Géminis (I): Reflejo – Relato lésbico

No te pierdas la primera parte de Géminis, donde la privación de la vista y la negación del orgasmo se combinan con una intensidad erótica arrolladora.

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Relatos lésbicos

Géminis (I): Reflejo

Tus palabras son claras y no dejan lugar a réplicas: «Jugaremos con mis normas: no vas a ver, no te vas a mover, no te vas a correr. Bienvenida, soy Géminis». Tu voz, a pesar de ser dulce, suena ronca.

Un antifaz de seda firmemente amarrado alrededor de mi cabeza ya me impide la visión y tus manos me aferran las muñecas contra la puerta de la habitación de hotel. Lo poco que he podido ver antes de que me cubrieras los ojos me ha resultado muy sugerente: paredes oscuras, luces led rojas y una silla frente a la cama. Desde que he entrado, mi corazón me golpea el pecho más fuerte por la expectación y la humedad comienza a empaparme las bragas.

Siento la calidez de tu aliento contra mi nuca, me estremezco.

—¿Sabes cómo somos las Géminis? —preguntas. Tu pregunta repta por mi interior y me envuelve en una hoguera. Se propaga desde lo más hondo de mi cuerpo, sus llamas hacen que me estremezca.

—Muy sexis —murmuro contra la madera de la puerta.

Me mandas callar y presionas tu anatomía contra mí. Puedo sentir tus pechos en mi espalda, tu rodilla reclamando espacio entre mis piernas como si te perteneciera. Me gustaría decirte que soy mía y de nadie más, pero aquí, en esta habitación, soy más tuya que nunca.

—A Géminis le encanta probar cosas nuevas, le apasiona experimentar, juega con…  —Tu lengua se desliza desde el lóbulo de mi oreja hasta la comisura de mis labios— los sentidos. Con tu cordura.

—Quiero que hagas lo que quieras conmigo.

Una risa suave inunda la habitación, mitad divertida mitad irónica.

—Ya lo sé. Para eso estás aquí, ¿no es así?

Asiento varias veces sin saber si tal vez he sido una imprudente. Pero se diluye en la excitación más pura, sin adulterar, que he sentido nunca.

—No te imaginas lo que dicen de las Géminis: que somos superficiales, simples. Que somos manipuladoras. Cambiantes.

Se me acelera la respiración todavía más. Pienso en si ha sido buena idea y, como si pudieras leerme la mente, muerdes mi hombro devolviéndome a la realidad. Sigues hablando:

—Sin embargo, también dicen que somos flexibles y tenemos pocos prejuicios. Elegantes, versátiles, enérgicas, cariñosas…

Como si tus propias palabras hubieran calado dentro de ti, me tomas de la mano con una ternura desconocida y me haces sentarme en la silla que he visto al entrar. Está justo debajo de un foco y puedo ver por debajo de la tela un haz de luz rojiza. Recuerdo haber leído alguna vez que el color rojo sube la presión arterial y en este momento siento que no podría ser más cierto.

Dejo de escucharte, de sentirte cerca. Me impaciento. Y es entonces cuando una canción de jazz que no conozco comienza a sonar de fondo. Ya no puedo oír tus pasos, pero tu aliento en mi cuello dispara mi nerviosismo.

—Sé buena. Hemos dicho que no te moverías, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo.

—No te ataré, pero tienes que prometerme que mantendrás tus manos aquí en la silla. Llevas mis manos a los laterales del asiento y siento el contraste del frío metal.

Luego paro de tratar de adelantarme a los acontecimientos y solo siento. Me dejo llevar. Escucho más mis latidos que tus pasos, y un poco de la voz de Heather Newman en Dirty Blues. Noto el peso de tu cuerpo y sé que es tu trasero el que se está rozando contra mi intimidad. Te imagino bailándome con esa luz roja, contoneándote. Quisiera delinear cada una de las curvas que sé que tiene tu cuerpo, pero recuerdo las reglas.

Mantenerme quieta es la peor de las torturas y, aun así, reúno la fuerza de voluntad justa como para lograrlo. Solo un poco más. Pienso que mi recompensa está cerca y con esa promesa interna suspiro. Ahora nada y luego son tus senos los que se rozan contra mi rostro. Con mi olfato potenciado por la ausencia de vista logro reconocer dos aromas distintos: tu perfume y tu humedad.

Dirty dirty blues… —me cantas al oído.

La mezcla entre esencia y tu voz entonando el estribillo de la canción hace que cualquier cosa que no seas tú se esfume de mi cabeza. Llevo mis manos a tu cintura por instinto y gimo al sentir cómo tú también lo haces. Te lleva unos segundos darte cuenta de que he caído, pero eres rápida y atrapas mis manos contra el respaldo.

—No vas a ver, no te vas a mover, no te vas a correr —repites firme. Me pregunto si me lo recuerdas más a mí o a ti misma.

Y llega la revancha. Los movimientos de tus caderas en mi regazo se vuelven cada vez más intensos, más profundos. La música, en lugar de templarte, es energía que te remueve. Lo sé porque, aunque sigo sumida en la penumbra, puedo percibir cómo tu cuerpo se menea con cada nota. Cuando el estribillo suena de nuevo y tú lo tarareas contra mi mentón lucho primero contra mí misma para vencer mis deseos y luego contra tu agarre. Hasta que, de pronto, se afloja.

Lo siguiente que noto es cómo tus dedos deshacen el nudo del pañuelo que cubre mis ojos y, tras unos parpadeos para recuperar mi visión, te descubro en la semioscuridad. ¿Sabes cuánto he esperado este momento? Y a pesar de ello, siento que es demasiado pronto. Quiero disfrutar más del juego porque cuanto más me alejo más te acercas tú y esto no puede terminar así de rápido. Sin embargo, por mucho que lo niegue sí que conozco a Géminis, y por eso me sorprende y, a la vez no, tu siguiente movimiento. En el fondo sabía que tenías un as bajo la manga: tu reflejo.

Ya puedes leer el desenlace aquí: Géminis (II): Reflejo – Relato lésbico