oxígeno, un 19 % de carbono, un 10 % de hidrógeno y un 3,2 % de nitrógeno; o tal vez tan solo estuviese sumándole números a lo infinito, escudriñando vehemente en la misteriosa catarsis del orgasmo que proseguía embraveciéndole la polla y vaciándole los testículos. Y en el escándalo atronador de su respiración, abrió los ojos que, sin percatarse, había cerrado…

La Vía Láctea compuesta por su corrida y la leche proveniente de los pechos de Abigail había creado un mapa de constelaciones en el hermoso y ruborizado semblante de ella y se extendía, insondable, ante su extenuada visión.

[1] (IN UK) Ser un poco grosero, descarado o no mostrar respeto aunque por lo habitual, de una manera divertida.
[2] (LAT) Si quieres la paz, prepara la guerra.
[3] También conocido como masa puntual o partícula es una idealización física en la que se considera el cuerpo en estudio como si fuese puntual, es decir, carente de dimensiones, cualquiera que sea su tamaño, dependiendo tan solo del contexto del problema a tratar.