Citas célebres para entender mejor el sexo: D. H. Lawrence

«La pornografía es el intento de insultar el sexo, de ensuciarlo».

D. H. Lawrence

Una sentencia es la manifestación de un contexto. Sin este, queda desamparada, deviene inexplicable o, lo que es más frecuente, induce al error. Es el síndrome pegajoso del titular, del tomar algo desenraizado para hacer creer que eso aislado lo es todo, que el discurso es la frase, que podemos percibir lo completo del razonar por el destacado.

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Frases de sexo

El Iguanodon era un dinosaurio del Cretácico. Sus restos óseos fueron de los primeros que descubrió la incipiente paleontología de principios del XIX. Uno de esos huesos desenterrados llamó mucho la atención de los investigadores; una especie de asta de gran tamaño que no parecía encajar con el resto de los huesos allí encontrados. Finalmente, a partir de ese titular, se llegó a una conclusión que parecía evidente: ese hueso era un cuerno situado en la frente del cráneo que debía servirle de defensa.

Al Iguanodon lo convirtieron oficialmente en una especie de unicornio mitológico o de rinoceronte avant la lettre, sencillamente porque no pudieron leer el contexto entero. Cuando décadas después los paleontólogos pudieron ir accediendo al resto del contexto, obtuvieron más información del conjunto que formaba ese dinosaurio y se dieron cuenta del error: el hueso de marras era una garra adherida a la segunda falange del pulgar.

Ese generar un todo a partir de una parte sacada de contexto es algo que, por desidia, pereza, falta de sentido crítico, por querer catalogar a alguien rápido y a toda costa y siempre conforme al prejuicio que de él tengamos, deviene uno de los males más frecuentes de nuestro acelerado y estúpido tiempo.

¿Quién era D. H. Lawrence?

Si explicamos que D. H. Lawrence era un escritor declaradamente católico que dijo que la pornografía insulta el sexo, que lo ensucia, tendremos una conclusión rápida: el tal D. H. Lawrence era un meapilas que se la cogía con papel de fumar. Punto y final. Encasillado, podemos cerrar el cajón: el Iguanodon tiene un cuerno en la frente.

Aunque cueste, abramos un poco más el punto de mira, ampliemos el enfoque, busquemos el contexto. Saber que D. H. Lawrence (nacido en 1885, hijo de un minero alcohólico y agresivo y de una madre cultivada y posesiva) escribió obras como El amante de Lady Chatterley y Mujeres enamoradas o que, cuando falleció de tuberculosis con apenas 44 años, era considerado por la mayoría como un pornógrafo que se había pasado la vida describiendo relaciones homosexuales o amores carnales que no encajaban con el orden moral imperante… Si sabemos aunque solo sea eso, quizá nos pueda hacer dudar de la interpretación fácil. ¿Cómo alguien considerado por la mayoría de sus contemporáneos como un pornógrafo podía decir algo así de la pornografía? Sigamos ampliando el contexto.

Análisis de la cita

La frase «Pornography is the attempt to insult sex, to do dirt on it» (La pornografía es el intento de insultar el sexo, de ensuciarlo) está al parecer tomada de un breve ensayo que se publicó en 1929, Pornography and Obscenity, donde hay otra observación del mismo Lawrence; «What is pornography to one man is the laughter of genius to another» (Lo que es pornografía para un hombre, para otro es la risa del genio). Ya tenemos otro hueso que parece ser contradictorio con el primero.

¿Cómo podemos entender que la misma persona diga que la pornografía ensucia el sexo y también sostenga que puede ser una muestra de genialidad? Quizá volviendo a intentar entender el contexto…

D. H. Lawrence fue un tipo que tuvo que pasarse la vida defendiéndose, o lo que es lo mismo, matizando. Profundizando al extremo la sofisticación sobre lo que pudieran ser conceptos como la obscenidad y la pornografía, encontrando vías para justificar lo que hacía, lo cual no significa (no volvamos a caer en el titular) que donde dije digo, dije Diego, es decir, que según le conviniera tanto condenaba la pornografía como la ensalzaba. Nada más lejos de eso. Y mucho menos en alguien de sobrado talento que supo anticipar como pocos lo que en la relación de los sexos estaba por venir y que, además, nunca dio su brazo a torcer.

