17 minutos (VIII): El final – Crónicas Moan (by Eme)

Disfruta el desenlace de la saga de relatos eróticos con audio, 17 minutos – Crónicas Moan (by Eme).

Sigue leyendo…

Relatos eróticos

17 minutos (VIII): El final

Pulsa play para activar el audio:

¿Fueron 17 minutos o 17 vidas? Es jodidamente maravilloso incluso hacerte esa pregunta. Es, desde luego, nada operativo, nada real, nada, al final. Es una historia con tantas vertientes como tu imaginación; la del dueño de ella y la de las tremendas y reales ganas de que exista. Pero en realidad, es una historia insostenible. Porque es imposible vivir sola y únicamente para el juego, por desgracia.

Jugamos todo el rato… a no ser quienes somos, a luchar por lo que realmente no nos interesa, a pretender ser más felices de lo que sabemos, y por supuesto, a poner nuestro cuerpo en el tablero.

Jugamos a desnudarnos, a poseernos, a doblegarnos o a dominarnos. Jugamos, jugamos, y sin embargo, raramente disfrutamos realmente de ello. Hasta que el contrincante nos mira a los ojos, y esa mirada, de repente, nos llega al coño, buah, sin entender qué ha pasado. Porque nuestro coño (o vuestra polla) son los órganos más inteligentes que poseemos.

Y si ellos hablaran, y si ellos rularan todo esto, buah, que diferente sería.

Iván y yo jugamos a todo, y con todo. Y fue la mejor partida posible. Con un apoteósico final, como no podía ser de otra manera.

Porque cuando tus fichas son tus órganos y ellos responden a tus sensaciones, joder, ahí sí que se apuesta todo.

Sumisa yo, dirigente él. Seguíamos utilizando nuestra ofi como escenario. Habíamos sorteado jefes, reuniones, emails, y conquistado almacenes, cuartos de baño y recónditos pasillos. Habíamos decidido que merecía la pena y estábamos en ese punto en el que ya nada de lo rutinario lo era.

Mi sexo, mi culo, mis pechos y mi boca se habían entrecruzado con reglas, bolis, pizarras, mesas, sobres, secretarias, papeles, en fin…

Realmente entraba en la oficina y me olía a mis constantes efluvios, en realidad, seguro que cualquier olfato sensible compartiría esa esencia de squirt en la tradicional moqueta de la planta.

Era tal nuestra posesión de aquel sitio, y de manera ya tan  inconsciente o confiada, que nuestro juego esa noche, con la oficina supuestamente vacía, consistía en recrear una escena maravillosa de la peli Secretary.

Ya seguros de que ni seguridad (habituados a nuestros raros horarios) ni señoras de la limpieza aparecerían a las tantas de la mañana, preparamos nuestro set, y mientras él me esperaba en su despacho, listo para obligarme a escribir una carta en una vieja maquina de escribir que había dispuesto para la ocasión, conmigo llevando una barra restrictiva en los brazos que sujetaba ambos tras mi cabeza; y siendo mi barbilla la única posible herramienta de trabajo, me dictaba una carta absurdamente larga e inconexa, con el único propósito de ver cómo mi cuerpo conseguía lo imposible.

Yo vestía una camisa ajustada que dejaba mis profusos pechos casi fuera de ella, y una falda tan corta que no llegaba a cubrir mi coño sobre la silla de piel, húmeda por mí, como tantas, tantas veces.

Y esa carta dirigida a no se quién, a medio escribir, se vio interrumpida por la inesperada aparición de nuestro presidente, quien había sido avisado una y otra vez de que algo muy raro y perverso ocurría entre dos de los directivos de la empresa, desde hacia ya.

El caso es que cuando nos miró, no supo que decir, y tú, mi querido, maravilloso, amado, brutal, amo, me dijiste:

–Sigue escribiendo por favor, esta carta es de vital importancia.

E ignorando nuestro repentino voyeur, y el final que se preveía, me recoloqué en la mesa como podía con los brazos totalmente estirados en cruz, elevando el culo en pompa, y con la barbilla dispuesta a teclear.

Te inclinaste sobre mí, y ante la atónita mirada de nuestro ya ex director, introdujiste tu inmensa mano en la parte trasera de mi culo, e insertando un dedo en el mismo dijiste, teclea lo que yo te diga, siempre.