El bolígrafo pesa como plomo. Coral lo sostiene sobre el papel, justo encima de la línea donde su firma debe validar el recorte de gastos del próximo trimestre. Le sudan las palmas de las manos. Nadie en la mesa de juntas —ni el director financiero con su risita aguda de roedor, ni la jefa de personal que no deja de mirar el reloj con un tic neurótico— sospecha que la rigidez de su espalda no se debe a las horas extra, sino a un incendio que aún no se ha apagado en su interior.
Suelta el bolígrafo. Necesita apoyar las manos en el barniz frío de la mesa para que el temblor no la delate. Al contacto con la madera, su piel —la de Korai— despierta. Es el mismo tacto: una superficie dura semejante a la que anoche aplastaba sus pechos mientras sentía el mordisco de las muñecas inmovilizadas a la espalda. Bajo la falda de tubo, la marca roja en el glúteo chilla. Es un pulso sordo que no entiende de previsiones económicas.
—Coral, ¿no estás de acuerdo con el punto cuatro? —La voz del financiero llega desde otro continente.
Ella levanta la vista. Su mirada es gélida, implacable.
—Lo disminuiría un dos por ciento más —responde, y su propia voz le suena extraña—. Pero ya lo hemos hablado.
La máscara de eficiencia no desvela ni una fisura, pero en sus oídos el aire acondicionado de la oficina retumba con el eco rítmico de la noche anterior. Plas, plas, plas. «Suplícamelo, Korai».
Firma. El trazo es una muesca ágil en el papel. Solo ella sabe que esa rúbrica es el último hilo que la sujeta a la superficie antes de volver a hundirse.
Se recuesta mientras el gerente del sector Norte tarda unos minutos en abrir su presentación y mostrarla en pantalla. No encuentra la postura. Le arden los muslos al roce con la falda y el calor asciende bajo la inmaculada blusa de seda. Un vapor espeso con olor a bergamota se vuelve mano y aferra su garganta. Otra mano está desabrochando los botones, exponiendo su piel a la mirada del hombre que la sujeta y a la del otro que solo observa. La sala oscurece.
—Hacía tiempo que no me buscabas, Korai —el susurro le quema el lóbulo de la oreja.
Ella mantiene los ojos cerrados, atenta al sonido metálico de la hebilla.
Las manos de él la giran con violencia y la empujan contra el escritorio. Dos golpes de tacón que separan sus piernas. El aire lame la piel descubierta por encima del encaje del liguero. Algo frío recorre el interior de sus muslos. La mano que sujeta sus muñecas la aplasta contra la mesa. La boca se le abre con un gemido mudo y una gota de saliva resbala sobre la mesa.
—¡Zas!
El primer latigazo le corta la respiración. El hombre lo sabe; desliza los dedos sobre la piel enrojecida, calmando el incendio para volver a provocarlo. El segundo golpe con el cinturón es más fuerte. Korai no puede evitarlo: sonríe. Joder, cómo echaba de menos este lenguaje. Abre instintivamente las piernas y la falda se enrosca en su cintura. El cuero rodea ahora las muñecas, la mano la mantiene firme contra la madera.
¡Plas!
—Cómo me gusta tu culo, Korai.
Vuelve a azotarla. Uno, dos, tres… En el rincón, el hombre del sillón bebe un sorbo de ámbar. El hielo choca contra el cristal.
La palma caliente agarra el glúteo con gula, el hombre se inclina sobre la mujer. El aire cálido de su aliento besa su oreja:
—Lo deseabas, ¿verdad? —le muerde el lóbulo. El pinchazo agudo le obliga a abrir los ojos. Solo llega a entrever al otro hombre, una silueta borrosa en el horizonte caoba de su ángulo de visión.
—Lo… lo deseaba —jadea ella.
Gira la cabeza y mira al hombre de ojos negros.
—Te deseaba.
—Coral…
—Coral, necesitamos tu visto bueno para cerrar el acta definitivamente.
Una bocanada de aire escapa de sus labios, demasiado sonora, demasiado animal. Mirada rápida a la pantalla. 250.000 euros.
Doscientos cincuenta azotes, Korai.
—Sí, correcto —carraspea, irguiéndose en la silla, sintiendo el escozor dulce en las nalgas—. Me parece todo correcto. Adelante.
Doscientos cincuenta…
—Muy bien —continúa el financiero con una sonrisa profesional—. Ahora vamos a continuar con lo que de verdad duele: los salarios. ¿Carmen?
La de Recursos Humanos se acerca al proyector. Coral observa el pendrive en su mano y luego observa sus propias manos sobre la mesa. La madera ya no está fría. Está vibrando. Carmen nunca manda sus diapositivas por adelantado; a Carmen le gusta ver las caras de la gente cuando anuncia los recortes. Coral se humedece los labios. Siente una punzada de envidia hacia Carmen: ella también tiene un látigo, pero el suyo no deja marcas rojas, solo cubículos vacíos.
Sus ojos se cruzan. Es una décima de segundo de más, que Coral siente eléctrica. Se sostienen la mirada, con absoluta profesionalidad.
Coral cruza las piernas y el roce de la braga contra su sexo la estremece.
—Adelante, Carmen —dice Coral con una media sonrisa—: que empiece el espectáculo.
***
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