Decir que para alguien la pornografía puede ser «la risa de un genio» no significa decir que la pornografía sea genial, sino más bien que la pornografía es un punto de vista (moral) de quien la observa (lo que ya abordamos en otro artículo sobre la frase de Alain Robbe-Grillet, «La pornografía es el erotismo de los otros»). Y decir que «la pornografía es un intento de insultar y ensuciar el sexo» no significa que la pornografía sea algo «malo» para el sexo…

Volvamos a este primer hueso. Dice en la literalidad que es un «intento», es decir, que no siempre se consigue aquello de «insultar al sexo», para remarcar con rotundidad el «ensuciarlo». Pero insultar al sexo y ensuciarlo no es necesariamente cargarse, desprestigiar, deshonrar el sexo, sino el «intento» (que algunos con talento conseguirán y en el que otros torpes fracasarán) de introducir en el sexo el componente de violencia y de suciedad que pueda tener (siguiendo con citas ya abordadas en esta sección, aquella que con tanto gracejo pronunciaría Woody Allen, «El sexo solo es sucio cuando se hace bien»).

Toda una declaración aguda para alguien como D. H Lawrence, que tuvo que soportar el mayor embiste de una moral victoriana que en todo veía pecado, animalidad y desorden social. Pero hay más matices asociados al contexto, pues también él se tenía que proteger de que se le considerase que solo hacía pornografía. Hacer exclusivamente pornografía, reducirlo todo a la genitalidad y a la noción de follar, no es tampoco profundizar en el sexo, pues eso obvia lo fundamental, el profundizar en la condición humana, en su intrincada psique, en ese laberinto de deseos y afectaciones que nos conforman como seres humanos; enfangarse en eso que D. H. Lawrence supo hacer como nadie.

Eso es algo que estoy cansada de decir a los aspirantes a escritores eróticos: si os quedáis solo en la pornografía, tendréis asegurado el fracaso y hasta el tedio porque lo vuestro solo será un continuo de humedades, jadeos y miembros híper-irrigados, que en nada explicarán a los seres humanos qué hay detrás. D. H. Lawrence no hacía solo pornografía (de hecho, hoy no haría casi nada que pudiéramos considerar así), sino que lo que principalmente hacía, como también lo hiciera posteriormente de forma magistral Stefan Zweig, es abordar el infinito y prodigioso entramado de la psique que conforma la condición humana tomando, en el caso de D. H. Lawrence, la más potente de sus manifestaciones: su condición erótica.

A modo de conclusión

A este respecto, recuerdo una afirmación de mi maestro en sexología en el INCISEX de la Universidad de Alcalá de Henares, Efigenio Amezúa. Efigenio es un tipo enigmático que suele dar sus charlas, para admiración de muchos y desesperación de otros, como las pronunciaba Heráclito «el Oscuro». Tras una aparentemente deslavazada disertación, nos dejaba una frase lapidaria que nadie sabía muy bien a qué se refería. Los que lo conocemos y sabemos del indudable prestigio que le acompaña y que no da puntada sin hilo, siempre nos quedábamos aturdidos pensando en qué había querido decir el buen hombre, qué sentido tenía cada una de las palabras que conformaban su sentencia.

Una vez, y retomando ahora el hilo de Lawrence, nos dijo: «La pornografía es el destrozo del sexo». Cualquiera, incluso conociendo el contexto Efigenio, no tendría dudas, ha dicho «La pornografía es mala para el sexo». Pero había que profundizar: ha dicho «destrozo», no ha dicho «malo» o «contrario», «exterminio» o algo así. Ha dicho «destrozo», lo que hace reducir a trozos algo, no lo que lo aniquila, sino lo que lo reduce a sus partes… y me pareció entender algo al cabo de un rato: la pornografía es solo una parte que, desgraciadamente, se suele tomar por el todo del hecho sexual humano.

Algo que también creo que entendió así ese escritor británico que supo anticipar el mundo de las relaciones de los sexos que estaba por venir, que supo meterse en la cabeza de un ser humano y que no tenía cuernos, sino una afilada zarpa en cada mano. Como el Iguanodon.