Mujeres libres

Mujeres libres: Lee Miller, la mujer que fue y miró

De las múltiples cuestiones aterradoras que conforman el libro del Apocalipsis de Juan de Patmos, hay una que siempre me ha parecido particularmente sobrecogedora. Sucede cuando, en la visión del fin de los tiempos, el Cordero inmolado empieza a abrir los siete sellos que darán inicio al Apocalipsis. Se oye entonces una atronadora voz de ultratumba que exige algo: «¡Ven y mira!».

Entérate de lo atroz, empápate hasta la médula. Lo verdaderamente siniestro de este imperativo es que refleja que en nuestra maldita condición no nos basta con «intuir» que el apocalipsis nos rodea y nos conforma, sino que, además, tenemos que no perdernos detalle de ello, tenemos que enfangarnos, que tener una plena conciencia, que no nos podemos distraer, que de nada sirve disimular. En el Apocalipsis tenemos que saber que el fin catastrófico está ahí, pero, además, tenemos que «venir y mirar», y lo tenemos obligatoriamente que hacer no para cambiar el catastrófico destino, sino para asumir, plenamente, su inevitabilidad. Esa es la infinitamente cruel condena de nuestra condición: no solo el que cualquier cosa que iniciemos tendrá un doloroso fin, sino el saber eso como la única seguridad de nuestra existencia.

Si una experiencia del Apocalipsis vivió la historia de la humanidad en tiempos recientes fue ese periodo entre 1939 y 1945 que solemos catalogar como la Segunda Guerra Mundial. En ella, descubrimos hasta qué punto podemos ser atroces exterminando con sadismo a otros humanos, y en ella descubrimos que nuestra capacidad tecnológica (la utilización destructiva de la energía atómica) dejaba de poner un teórico límite a nuestra sádica atrocidad. A partir de entonces, el apocalipsis era una plena realidad.

Lee Miller

Lee Miller, cuando empezó a enviar fotografías tomadas en los campos de exterminio de Buchenwald y Dachau, solo tenía una preocupación: que se tomasen por reales sus imágenes. Que pese a lo inconcebible que reflejaban, se tuviera plena conciencia de que eso había sucedido, de que podría, a partir de ahora, suceder en cualquier otro momento. Lee Miller nos obligó a todos a «venir y mirar», después de que ella misma acatase el imperativo del: «¡Ven y mira!».

¿Quién era Lee Miller?

Lee nació en 1907 en una pequeña población, de nombre impronunciable, del estado de Nueva York. Con apenas siete años, cuentan sus biógrafos que fue violada y contagiada de una gonorrea de muy difícil tratamiento. Es quizá, a partir de ese hecho, que su padre, gran aficionado a la fotografía, empezó, con la posible intención de que la niña se reconciliara con su imagen, a tomarle infinidad de retratos en los que Lee participaba activamente.

En 1925, no sabemos cómo, Lee se traslada a París a estudiar escenografía y, un año después, regresa a Nueva York y se inscribe en una escuela de artes. El primer giro radical en su vida se produce cuando, a finales de 1926, es «descubierta», posiblemente en un percance que tiene tintes más de legendario que de real, por el grupo Condé Nast o por su propio fundador y posa para su primera portada en Vogue.

Miller se convierte en la más famosa modelo neoyorquina durante un par de años, hasta que una imagen suya es utilizada para la publicidad de una empresa de productos para la higiene íntima femenina, cuestión esta (lo de ser terrenal y poder tener la regla) que acaba con la imagen celestial que toda modelo debía tener. A partir de ahí, y tras un gran revuelo, abandona o le hacen abandonar su carrera. Ese mismo año de 1929, vuelve a trasladarse a París y entabla relación con Man Ray. Una relación que dura tres años, en los que Miller se codea (y este término tiene mucha amplitud) con lo más granado del Surrealismo y del mundo de la cultura en general, pues conoce (estrechamente, podríamos decir) a Picasso o a Cocteau mientras hace en cierta medida de amante, musa y de «negro» para Man Ray (muchas de las fotografías firmadas por este deberán su legítima autoría a Lee).

Cuando, sin que sepamos los motivos, rompe su relación con Ray, regresa a Nueva York. Estamos en 1932. Su bagaje biográfico le hace un hueco en el mundo artístico neoyorquino, hasta que un par de años después conoce a un empresario egipcio, se casa con él y se traslada a vivir al Cairo. La vida de consorte en Egipto se alarga otros tres años pues, aunque allí mantiene a título personal su trayectoria en la fotografía artística, lo de volver a untarse del ambiente parisino le reclama con fuerza. Vuelve a París en 1937 y entabla una relación con Roland Penrose. Miller se gana el nombre que artísticamente merece. En 1947 se casará con él, posiblemente ya embarazada de su hijo Anthony, que apenas recuerda de ella una madre desapegada emocionalmente, alcoholizada y depresiva. Y esto es porque en esa década (de 1937 a 1947), algo ha sucedido.

Un horror que se hacía inconcebible

Lo que sucedió es que Lee Miller vino y miró. Fue una de las cuatro mujeres fotorreporteras que consiguió seguir el avance aliado desde el Desembarco de Normandía hasta la caída del Tercer Reich y que lo documentó, así como también fue testigo de los primeros síntomas de la posguerra. Como corresponsal de Vogue (revista de moda, no lo olvidemos), las ingentes imágenes que enviaba desde el horror eran publicadas en cuentagotas, previa estricta selección. Lo que Miller vio no lo acabamos de ver aquí: el horror se hacía inconcebible hasta para una población como la británica, que había padecido la barbarie de la guerra. De ese momento son imágenes tan emblemáticas como las que tomó su amigo David E. Sherman de ella aseándose del barro y del lodo en la bañera del apartamento de Adolf Hitler, el mismo día que este se suicidaba en el bunker. La foto más reproducida, la más simbólica, en la que Lee Miller abandonó un segundo el ser el ojo que ve para volver a posar, la foto que dejó en el tintero más de sesenta mil imágenes inéditas que Miller guardó con celo.

Volvemos a 1947. Lee se retira con Penrose y su hijo a una granja inglesa en Sussex.

Miller, la testigo

A partir de allí, le quedan treinta años de vida antes de que un cáncer se la lleve por delante. Treinta años de una nueva condición: la de testigo. La de llevar la insoportable carga de haber sido testigo de la atrocidad, de haber visto el apocalipsis y, lo que es mucho peor, haber sobrevivido a él. La de llevar en sí el testimonio: la misma insoportable fatalidad que acabó con Celan, con Levi y con tantos otros a los que lo visto les restaron todas las fuerzas para seguir vivos. La de aquellos muertos vivientes, los «muselmann», que en los campos de exterminio erraban con los ojos muy abiertos, el alma cerrada y el cuerpo inane sin esperar nada, ni la salvación, ni el sentido, ni siquiera la muerte. Esa fue la última travesía de Miller, la mujer que hizo de su libertad la responsabilidad de contar.

N. de la A.: Hay una película sobre Lee Miller, de Hellen Kuras, que se estrenó en 2023, protagonizada por Kate Winslet y titulada, Lee. La podéis encontrar en Movistar +.

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