mujer en baño elegante con camisa abierta tras una escena de relato erótico de sumisión y exploración anal

Las noches de Korai (IV): el intruso

Hay territorios del cuerpo que permanecen inexplorados hasta que algo —o alguien— los cuestiona. Este relato erótico explora ese umbral, el de la curiosidad: una historia de iniciación al placer anal donde lo sobrecogedor de la estimulación convive con el misterio de quien lo domina.

Si no lo hiciste, puedes leer el capítulo anterior aquí: El refugio.

El intruso

El agua arrastra los últimos restos de mí por el desagüe. Lo seco con cuidado, casi con ternura, y solo entonces veo el papel doblado en el fondo de la caja.

Lo he usado todo el día, lo he llevado conmigo todo el día, lo he sentido todo el día. Y no había leído la nota.

Me quedo un momento con él entre los dedos, todavía húmedos. El papel es grueso, bueno, de papelería cara, de escritor quizá o de artista. Lo despliego. La letra, color rojo oscuro y apretada, forma unas volutas lazadas adornando las palabras. Parece que cada una fluye como un reguero de sangre del corte de un cirujano, precisa en su extensión:

Ya lo has hecho. Bien.

Ahora ya sabes que puedes.

Siempre lo supiste.

Me estremezco. Un frío eléctrico recorre mi columna desde mi nuca al final de mi coxis y se expande hacia mis entrañas. Aún conservo el objeto en mi mano, pesado y, ahora, callado.

Callado.

Hace apenas unos minutos vibraba enloquecido mi interior y yo luchaba por contener las ganas de gritar de placer encerrada en mi despacho. La mesa queda enmarcada por la puerta del pequeño lavabo. La silla, girada hacia mí, parece pedir más, todavía más. Los zapatos están a sus pies, como soldados caídos en la batalla, medio tapados por una falda que ha sufrido el mismo destino. Me miro en el espejo. Aún respiro agitada. Se me ha corrido el rímel, tendré que retocarme el maquillaje. Mis ojos pasean por mi rostro, observan las venitas enrojecidas de las mejillas, se descuelgan por el cuello deslizándose al escote. Se cuelan fácilmente bajo la seda de la camisa; quedan aún demasiados botones desabrochados. Los dedos de mi mano abren camino y les acompañan a la cúspide de mis pechos, desnudos de encaje, erectos todavía —como siempre— y los pellizco. Gimo y me apoyo sobre la encimera, soltando al intruso que me ha invadido todo el día, que cae rodando por la loza. Me quedo mirándolo y la mano liberada se esconde entre mis piernas. No puede ser que aún quiera más.

Pero quiero.

La dejo explorar. Invadirme de nuevo. Pero ahora me falta algo. Esa vibración intensa que se irradiaba por mi interior hacia mis tripas y por mis glúteos hasta la base de la columna. Ese intruso insolente que se había ido acomodando a su antojo y me había ido dilatando a placer.

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—Eres un cabrón—, pienso. Porque no me creo que me haya gustado. Y porque me has dejado a las puertas.

Sí, sé que puedo. Joder que si lo sé. Ya no tengo dudas.

***

Cierro los ojos y el despacho vuelve. El olor a papel caliente de la impresora, la persiana a medias, el silencio espeso de las seis de la tarde. He echado el pestillo y me siento culpable por lo que voy a hacer. Culpable por desearlo tanto. El cuero de la silla se me pega a la piel. Tu último mensaje llegó hace casi diez minutos y estoy esperando el siguiente. Me has prohibido tocarme. Estoy abierta de piernas, desnuda de cintura para abajo. Agarrada a los reposabrazos como si me hubieras atado las muñecas. Mi sexo palpita, expuesto, llamándome a gritos ahogados.

Prepárate. 

Entonces vibra.

Primero una caricia suave, casi imperceptible, un ronroneo constante que nace en la punta curvada y se propaga hacia dentro, dilatando, presionando justo donde el músculo se ha rendido a él. Mi espalda se arquea. El juguete es ahora un segundo corazón latiendo dentro de mí, caliente, insistente. Cada pulso me recuerda que él está al mando, controlando el ritmo como si estuviera sentado frente a mí, observándome sin que yo pueda verlo.

Después, sin aviso, ruge. Fuerte. Profundo. La vibración me atraviesa como una ola que rompe contra mis costillas. Clavo las uñas en el cuero. Se me corta la respiración. Un gemido se me escapa antes de que pueda morderlo.

Y entonces llega su siguiente orden:

Ahora. Tócate. Como sabes. Sin contenerte esta vez.

Mis dedos bajan. Rozo el sexo hinchado y un relámpago me recorre. El intruso responde al instante, intensificando su ritmo, como si supiera exactamente lo que necesito. Ya no soy Coral. Quizá tampoco Korai. Soy solo carne vibrando alrededor de su motor. El placer sube en espiral, apretando cada músculo alrededor de él, dilatándome, poseyéndome desde dentro. Lucho por guardar silencio, pero el cuerpo ya no obedece.

Los dedos se mueven más rápidos. El juguete cambia de patrón: pulsos cortos y brutales que me hacen saltar en la silla, luego ondas largas y profundas que me llenan por completo, como si empujara desde dentro en todas direcciones. Siento cómo se calienta, cómo se adapta a mi interior, cómo el mango presiona contra la piel sensible entre mis glúteos. Cada contracción involuntaria lo abraza más fuerte, lo succiona, lo hace parte de mí. El sudor me resbala por la espalda. Los pezones duros rozan la seda de la camisa abierta. Pellizco uno y el placer se duplica, se triplica.

