De Demonios, Deseos y Dioses – Relato erótico

No te pierdas este espléndido relato de Valérie Tasso, donde se sumerge en las profundidades del gusto y la excitación.

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Relatos eróticos

De Demonios, Deseos y Dioses

Estoy confusa, pensé la primera vez cuando te vi flirtear con aquella morena de pelo corto. Era tu tipo. Siempre te habían puesto estas mujeres un poco masculinas y con el pelo años veinte.

Veía que ella se dejaba rozar por tus susurros, entregando su cuerpo entero a tu lenguaje probablemente obsceno. Hacía pequeños gestos de acercamiento sin perderme de vista. Provocando. Pero luego, volvía a poner cierta distancia entre tú y ella fumando con una indiferencia cuanto menos llamativa. Mientras, yo intentaba leerte los labios, en vano. Y eso me irritaba aún más. Pero debo confesar que la situación me excitaba, quizá más por la rabia y el odio de ser testigo de este juego erótico entre vosotros dos, del que me habías excluido por completo, que por puro y verdadero deseo.

Ella tenía veinte pocos y yo le doblaba la edad. Tú… Bueno, tú… Era lo de menos.

En el fondo, ella jugaba más conmigo que contigo, me daba cuenta. Con cierta ironía y algo de malicia cada vez que nuestras miradas se cruzaban. No negaré que tenía cierto virtuosismo y maestría en su coquetería, por muy joven que fuera. Cierto desbordamiento de sensualidad y una audacia tan refinada que era admirable. La frialdad que denotaba su rostro era igual a la mía. Y estuvimos un rato así, como dos gatitas que se observan. Luego, borró mi presencia por completo, evitándome.

Me parecía lo más provocador que podía hacer. Reía a carcajadas cuando le hablabas. Miraba de lado evitando cruzarme. Parecía inasequible, condición imprescindible como para adorarla. Ausente como para sentir una omnipresencia de la que solo pueden presumir los dioses. Y de repente, se acercó, lánguida, contra tu brazo, lanzándome a la vez, como por telepatía un «¿Ves? Él si me va a poseer a mí. No a ti». Se pavoneaba a decir verdad. Mi sangre hervía cada vez más en mi cabeza. Algunos mareos empezaron a aparecer y sentí la necesidad de retirarme a un lugar aislado y apoyarme contra una pared. La fiesta no se acababa y la música alimentaba sin tregua mi malestar. Tenía los nervios a flor de piel, como una goma que se estira y, en cualquier momento, salta de las manos. Ella era puro exceso. La juventud nunca busca la tranquilidad. Lo tenía claro. Entonces, ¿qué hacía yo mirando la escena y dejándome llevar por ella? No le tenía rencor. En el fondo, mi curiosidad morbosa empujada por los celos era la culpable. Se podía haber quedado aquí, pero mi imaginación, en tiempo normal un tanto perezosa, veía, de repente, un objetivo para cabalgarlo y generar un relato lleno de placer y de fiebre. Era doloroso, sí, pero tan excitante. La imaginación ahora era la amante. No aquella chiquilla de veintitantos. Y la emoción exaltó, de repente, todos y cada uno de mis sentidos. Cuanto más indagaba en ellos, más me gustaba imaginar algo de bajeza humana en ti. Solo eran simples hipótesis pero me excitaba contemplarlas y atribuirte estas complejas intenciones. Tú, al que admiraba siempre. Rebajarte al fango, retorciéndote con la muchacha del pelo corto, hacerte mortal cuando siempre te había visto superior a todos. Tú, convertido en cazador de jovencitas.

Mi mano pasó del frío al calor y empecé a acariciarme por encima de la ropa. Tú ya me habías perdido de vista pero yo… Yo había elegido el ángulo perfecto para montarme la película. Os tenía enfrente, en medio de la muchedumbre. En ella a veces veía un algo de ingenuidad. Y luego, esta soberbia en el rostro, ese cuerpo ágil y esbelto que se pegaba a ti. Todas estas contradicciones me sacaban del color de la rutina y de lo más mundano. Y cuanta más misteriosa se me hacía la escena, más deseo impaciente sentía. Fue ese mismo juego retorcido lo que acabó encendiéndome del todo. Mi mirada hacia vosotros parecía más intrigada y mi mano, inquieta y furiosa, pretendía acabar, a través de un placer extremo, este juego macabro. Mis dedos iban y venían y mis labios imploraban, en silencio, en una especie de rezo, el final de todo aquello. Adivinaba (o imaginaba) unas palabras tuyas precipitadas, tus ganas locas de huir con ella, prometerle lo que fuera y abandonarme. Y mientras, mis piernas recogían el chorro incesante de mi coño.

Nada podía penetrar el secreto de vuestra conversación y de tus intenciones. Nada debía de penetrarlo. Ni siquiera yo y mis ganas de conocer los propósitos que os estabais intercambiando. Pero presentía algo escondido. Y eso mismo desvelaba aún más mis ganas de gozar. Mi respiración empezó a escasear, mis pies se pusieron en tensión, me apretaban demasiado los zapatos al encoger los dedos de mis pies, mi cuerpo se convirtió en una estatua demasiado pesada como para moverla ni siquiera unos milímetros. Sentí un escalofrío y cierta sorpresa avergonzada que intenté disimular tras una media sonrisa. Pero me salió una especie de mueca aún más sorprendente para los invitados que paseaban por los lugares de la fiesta y que podían en cualquier momento vislumbrar una sombra sospechosa. La mía, masturbándose frenéticamente detrás de una pared fría. Hasta explotar. Me quemaba y participaba de vosotros. A expensas de vosotros.

Cuando la dejaste con otro que insistió en presentarse, y empezaste a buscarme por todas partes, corrí a tu encuentro.

Desde aquel día, esa curiosidad malsana y no satisfecha por lo que pasó realmente y lo que os dijisteis está dentro de mí como una antorcha ardiendo. Y cada día, devora mi sueño y mi vigilia.