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Escorpio (1): Viaje astral – Relato lésbico

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Un pequeño pueblo, un curso de bordado, una astróloga extrajera y una escorpio que se derrite por ella. No te pierdas el inicio de este viaje astral, escrito por Thais Duthie.

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Escorpio (1): Viaje astral

Desde aquella cafetería tenía una panorámica excelente. Podía ver a Melanie trasteando con la caja registradora, colocando la cesta de madejas de lana o incluso haciendo inventario. A excepción del almacén, no tenía más ángulos muertos. Con tantas cristaleras en la tienda y unos cuantos rumores, el pueblo se había encargado de airear la historia de la dueña.

Llegó hacía menos de un año y, a los pocos días, estaba desempolvando lo que fue una tienda de víveres una década atrás. Hizo las reformas necesarias hasta transformar el local en una moderna tienda de labores que también ofrecía cursos para iniciarse en el bordado, el tricot o el patchwork.

Pero había algo más: también se encargaba de la sección de astrología de la revista mensual del pueblo. Desde que había llegado, las vecinas habían cambiado el cotilleo por extensos debates acerca de la etapa astral en la que se encontraban y si las predicciones que Melanie había escrito el mes pasado habían sido acertadas. Al principio, todo el pueblo había sentido hostilidad y recelo por ella, pero al conocer sus habilidades —con la bordadora, pero también con los astros— se había ganado el respeto de todo el mundo.

A Isabel, sin embargo, le despertaba algo diferente: una curiosidad desmedida. No se lo explicaba. Trató de vencer su repentino interés, pero, el día de la celebración por la nueva apertura, sus pies la llevaron a la tienda de labores.

Fue la primera vez que la tenía tan cerca —hasta entonces solo la había observado de lejos— y se dio cuenta de dos detalles. Ni era tan joven como pensaba ni era del país, tenía un deje que no logró identificar. Debía de ser más o menos de su edad y era morena, de pelo largo y lacio, y con los ojos más azules que había visto jamás. Su cuerpo estaba hecho de curvas que le encantaría recorrer y sus manos parecían tan habilidosas con las agujas de tejer que el pensamiento de qué más haría así de bien se instaló en su cabeza para quedarse.

Aprovechando el descuento por la inauguración y completamente fascinada por la novedad que era Melanie, Isabel se apuntó al curso inicial de ganchillo. Y debía ser sincera con ella misma: las manualidades siempre habían sido su punto débil. Aun así, creyó que era una oportunidad de oro para conocer mejor a la morena, entrar en su mundo y ver qué era eso de la astrología.

En la primera clase, Isabel estaba tan nerviosa que enredó la madeja con las que tenía que practicar el nudo de inicio. Melanie fue paciente, atenta y parecía sentir cierta predilección por ella, o esa fue su sensación. Le prestaba más atención y, a pesar de que a veces retrasaba al resto, le daba el tiempo necesario para que avanzara a su ritmo.

Aparte de estar cerca de la dueña de la tienda de labores, Isabel se dio cuenta de que el ganchillo le ayudaba a desestresarse, así que volvió semana tras semana hasta completar el curso y también una bufanda. Por no hablar de que ya había reservado cita con una astróloga especialista en carta natal, pues Melanie aprovechaba los consejos de costura para hablar de mercurio retrógrado, de cómo podía llegar a afectarles la luna llena o de lo importante que era conocer los detalles de su carta astral.

Aquella tarde, en la cafetería, Isabel seguía con su nueva afición mientras observaba por la cristalera. El posavasos requería más esfuerzo de lo que pensaba, pero no iba a rendirse. No si el ganchillo era su excusa para seguir en contacto con Melanie.

El atardecer se cernía sobre el pueblo y ella apuró el café con leche antes de echar un último vistazo al interior de la tienda. La morena se veía especialmente nerviosa aquella tarde. Dejaba tareas a medias u olvidaba algún hilo en el mostrador con más frecuencia de lo habitual.

