17 minutos (VI) – Crónicas Moan (by Eme)

Nuestra protagonista, Ana, tiene encomendando llevar un plug de cola de zorro en la oficina.

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Narración: Karen Moan

17 minutos (VI)

No sé si alguna vez os habréis visto en una situación parecida. Quizá no de manera tan consciente, sin conversaciones previas, sin… podríamos decir, instrucciones del juego. Lo cierto es que en casi toda relación hay ciertas dinámicas de poder, en el mejor de los casos, son parte de un pacto que se modifica según van ocurriendo cosas, descubriéndose cada uno, ante el otro y ante sí mismo.

Yo nunca me consideré sumisa. En primer término, por desconocimiento, ni se me pasó por la imaginación que obedecer pudiera moverme las tripas como lo hace. Recuerdo aquel revuelo de 50 sombras de Grey que me dejó indiferente, además de por inverosímil porque estaba lejos de excitarme. Lo que yo entendí de un absurdamente «imperfecto» hombre introduciendo a una «ingenua» mujer en los abismos del BDSM distaba mucho, muchísimo, de lo que había ocurrido en mi vida en las últimas semanas.

De primeras, porque a pesar de la confusión inicial, cada momento de nuestra relación lo construíamos ambos. No podía ser de otra manera. No había un profesor y una alumna. A pesar de sus experiencias anteriores, fue algo que me hizo saber y comprendí enseguida.

Me contó que en nuestras conversaciones laborales previas, al hablar de modas, le constaté mi pasión por el look de los años 50; esas faldas ajustadas y sugerentes que acentuaban las curvas de aquellas fantásticas redondeadas señoras. Entonces fue cuando ideó aquella primera «orden» de dejar mis bragas fuera de mi vestuario. Me reí tanto de su interesada imaginación…Y a partir de ahí, cada una de las escenas que ocurrieron después aparecían cuidadosamente planeadas para cumplir, sobre todo, mis deseos. Deseos desconocidos que surgían de palabras mías sueltas al azar, que él convertía en juegos inesperados, en ocasiones, tremendamente humillantes.

Como lo era pasear por la oficina con una cola de zorrito en el culo, perfectamente insertada para que el pelo no sobresaliese, consciente de que mis movimientos tenían que ser controlados, lentos, para que esto no ocurriese. Consciente de que tenía que sentarme muy muy erguida, con el culo en pompa. Consciente de que era tan tan placentero como vergonzante. Fue un día extraño, me movía de formas tan pintorescas que sentía una atención extra sobre mí. Cosa que seguramente era cierta. Pude trabajar, había conseguido una mezcla perfecta de concentración mental y placer físico sin la cual habría perdido el empleo.

Dejé que pasaran las horas, sabiendo que tenía que volver a su despacho al final del día para el reporte. La colita se acopló a mí como si siempre hubiera sido mía, de vez en cuando me movía para sentirla con otra intensidad y, mientras cerraba unos segundos los ojos, me perdía en el bosque de mis desvergüenzas.

La oficina se fue vaciando y, cuando comenzaron a apagarse algunas luces, acudí a su llamada. Me esperaba tranquilo, como siempre.

–¿Y bien?

Cerré la puerta, con llave esta vez. Me acerqué al lado opuesto de la mesa, me di la vuelta y comencé a subir despacio mi falda hasta dejar al descubierto su creación.

No habló. Pasaron unos infinitos minutos mientras empezaba a inquietarme porque, aun siendo tarde, cualquier persona podía seguir por allí.

Se levantó y se colocó frente a mí.

–Eres increíblemente obediente, así no hay forma de castigarte –me dijo en un susurro, mientras su mano apretaba con fuerza mi culo, y con la misma habilidad que aquella mañana, me libraba de algo que ya había hecho mío.  Pensé en protestar, cuando su mirada seria hizo que cambiase de opinión. Comenzó a colocar la falda en su sitio y cuando me recompuso se separó de mí.

–Ya hemos terminado, Ana, muchas gracias por tu eficiente trabajo.

Y mientras me alejaba de su despacho, no sin antes dar un pequeño portazo, escuché una perfecta y limpia carcajada.

Mi furia de camino al baño se incrementó en los mismos niveles que mi excitación, que mi alegría, que mis ganas de que esto no acabara nunca… y que mi añoranza a esa colita de zorro.

Ya puedes leer la séptima parte aquí: 17 minutos (VII) – Crónicas Moan (by Eme)

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