Citas célebres para entender mejor el sexo: Marilyn Monroe

«Las mujeres que buscan ser iguales a los hombres carecen de ambición».

Marilyn Monroe.

Es frecuente en el mundo de las citas populares y nunca referenciadas el que la autoría de la misma sea más que dudosa en boca de quien se le atribuye o que se comparta entre varios personajes que podrían perfectamente haberla creado. Este último es el caso de la cita que nos ocupa; en la imaginería popular, el aforismo podría ser ocurrencia tanto de Marilyn Monroe como de Timothy Leary, y por lo que sabemos de ellos, en ambos podría encajar. Norma Jean fue alguien que no careció de agudeza ni de ambición. Una ambición sostenida en una extraordinaria fragilidad e inseguridad que parcheó sus debilidades con la creación, posiblemente debido o gracias a un trastorno histriónico de la personalidad, del mito erótico más importante de la contemporaneidad: Marilyn Monroe. De temperamento melancólico (sus estancias en hospitales psiquiátricos por estos motivos son bien conocidas), con una posible estructura psíquica atribuible al trastorno límite de la personalidad (su afición al exceso puede delatarlo), ambas cuestiones originadas en una infancia invivible con profundas carencias emocionales y abusos sostenidos, Norma encontró una «solución» para no solo mantenerse intermitente en pie, sino para conseguir como nadie más lo ha hecho su verdadera ambición: ser admirada y ser, o al menos parecerlo, amada. Una sofisticada «solución» esa de crear a Marilyn frágil, como siempre sucede cuando la herida es grande, siempre a punto de fracasar, pero que por su efectividad refleja una brillante inteligencia y que se manifestaba en un rostro que es aún hoy el arquetipo de la belleza femenina y de la belleza como concepto; aquella que siempre velaba el horror de su existencia. No sería extraño que alguien así, que hizo de su feminidad el culmen de su ambición, llegara a la conclusión que refleja la cita o que si no fue así, al menos la empleara. Por su parte, Timothy Leary (1920-1996) fue un eminente psicólogo, prolífico autor y un popularísimo activista en el uso de sustancias psicotrópicas enteogénicas (aquellas que alteran la conciencia, como el LSD por citar alguna), y por ello y según el presidente Richard Nixon, «el hombre más peligroso de América» (lo cual viniendo de quien venía no dejaba de ser un halago, aunque de riesgo, eso sí). Su tumultuosa vida transcurrió como una curiosa mezcolanza de sabio científico, estrella del rock, gurú de los influyentes y forajido perseguido. Y sí, la cita podría ser perfectamente suya.

¿Cambia el sentido de la reflexión si la cita se atribuye a un hombre o una mujer?

Una primera reflexión se nos presenta: ¿Tiene alguna significación que una reflexión sobre las mujeres la haga una mujer o un hombre? En el  tiempo en que se engendró la sentencia no, ahora sí. Antes, un o una intelectual podía hablar de todo sin que eso sobre lo que reflexionaba y extraía consecuencias fuera necesariamente su condición, es decir, un hombre podía perfectamente explicar lo que era una mujer (y viceversa), un maître à penser aburguesado en el distrito V de París podía explicar lo que era la condición de un obrero de la banlieue parisina o un profesor blanco de Harvard especializado en sociología estaba perfectamente autorizado para explicar lo que suponía la explotación de los pueblos indígenas. Ahora parece que no. Ahora cada uno parece estar solo legitimado a hablar de lo suyo y por él mismo, independientemente de la calidad de lo que reflexione. Solo el oprimido puede sacar conclusiones de su opresión, con lo que el hombre (que habla sobre la mujer), el intelectual acomodado (que habla sobre el obrero) o el profesor blanco universitario (que reflexiona sobre los sioux) no solo cae en el riesgo de que su discurrir se vea anulado por las lágrimas y reivindicaciones del que aún sin necesariamente tener una especial capacidad para la comprensión sí pertenezca al colectivo oprimido (mujer, obrero, sioux), sino que además corre un riesgo aún mayor: el que él mismo y su discurso sean tachados de opresor, de actuar, independientemente de lo que diga o de la defensa que pueda hacer, como un dispositivo de sometimiento de la causa maltratada. Lo que complica un poco la cosa del espíritu crítico; ¿Quién podría hablar, por ejemplo, en nombre de la justicia, del bien, de la libertad o de la verdad? Lo justo, lo bueno, lo libre y lo verdadero… Pero ¿hay alguien concreto que «sea» o determine en sí mismo eso? O del mismo modo; ¿Quién puede hablar sobre la muerte si no es un vivo? No es de extrañar, por tanto, que si bien una se incline a pensar que la cita sea originariamente de Leary, es más «apropiado» el atribuírsela hoy a Marilyn. En la infinita sabiduría algorítmica del señor Google predomina hoy en día Marilyn como autora, salvo en la esfera anglosajona (origen de la cita) donde se sigue atribuyendo cuantitativamente más a Leary.

