Citas célebres para entender mejor el sexo: Karl Kraus

«No hay un ser más desgraciado bajo el sol que un fetichista que languidece por un botín y que debe contentarse con una mujer entera».

Karl Kraus.

Hay algo que posiblemente tenga Austria que pocos países europeos hayan tenido, además de a Mozart; unos críticos de la propia sociedad austriaca feroces, inteligentes y sutiles, de talento absolutamente excepcional y que no dudaron en enfrentarse con lo que de podrido, cuestionable o simplemente desconcertante tiene la cultura en general y de la que les ampara en particular. Pienso por ejemplo en la premio nobel de literatura Elfriede Jelinek; un látigo de siete puntas que no deja de la actual cultura austriaca bicho sin fustigar o esquina sin barrer, con un talento único pese a que ello le haya valido en muchas ocasiones el desprecio más cruel de sus conciudadanos. O antes que ella, otro escritor absolutamente único y fascinante; Thomas Bernhard, este, más un ariete de esos con los que los bárbaros eran capaces de derribar un muro de sillería y al que no leerle algo y dejarse llevar por su hipnótica exigencia es perderse una parte de la infinita potencia de la mejor literatura. Pero antes que ellos dos, entre finales del XIX y hasta el nauseabundo olor que anticipó la Segunda Guerra Mundial, estaba sin duda Karl Kraus (1874-1936). Si Kraus, que repartió estopa a diestro y siniestro, tuviera que irse a darse hoy de alta de autónomos en la Seguridad Social, le hubieran faltado epígrafes en los que apuntarse. Escritor, ensayista, dramaturgo, actor, periodista, poeta, aforista y mil actividades más donde volcar el filo de su inteligencia y lo incontenible de su actitud crítica. Quizá, si hubiera tenido que quedarse con uno, hubiera sido el de celoso guardián de la lengua y periodista satírico que no dejó piedra en Austria sin remover ni periodista sin sacudir: «No tener una idea y saber expresarla: eso hace al periodista»… para que vayan abriendo boca. Con una personalidad carismática y arrolladora y una increíble capacidad de trabajo, Kraus escribió él solo todos los artículos de su revista Die Fackel (La antorcha) durante más de un cuarto de siglo. Su poderosísima oratoria y un sentido de la justicia exacerbado hicieron que influyentes personajes de la cultura europea, de Elías Canetti a Wittgenstein o de Walter Benjamin a Schönberg, cayeran prendados de su magnetismo Tuvo casi tantos admiradores como fueron las personas que lo detestaron. Alguien así no podía dejar de meter su estilete en un tema como nuestra condición sexuada.

Análisis de la cita de Kraus

«No hay un ser más desgraciado bajo el sol que un fetichista que languidece por un botín y que debe contentarse con una mujer entera». Y es que, normalmente, tras un botín femenino, hay un pie y, tras este, una mujer, cosa que hace las delicias de la mayoría, pero no las de un restifista o, en cualquier caso, las de un parcialista. La apreciación puede denotar cierto aroma a misoginia y puede ser, pues Kraus tuvo, en su disparar con cartucho y cañones recortados cuando no con mira telescópica, una relación ambivalente con las mujeres que combinaba con posturas avanzadas de un incipiente feminismo (con arcaicas concepciones de lo femenino) y su relación con lo masculino, pero esta interpretación no nos parece ni de lejos lo más relevante. Lo que el ya enuncia y explora con humor vitriólico es un fenómeno fascinante: el del fetichismo. Normalmente por él se entiende, especialmente desde el campo que más se ha ocupado de su «estudio», el de la clínica, en concreto, el de las «psicopatías sexuales», ese fenómeno simbólico que hace que una persona se adhiera en su deseo a las metonimias, es decir, a la parte por el todo, de ahí que se hable de «parcialismo». Un fetichista del calzado, que no es lo mismo que un fetichista del pie, es alguien, normalmente de género masculino, cuyo elemento principal es el único de deseo de un zapato (ni siquiera los dos). Con la contemplación de este elemento pedestre puede no solo saciar su deseo de manera completa, sino incluso alcanzar el clímax sin que necesariamente esté cubriendo el pie de una señorita. Esto significa, como señala Kraus, que el resto no le importa un pimiento, es decir que ni le hace falta la extremidad insertada en el zapato ni, por supuesto, la propietaria de la pierna. Pero sucede que, y de ahí la tragicómica ironía de Kraus, no hay zapato sin pie ni pie sin pierna ni pierna sin señora (con piernas), con lo que el resignado restifista para obtener el objeto de su deseo tiene que «cargar» con todo el conjunto. El que alguien reduzca de esta manera y «extirpe» así el conjunto puede parecerle a más de uno algo sorprendente, cuando no un inequívoco síntoma (y esa ha sido la interpretación canónica) de que algo no le rueda muy bien en la sesera. Sin embargo, esta interpretación, por más establecida que pueda parecer entre moralistas y clínicos, tiene algo fundamental que obvia; la composición que el deseo establece en nosotros. En efecto, todos nosotros, por «estables mentalmente» que operemos, siempre tenemos un punto de fetichista porque la libido funciona no por objetos sino por correspondencias simbólicas. Me explico. Cuando deseamos algo (desde un vestido a un coche, desde un libro a un amante), en realidad nunca deseamos este «elemento» concreto, sino a lo que simbólicamente nos remite: status, aprecio, conocimiento, placer… Es decir, que si para un restifista el paroxismo de su goce llega con el calzado y, para los que no nos consideramos particularmente fetichistas, el paroxismo de goce llega con el amante (completo), en realidad, si examinamos más de cerca lo que «nos pone» de ese amante, es algo, además de bastante incomprensible para nosotros (sus manos, su sonrisa, su inteligencia, la forma en la que sostiene un tenedor… vaya usted a saber qué carajos) bastante parcial y que va más allá de ese amante, por más que se nos presente en toda su extensión. En realidad, cualquier amante no deja de ser una «parte», por ejemplo, Antonio en cuanto a individuo concreto, de otro «todo», el amor universal al que nos remite. Así de complejo y fascinante es el deseo humano.

Conclusión: Las correspondencias del deseo son infinitas

Con lo expuesto arriba, lo que quiero decir es que sería pueril, erróneo y simplificador creer que alguien que «languidece por un botín», en realidad, solo languidece por el botín, sino que languidece por aquello, sea lo que sea, a lo le remite en el relato deseante que se organiza en torno a él. Proust lo supo ver de maravilla cuando, de su gran amor, Albertina, dijo aquello de «Amo a esa mujer y a su paisaje», reconociendo que Albertina es (ni más ni menos) un parcialismo de su verdadero deseo; lo que Albertina le aporta, «el paisaje» que conlleva. Algo que a Kraus, listo como un ratón colorao, no se le pudo escapar, como no se le escapó lo que de melancólico conlleva el que siempre deseemos algo más de lo que creemos desear y de lo que nunca podremos alcanzar, pues las correspondencias son infinitas y siempre habrá un más allá de lo conseguido, cuando conseguimos un deseo. De ahí «no hay ser más desgraciado bajo el sol», un ser que es nuestra propia condición humana, la de todos nosotros y no solo la del que suspira por acariciar unos stilettos con tacón del quince. Y, por cierto, y puestos a lo tragicómico, la de veces que, queriendo algo concreto, nos tenemos que «contentar» con todo (del cepillo de dientes del legítimo a la suegra, pasando por el cuñado que todo lo sabe y el jarrón chino que nos regalaron el día de nuestra boda…).

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