Inmortalità – Relato gay

Deléitate con este maravilloso relato de época de Andrea Acosta.

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Relatos gay

Inmortalità

1 de noviembre de 1482, en la bella Florencia

—Michele… —suspiró Piero asegurando el tiento[1] a la vez que sostenía el pincel en alto, de modo que las finísimas cerdas no lamieran el lienzo—. Quieto, no muevas la cabeza —chistó. Parpadeando apenas, frunció el ceño pretendiendo centrarse en el pronunciado arco de la boca del joven. Si bien a la pieza le faltaban unas jornadas de trabajo, aunque la había empezado hacía más de un año e interrumpido, no acaba de estar satisfecho. Con Michele siempre saboreaba la acibarada sensación de ser incapaz de captar, de plasmar toda su andrógina belleza. Andrógina, ya que este poseía la estructura idealizada de la masculinidad grecolatina, definida, hermosa, y, en cambio, sus facciones no eran rudas, sino dulces, imberbes… No cabría explicar, pues, por qué este era el modelo más solicitado de la vibrante ciudad—.  ¡Michele!—resopló Piero, deteniéndose cuando él se levantó del pedestal en el que estaba sentado.

—Maestro, puede seguir inmortalizándome… —comenzó a decir Michele. Una liviana tela era lo único que lo vestía, desplegada sobre sus partes pudendas y cayéndole a un costado y, ahora, al suelo. Descalzo, caminó al encuentro de Piero, luciendo en la testa sembrada de rizos rubio rojizos una tiara que simbolizaba los rayos solares—… más tarde —añadió, volviendo la vista a la plancha de madera de álamo. Contuvo la respiración al verse reflejado incluso con más claridad que a través de un espejo, aunque emulando a Helios ataviado con un manto estrellado y translúcido y conduciendo un carro tirado por briosos corceles—. Piero di Vernazza, a fe os digo que habéis sido tocado por el mismísimo Dios —farfulló. Estiró el brazo opuesto al retrato y posó dedos y palma en el pectoral de este; el pulgar reposó en la frontera de su bombeante corazón.

—Necesito finalizar la tarea, y para ello… —carraspeó Piero, rehusando el contacto tanto físico como ocular. Se mordió el interior de un carrillo, reprimiendo la tentación de contemplarlo de otra manera que no fuera como a un cuerpo, un rostro al que retratar. A su favor, jugaba la barba que le poblaba la cuadrada quijada y le disimulaba parte de la tensión, negándose a perder negrura, a diferencia de ciertos mechones de pelo que transmutaban del negro carboncillo a un sutil tono plata. Y en su contra, oh, en su contra se hallaba la creciente erección que se desperezaba bajo los pantalones—… debes estarte quieto —asintió, retrocediendo y renegando del olor a bergamota que el chico desprendía—. No obstante,  si tu inquietud es promovida por el frío… —masculló, culpando a la ausencia de bajas temperaturas gracias a los rugientes fuegos de las tres chimeneas ubicadas en el taller.

—La inmortalidad puede esperar —repuso Michele, desencantándose al serle vetado el contacto. Paciente, cogió aire y, mirándolo, alargó una sonrisa. Piero era difícil, hosco y poco comunicativo; sin embargo, él sabía que la imagen que proyectaba y su comportamiento se trataban en realidad de una tapadera para salvaguardar la extraordinaria sensibilidad que Piero poseía y que se manifestaba en su trabajo. Se retiró la tiara, la dejó en la caótica mesa, junto al caballete, y le acarició los nudillos de la mano diestra, salpicados de motitas de pintura—. Y en cuanto al frío… —murmuró en un tono sazonado con un pellizco de ronquez, producto de la patente excitación que le engrosaba la verga y le afilaba los sonrosados pezones.