Isabel recogió sus cosas, pagó y echó a andar hacia la tienda de labores, el corazón se le aceleraba con cada paso. Se había vuelto adicta a aquel subidón. En cuanto llegó, todavía con el posavasos a medias en la mano, se fijó en un recorte de revista que había en el cristal. Melanie solía colocar allí su sección de astrología para que cualquiera pudiera leer, y ella hizo lo propio:

«La temporada de Escorpio comienza el 23 de octubre y termina el 21 de noviembre. El cambio de etapa astral afectará a todos los signos del zodiaco debido a la fuerza e intensidad de Escorpio. La fuerza de este signo te ayudará a reflexionar, tomar decisiones, profundizar en tu mundo interior. El Sol irradia su luz sobre Escorpio, será una etapa transformadora».

Aquellas palabras vibraron en su interior de forma especial. Como Escorpio que era, se preguntó cómo su signo podría afectar tanto no solo a cualquier otra persona Escorpio, sino también al resto de gente. Sin darle más vueltas, abrió la puerta de la tienda. Sonó un breve pitido que alertaba de nuevos clientes, y la morena giró para ver quién había entrado.

—Isabel, eres tú —murmuró la dueña, a caballo entre la sorpresa y el alivio.

—Hola, Melanie —Aquel día su profesora de ganchillo llevaba unos pantalones negros ajustados y un jersey de lana del mismo color. En el centro de su pecho brillaba la piedra verde de su collar con cada pequeño rayo de luz que la atravesaba.

La esquivó, cerró la puerta del local con pestillo y comenzó a bajar las persianas. A Isabel le pareció extraño al inicio, pero pensó que tal vez Melanie quería compartir alguna confidencia escondida de las alcahuetas del pueblo, y se quedó allí hasta que terminó de cerrar.

—Sabía que vendría alguien, sospechaba que serías tú, pero no lo sabía con certeza —Le sonrió con complicidad y acortó la distancia entre ambas. Jamás la había tenido tan cerca, y bajo la luz de los fluorescentes pudo perderse mejor en el océano de sus ojos—. El tarot es realmente sabio.

—¿El tarot te ha dicho que vendría?

Su corazón se aceleraba por momentos. Ni siquiera ella tenía del todo claro si iría o no a visitarla aquella tarde cuando se sentó en la cafetería. Aun así, había sentido un impulso que la había llevado hasta ella, quizá se trataba de una coincidencia o del destino.

—Algo así. Eres Escorpio, ¿verdad?

Isabel asintió, fascinada por el rumbo que estaba tomando aquella conversación. Se preparó mentalmente porque, siempre que lo mencionaba, los comentarios acerca de su signo no eran del todo positivos.

—Lo sabía, la temporada Escorpio te afecta con más fuerza. Habrá sorpresas, detalles y la necesidad de explorar un nuevo terreno —Hizo una pausa, miró a Isabel a los ojos y le preguntó—: ¿Quieres vivir una experiencia única, un viaje astral?

Ella arqueó una ceja, curiosa, luego asintió despacio.

Melanie se deshizo de la corta distancia que quedaba entre ellas y le acarició la mejilla. Acercó los labios a su oído, provocándole un escalofrío, y le hizo la pregunta que lo iniciaría todo.

—¿Estás segura?

Isabel no podía imaginar lo que sucedería a continuación, pero confiaba en Melanie y su cuerpo le pedía a gritos que aceptara.

—Completamente.

Entonces, unió sus labios. El roce se transformó en un beso poderoso. El posavasos de ganchillo cayó al suelo, luego las chaquetas y, por último, el miedo a que la otra no sintiera lo mismo. O al menos algo parecido. La dueña de la tienda de labores la deseaba tanto como la propia Isabel.

Ya puedes leer el sorprendente desenlace aquí: Escorpio (2): Viaje astral – Relato lésbico