Quiero parar. Quiero que pare. Quiero que nunca pare.

—Eres un cabrón—, susurro entre dientes, pero la voz me sale rota, casi cariñosa.

El intruso ruge más fuerte. Mi mano ya no controla el ritmo; es él quien marca el compás. Dedos empapados, clítoris hinchado y sensible, cada roce es casi dolor. Las vibraciones se aceleran, se vuelven irregulares, como si él estuviera jugando conmigo, llevándome al borde y retirándose solo para volver más cruel. El orgasmo sube desde lo más profundo. Nace en el punto donde el intruso presiona sin piedad y se expande. Y estalla. Siento cómo se contrae todo mi interior alrededor de él, cómo lo aprieta, cómo lo reclama.

Cuando llega, es como si algo dentro de mí se rompiera y se recompusiera al mismo tiempo. Contracciones violentas, profundas, que me sacuden entera. Olas que me atraviesan el vientre, la columna, las piernas. Grito contra mi propio antebrazo, mordiendo la tela de la camisa para ahogar el sonido. Lágrimas calientes me resbalan por las mejillas. El clímax no ha terminado cuando vuelve a acelerarse: viene en oleadas sucesivas, cada una más larga que la anterior, mientras el intruso sigue vibrando sin compasión, prolongando el placer hasta la agonía.

Por fin cesa.

Me quedo derrumbada sobre el sillón, jadeando. El intruso sigue dentro, callado ahora. Y entonces lo siento: se apaga. Él lo ha apagado. Recibo un último mensaje. Una palabra: Suficiente.

Cuando recupero el aliento, me levanto y me dirijo al baño, abro el grifo. Aún lo llevo dentro. El agua fría me devuelve a Carmen. Y el tiempo se pliega otra vez.

***

—Toma un vaso de agua, Coral.

La reunión con Carmen en sala de juntas, sobre la mesa de cristal, los currículos de los candidatos. Me habla de las entrevistas, de su evaluación inicial, de los que considera más aptos. Yo asiento, profesional, pero bajo la mesa mis muslos están apretados. El intruso vibra de forma muy suave pero constante; me habla atravesando la carne. Sus ondas recorren mi cuerpo y yo las escucho. Cada vez que ella me mira a los ojos, siento como si la vibración subiera un grado. Es imposible. Lo sé. Y aún así me pongo nerviosa. Siento el calor subir por mi garganta, el sudor caer por el cuello.

—¿Estás bien, Coral? Tienes mala cara.

Sonrío aguantando un gemido.

— Solo cansada. Quizá un poco mareada.

Por dentro me deshago. El juguete pulsa, presiona, me recuerda que él decide.

Carmen se preocupa, se acerca, se agacha, me quita los zapatos.

—No te preocupes de verdad. Se me pasará.

Coloca mis pies sobre una silla. Sus manos recorren mis tobillos. Lo va a oír…

—Trabajas demasiado, Coral.

Me mira a los ojos. De repente se incorpora, recupera su aire serio. Vuelve a su silla.

—Creo que mejor seguimos mañana. No tenemos urgencia.

Yo sí tengo una. Quiero encerrarme en mi despacho. Necesito darle rienda suelta a esto.

Me miro los pies desnudos sobre la silla, levanto ligeramente la falda, acaricio el inicio del liguero.

Sonrío cuando sale Carmen. Y el tiempo se pliega de nuevo.

***

Tengo la falda enrollada por la cintura. El agua no corre en el lavabo. Me observo en el espejo.

El liguero negro destaca sobre mi piel, mi pubis desnudo enmarcado por las tiras.

La caja abierta sobre el lavabo, ya sin el juguete. Todavía huele a nuevo, a estreno.

«Justo eso es lo que hemos hecho, ¿verdad?», pienso y miro el movil; el mensaje aún parpadea: Llévalo, sin nada debajo.

Ha costado.

Mi cuerpo se resistía. El dolor era agudo, breve pero muy intenso. Como puntadas de una aguja al rojo vivo. He tenido que intentarlo varias veces. El músculo no cedía. Se negaba a dejarse vencer, a abrirse. Lo mojé con mi boca, con la humedad de mi sexo. No lo veía posible. Me acuclillé, encerrada en el lavabo. Mareada con ese aroma a limón que siempre lo impregna. Mis dedos abrieron el paso, suavizaron el camino. Y al final, entró. Lo hice muy despacio, centímetro a centímetro. Lo sentí pesado, frío al principio, luego calentándose, acomodándose, haciéndose sitio en mi cuerpo.  Un intruso en territorio virgen. Cuando el mango quedó ajustado contra mí, abrazado por el anillo de carne, le escribí:

—Ya.

Y un zumbido seco e intenso contestó desde atrás en décimas de segundo. Me dejó sin aire, aguijoneándome con placer agridulce. De inmediato, el móvil vibró en mi mano. Una sola línea: No te acostumbres a su silencio.

Y el resto del día ha transcurrido en una nebulosa, jodidamente centrado en las sensaciones que me ha provocado ese objeto alojado en mi interior, con sus vibraciones aleatorias.

Y ahora, de nuevo en el lavabo, el juguete limpio entre mis dedos: un plug negro, curvo, sólido. Letal. Lo acaricio entre los dedos y lo guardo junto a la nota dentro de la caja. Cierro la tapa con un clic suave que resuena en el baño.

Ahora ya sabes que puedes.

Sí. Lo sé.

Ahora ya sé que puedo.

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