Tasso (des)monta la película: Sleeping Beauty y el efecto de las benzodiazepinas

La ópera prima (2011) de la novelista australiana, Julia Leigh, Sleeping Beauty (La bella durmiente, en castellano) prometía. Es más, fue incluida en la sección oficial a concurso de la edición del Festival de Cannes de ese año. Como lo habréis adivinado todos/as, la película Sleeping Beauty está basada en el clásico cuento infantil de los Hermanos Grimm, pero versión hardcore (bueno, ¡ojalá se pudiera describir así!). No es la primera vez que clásicos literarios o cuentos inspiran a directores de cine. En Sleeping Beauty, la “bella durmiente” está protagonizada por una chica guapa a la par que fría y sus “príncipes” (que son varios, sí. No se puede quejar) son unos viejos verdes ricachones, tan ricos que no saben cómo gastarse la pasta. Hartos de jugar al golf, como haría cualquier octogenario millonario (eso me lo invento yo, no está en el guión), participan en fiestas, rodeados de bellezas en lencería fina. La puesta en escena es lujosa, sí, pero más fría que Siberia en pleno invierno.

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Película erótica: Sleeping Beauty

Sinopsis

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Lucy (la actriz Emily Browning) es una estudiante que, un día, responde a un anuncio y se adentra en el mundo de la prostitución, para poder pagar sus estudios. En un curioso prostíbulo (una casa particular, llena de lujos y habitaciones que no tenemos el placer de visitar), la joven se convierte en una bella durmiente, a la que drogan (con su consentimiento) con un narcótico, hasta que pierde el conocimiento, y la colocan en una habitación especial donde varios hombres (viejos y ricos, cansados del golf… no sé si ya lo he dicho) la tocan y la observan, pero tienen prohibido penetrarla. A la mañana siguiente, Lucy no recuerda absolutamente nada. Como si esas horas nunca hubieran existido… Hasta que un día… Y hasta aquí puedo escribir, ¡lo siento!

Tráiler

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Debo reconocer que me moría por verla. El planteamiento me gustaba, y sabotear un cuento de niños para hacer de él una película transgresora y provocadora me parecía un gran acto de rebelión, contra estos cuentos empalagosos de príncipes y princesas que se besan, se casan y viven felices como perdices. Así que, empecé a visionarla con muchas ganas. A los quince minutos, caí en los brazos de Morfeo; no sé si estaba bella, pero sí muy durmiente. Todo me parecía insulso. Plano. Sin interés. Y la enorme frialdad que caracteriza la cinta (y los personajes) me contagió hasta tal punto que acabé como la protagonista, pero sin magreos por parte de ricos arrugados y con el mismo dinero en mi cuenta. Así que no terminé de verla, prometiéndome darle una segunda oportunidad.

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Cuando llegó la segunda vez, me di cuenta que era mejor la película que el Orfidal. Sí, sí. No crea adicción y promete hacerte roncar hasta el amanecer, sin sobresaltos. Todo un mérito por parte de Julia Leigh a la que, en este sentido, aplaudo y le debo el haber dejado los fármacos.

Ahora bien, la directora solo sabe transmitir distancia: distancia entre los personajes y distancia con los espectadores. El resultado final es un largometraje aburrido, emocionalmente vacío, que esconde demasiadas cosas sobre el pasado de algunos personajes y que, después de comerte la peli entera, no se revelan. Se abren muchas líneas de narración, pero no se cierra ninguna. ¡Frustrante! No se trata de contarlo todo, evidentemente no, pero aun así…

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Bueno, aquí viene, para mí, la parte más difícil de contar. Porque erotismo, lo que se dice erotismo, la verdad es que hay poco. Lo único erótico que se me antoja es el extraordinario físico de la actriz Emily Browning (incluso siendo inexpresiva) que, la verdad sea dicha, está bellísima en la película.

Sí, es cierto que hay algunas escenas técnicamente bellas; la fotografía es exquisita, pero todo eso no es suficiente para hacer de una película una obra maestra.

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Las escenas en grupo no están mal. Recuerdan, salvando las distancias, a Eyes Wide Shut de Kubrick, pero sin sexo. Tampoco hace ninguna falta.

Lo mejor y lo peor de la película

Lo mejor: el haber dejado las benzodiazepinas

Lo peor: el cubrecama horrendo de la habitación, donde la protagonista recibe a sus clientes impotentes, mientras duerme.

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