Si no lo hiciste, te recomendamos leer la primera parte aquí: El desconocido (1)
Cuando Silvia se despierta, una sensación extraña le invade. Sale de su habitación y se cruza con el espejo del vestíbulo. De repente, un estremecimiento… No es por la figura que ve reflejada, aunque siempre se ha considerado atractiva; es el otro ojo, el que no pertenece a su cuerpo. El ojo que siente que está ahí, observando, invisible, pero latente, detrás de las cortinas, entre las sombras, en los rincones más discretos de su casa.
La casa tiene grandes ventanas, y la luz del atardecer tiñe todo de un tono dorado que, por alguna razón, la hace sentirse aún más vulnerable. El reloj de la sala marca las siete de la tarde cuando se ve obligada a dejar el confort de su sofá. Necesita ir a la cocina a prepararse algo de cenar. No es un capricho, es una urgencia. La inquietud de estar siendo observada la sigue persiguiendo.
No se atreve a mirarlo directamente, pero lo sabe. Está allí. Siente su presencia. Ha llegado a reconocerlo en los pequeños detalles: el leve crujido de la madera, la sensación de frío cuando se acerca a una ventana. Como si el aire a su alrededor tuviera una textura diferente cuando él está cerca. Nunca lo ha visto, no sabe quién es, ni cómo llegó a conocer los recovecos de su vida tan bien. Pero sabe que está ahí. Siempre.
El sonido de los perros del vecino, esos malditos perros que ladran sin cesar, es el único que la acompaña. Ella intenta ignorarlos, se concentra en el brillo dorado de la luz que cae sobre los azulejos de la cocina, pero una parte de su mente se mantiene alerta, escuchando cualquier mínimo ruido que la delate.
Comienza a preparar una ensalada, moviendo los ingredientes con más fuerza de la necesaria. Pero no puede evitarlo. Está nerviosa, y su cuerpo lo delata. El roce de su piel contra las superficies, el leve tirón de sus músculos al cortar los ingredientes, todo es intensamente consciente. Cada vez que se agacha para abrir un cajón o cuando levanta las manos hacia el estante más alto, se siente observada, tocada, como si las sombras se deslizasen por su cuello y su espalda.
Una ráfaga de aire frío la hace estremecerse. No puede ser el aire acondicionado; ella lo apagó antes de empezar a cocinar. Entonces, por un instante, se atreve a mirar a través de la ventana. El barrio está desierto, todo parece en calma. Pero algo en el reflejo del vidrio, algo que se mueve en la penumbra del salón, la hace titubear. No es su sombra. ¿Quién podría estar allí?
Un escalofrío la recorre. No lo piensa más. Sale de la cocina y camina hacia el salón. Su respiración se acelera, pero no se detiene. Lo sabe, lo siente. Está ahí, detrás de las cortinas. Y si él la ve, no es a través de la ventana, no. La ve a través de los pequeños detalles que ha ido dejando a propósito. A través de sus miradas furtivas, de los ligeros gestos, de su cuerpo desnudo a media luz mientras se quita la ropa después de una ducha. Se siente sucia, pero no es el tipo de suciedad que la avergüenza. Es algo que tiene que ver con el deseo, algo que la consume sin remedio.
El salón está a oscuras, y ella se mueve con la sensualidad de una loba. Se acerca al sofá y, sin pensarlo, se tumba. Deja que el aire acaricie su piel expuesta, como si supiera que alguien está viéndola. Los ojos del desconocido están fijos en ella, los siente, los huele, los percibe como una amenaza deliciosa.
De repente, el teléfono vibra en su bolsillo. Un mensaje. Su corazón late más rápido, y por un segundo siente la tentación de ignorarlo. Pero no puede. Abre el mensaje con manos temblorosas:
«Te he estado observando. ¿Qué harás ahora?».
No hay firma. Solo eso.
Algo dentro de ella se quiebra. No sabe si es miedo o excitación. Tal vez ambas cosas. Pero lo que sí sabe con certeza es que ha llegado el momento. Ya no puede seguir jugando a las sombras. La provocación se ha vuelto inevitable.
Sin pensarlo, se levanta y se acerca a la ventana. Abre un poco las cortinas, lo suficiente para mostrar sus piernas desnudas y la curva de su espalda. Se ve a través del cristal, pero no ve a nadie. Solo el reflejo de su cuerpo en la oscuridad.
El mensaje llega rápido, como una descarga eléctrica. Dos palabras. Dos.
«Estás preciosa».
El calor comienza a subírsele por el cuello, por el pecho. Algo dentro de ella se enciende. ¿Por qué no lo busca? ¿Por qué no lo invita de una vez? Pero el miedo persiste. No sabe quién es, ni qué pretende. Pero, ¿quién dijo que siempre tiene que haber lógica en el deseo? No hay lógica en la atracción. No la hay.
Entonces, sin pensarlo más, da un paso hacia atrás, recoge una manta que está sobre la silla, y se envuelve en ella. La agarra con fuerza, como si eso fuera lo único que la mantiene cuerda.
Y cuando se dispone a salir del salón, la luz de la lámpara de la entrada parpadea. Algo cambia. La presencia ya no es solo una sensación. Es real. Un suave golpeteo en la puerta. Muy suave. Apenas perceptible.
Se detiene. Su cuerpo se queda rígido, pero la excitación, esa que lleva horas quemándola por dentro, comienza a consumirla.
El desconocido está aquí. Ha llegado el momento. Y ella está lista.
Continuará…
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