pareja en cocina iluminada con luz cálida en momento íntimo y sensual

El refugio (Las noches de Korai)

Tras Sesión de descarga, llega El refugio, otra historia excitante y tensa de Las noches de Korai, donde el límite entre el amor y la necesidad de ir más allá empieza a desdibujarse.

El refugio

La llave gira con ese clic suave que tanto me gusta escuchar. Huele estupendamente, a algo rico que burbujea en el fuego y a la colonia que usas desde hace años. Dejo los tacones en la entrada y camino descalza hasta la cocina. Estás de espaldas, removiendo la salsa con el delantal que te regalé. Por un momento fantaseo con encontrarte alguna vez vestido solo con él. Te rodeo la cintura y apoyo la mejilla en tu omóplato. Tu calor es conocido, abrazarte es como llegar a un puerto en calma.

—Día largo, ¿verdad? —dices girándote con esa sonrisa que me arruga los ojos.

Me besas y mis manos se van a pasear bajo el delantal. Me separas con un chut, chut juguetón y señalas la sartén, abanicándome el aroma delicioso con la mano. Qué bien cocinas. El olor a tomate, ajo y orégano se me pega a la piel. Me río y te robo una cucharada. El sabor me explota en la boca, caliente, ácido, perfecto. Te miro mientras mastico y pienso que ojalá pudiera morderte a ti de la misma forma.

Cenamos hablando de todo y nada. De trabajo, del masaje del otro día que tanto necesitaba —omito, sin saber muy bien por qué, el momento de la sauna—. Me preguntas si repetiré y te digo que casi seguro. Quizá deberías ir tú, son muy profesionales. Demasiado. El tenedor gira los espaguetis, tú hablas de una reunión muy aburrida, yo asiento y sonrío. Pero bajo la mesa mis muslos aún recuerdan el aceite de Daniel y las ganas de después. Esas que aún no he calmado. Intento concentrarme en tu voz, en tu ternura suave, pero el cuerpo me traiciona. Malditas ganas inagotables.

Terminamos de comer. Tú lavas los platos, yo los seco. Nuestros hombros se rozan. El agua caliente te salpica la camisa; te remangas y yo me quedo mirando tus antebrazos, fuertes y hábiles. Te busco la boca. Nos besamos con calma, como siempre, pero yo no he saciado mi hambre.

Deshago el nudo de tu delantal y empiezo con los botones. Tú te dejas. Te quitas la camisa despacio. Yo me desnudo mirándote, con prisa. Mi ropa cae al suelo, la tuya sobre una silla. Tus labios son suaves, pacientes. Tus manos recorren mi espalda. Buscan mi piel y te recibo con jadeos. Las manos se me duplican y tratan de abarcarte todo. Me faltan más manos. Te agarro la cara, te beso con ansia. De un brinco me subo a la encimera. El mármol frío me muerde el culo y me arranca un gemido largo. Mis piernas también quieren abrazarte. Sonríes y me muerdes el labio. Tu mano me encuentra húmeda y tratas de dirigirte, pero yo necesito otra cosa. Hoy te quiero arrodillado, rendido, mirándome como a una reina esperando recibir lo que yo quiera darte. Quiero ser yo la que dirija, la que decida, la que controle el qué y el cuándo.

—Cariño… espera —te susurro al oído, mordiéndote el lóbulo—. Déjame a mí, hoy quiero algo distinto.

Te separas, curioso, expectante. Mi voz baja un tono, se vuelve ronca.

—Quiero atarte las manos con mis medias. Vendarte los ojos. Quiero que te rindas, Javi. Que te arrodilles, que me dejes llevar tu cabeza entre mis piernas, que me dejes decidir cuándo paras y cuándo sigues.

Te separas un poco más. Tu sonrisa se tuerce.

—Pero… ¿qué es lo que quieres? ¿Someterme? —sueltas una risa corta, nerviosa—. ¿Como un esclavo? ¿A qué viene esto ahora, Coral?

—Solo quiero que te dejes llevar. Que confíes en mí. —Me bajo de la encimera, busco tus manos con las mías—. No haría nada que tú no desearas, no te voy a obligar.

Que te arrodilles y me dejes guiarte, joder.

Pero sueltas mis manos y das un paso atrás. El frío de la cocina se cuela entre nosotros.

—Coral, eso es… no sé. Me haría sentir débil. No quiero que me veas así. No quiero ser menos hombre para ti.

Te miro y el silencio se vuelve pesado. Pienso en la valentía que hace falta para cerrar los ojos y entregar el control, pero me guardo las palabras. No hay lugar para ellas. Solo acaricio tu pecho y lo intento una última vez:

—No es debilidad. Es confianza. Es darme lo que me apetece porque quieres. Porque te apetece hacerme feliz y jugar conmigo. Porque sabes que yo te voy a respetar siempre.

Tú niegas con la cabeza, aún con esa sonrisa rota que ahora duele.

—Va, cielo, no seas tonta. Nosotros no necesitamos juegos raros. Yo te quiero tal como eres.

Tal y como soy. Esa frase rebota como un eco con pinchos en mi interior. ¿Me conoces de verdad? Me acurruco contra ti, pero el vacío crece.

—Ya, sí. Perdona —trago el nudo en mi garganta y te beso—. No sé en qué estaba pensando.

Te acercas de nuevo y tus manos recorren mi cuerpo desnudo. Me concentro en mis terminaciones nerviosas y callo mis deseos. Mi piel te reconoce y reacciona. Traidora. Te cojo de la muñeca y te llevo a la habitación; casi te arrastro. Quizá sea esa la única forma que me queda de dominarte.

Caemos sobre la colcha. Me buscas con jadeos, me hablas al oído y te respondo con un gemido. Te colocas sobre mí y me abro invitándote a mi territorio.

El placer de recibirte me invade como una ola mansa. Disfruto, pero algo dentro de mí pide más. Mi mente escapa. Mientras tú imprimes esa cadencia que tanto te gusta, cierro los ojos y lo veo a él. Al hombre del sillón. Imagino sus manos firmes sujetándome las muñecas, su voz grave ordenándome: «No te muevas». Me pregunto si él se arrodillaría sin dudar. Si me miraría desde abajo con esos ojos oscuros para decirme: «Soy tuyo».

Y entonces, sin poder evitarlo, os imagino a los dos juntos: tú debajo de mí, vendado y entregado, y él detrás, guiando, marcando el ritmo. Los dos dentro de mí, los dos míos. El pensamiento me excita tanto que me contraigo a tu alrededor con una fuerza que te sorprende.

Gimes más alto y aceleras, satisfecho. «Joer, cielo», susurras. Crees que es por ti, y yo te dejo creerlo. Te beso con más ansia, te clavo las uñas en la espalda, me arqueo para recibirte más profundo. Me regalas un gemido largo mientras tiemblas entre mis brazos.

Y yo también vibro. Pero no es igual de intenso. Es a medias, es «aún quiero más», es «aún puedo más».

¿Quieres más, Korai?

Pero tú te derrumbas sobre mí, respirando agitado, feliz, ajeno. Me abrazas fuerte y murmuras «te quiero». Te acaricio el pelo y sonrío en la penumbra. Por dentro, el fuego arde más que nunca. El hombre del sillón sigue ahí, en mi cabeza, mirándome.

Esta noche he entendido que el refugio también puede ser una jaula.

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