Análisis de la cita

Pero ¿es verdad que una mujer que busca ser igual que un hombre carece de ambición? A mi modesto entender, la cuestión radica en eso de la «igualdad», concepto con el que se suelen generar unas empanadas mayúsculas. Si por igualdad se entiende igualdad de derechos y oportunidades, no creo que ni Marilyn ni Leary tuvieran la más mínima duda de que, en una sociedad democrática, esta deba darse entre hombres y mujeres de la manera más universal y efectiva. Así que, que nadie se escandalice por lo que la cita no dice. Otra cosa es la igualdad que se manifiesta como igualación u homogeneización y que pretende anular todas las diferencias. La igualdad, la primera que citamos, la de derechos y oportunidades, solo puede darse desde la diferencia. Existe y la perseguimos porque no venimos a este páramo iguales, porque somos diferentes por cuestiones raciales, económicas, físicas, sociales, culturales, de creencias, de opción erótica y de sexo. Es precisamente esa diferencia de partida la que exige que nos dotemos de un mecanismo de igualdad que posibilite que si tus padres son pobres, puedas acceder a una educación en las mismas condiciones que los hijos de un rico o que si has nacido mujer, puedas desplegarte al máximo como ser humano, pero en cuanto a mujer. No aspirar a eso, a alcanzar la mayor plenitud sin renunciar por ello a ser mujer (u hombre) no es solo poner en cuestión tu legitimidad a la igualdad (de derecho) sino carecer, y que carezcamos todos, de ambición. Ese es el núcleo duro de la cita; reclamar la igualdad (de derecho) sin renunciar nunca a la diferencia (de sexo en este caso).

Vivimos tiempos en los que, con demasiada frecuencia, lo que se pretende es aquello que Ionesco manifestaba como el paso de víctima a verdugo, en los que olvidamos que los derechos y las oportunidades se deben igualar en todas las infinitas diferencias porque nos atrae en exceso convertirnos en el que presuntamente nos ha oprimido (el verdugo), no para quitarle el hacha, sino para cogerla nosotros. Nos atrae demasiado el «resentimiento», así calificaba Nietzsche a quien forma su identidad siempre contra otro, de forma que cambien los personajes en esa dualidad víctima/verdugo, pero perdure el hacha; la desigualdad (de derecho y oportunidades). El enemigo es la desigualdad y el aliado es la diferencia, eso nos debe quedar meridianamente claro. Y es esa diferencia de identidad, mujer/hombre en el caso de la cita, la que hay que reclamar con la misma vehemencia con la que se reclama la igualdad.

¿Por qué esta cita puede ofender?

Por último, algo que quizá todos deberíamos preguntarnos en nuestros días: ¿Por qué una cita tan diáfana, aguda y que refleja el motor de lo que ha sido nuestro progreso social puede hoy en día ofender a alguien? En la respuesta puede encontrarse la clave de nuestro tiempo… tanto si eres homosexual, bisexual o hetero, diestro, ambidiestro o zurdo, cis, no binario o transgénero y hasta mujer u hombre.