—Tal vez, ella sí —espetó Piero, aludiendo a la inmortalidad y empleando el tiento para señalizarle a Michele el lugar del que venía y al que debía regresar. El celestial muchacho no tenía frío, y él mucho menos, entre el calor que este le suscitaba y el chaquetón que le pesaba sobre los hombros, por encima de la camisa, rematado por un cuello de grueso pelaje. Cruzó la mirada con Michele a lo largo de unos segundos al sentir las puntas de sus dedos rozándolo, acariciándolo, provocándole un escalofrío que le hizo bailar la paleta. Entonces reparó en la refulgencia de su sonrisa, más cresa que el pan de oro. Una que, si pudiera, se bebería al capturarle la boca. Dolorido de contenido deseo, deglutió, encogiendo el vientre, y se encomendó a un dios que lo desoía—. Lorenzo, no —aseveró, arrojando el tiento a la mesa.

Renunció al pincel y a la paleta y agarró el vaso de vino a medio llenar. Empinó el brebaje púrpura notando cómo la dureza de su verga se sacudía cabalgando la revoltosa convexidad de sus testículos y llamando al cierre del pantalón, reclamando libertad.

A diferencia de Michele, Piero era de buena familia, de oficio asentado en una vetusta tradición de tintura de telas; un sello en la ajada mano predominante, la zurda, lo identificaba con el escudo familiar. Contaba con el mecenazgo y la protección de los Médici, y el taller en el que se encontraban en soledad le pertenecía. Michele, por el contrario, no era más que un huérfano de cuna que pasó de ser un torpe garzoni[2] a un sobresaliente modelo cuyo rostro infantil se plasmó en imágenes de putti[3], ángeles, arcángeles y pastorcillos en diversas representaciones de la Adoración… Cuando su infancia y adolescencia quedaron atrás, también lo hizo la inocencia, y desarrolló la picaresca, azuzada por la supervivencia, iniciándose en lo que denominaban «El juego trasero que los florentinos aman tanto». Mas en absoluto con un fin mayor del económico o placentero y, desde luego, no con uno romántico, o no, al menos, hasta que conoció Piero. Meses más tarde todo se vio truncado cuando este partió de la urbe tras la denuncia anónima depositada en el tamburo[4] que lo acusaba de sodomía ante los Ufficiali di Notte[5], imputación a la que no se demoró en unirse Savonarola[6] y en la que no aparecía Michele. Las relaciones homosexuales eran frecuentes, y más en los círculos artísticos, pero la oscura y amenazante sombra del fraile dominico lo había retorcido todo, incluido a ellos mismos…

Michele se cubrió la boca con el antebrazo en un mal gesto de acallar a la tos que le crepitaba en los irritados alvéolos. Semanas atrás, la denuncia había sido desestimada alegando falta de pruebas, y él, en su ingenuidad, creyó que Piero había regresado en su busca; no obstante, todo apuntaba a que estaba equivocado, el maese lo quería para finiquitar el encargo, nada más.

—Vuelvo a ser el modelo —afirmó; el dolor le centelleaba en lo azuleo de los iris, aguándoselo, desliéndoselo…—. A secas, como ese vaso de vino —cabeceó. Cualquiera esperaría que la erección le menguara y, de apostarlo, perdería. Se endureció, revenándose en el nacimiento y enrojeciéndose en la punta.

—Sí… —mintió Piero, chascando la lengua en el paladar. Fustigado por la conciencia, sucia de la blasfemia que acababa de proferir, lanzó el vaso contra el suelo; este se fragmentó en pedacitos embarrados—. No —admitió, enfrentándolo. De hecho, Michele jamás fue solo un modelo o su muso, era más, tanto que le resultaba lacerante. No había huido de la ciudad por voluntad propia; El Magnífico[7] lo había instado relegándolo a Roma a la espera de solventar el asunto con la comisión y limpiar su nombre. Y él, ¿qué había hecho? Mal existir, encallado en los recuerdos de su polla recogida en la estrecha ardentía del respingón culo de Michele, en el sabor terroso de su suculenta simiente corriéndole garganta abajo, calentándole el estómago, y del placer que le provocaba el morderle un hombro antes de procurar los últimos embates en su interior.

—¡Por supuesto que sí! —ratificó Michele, sosteniéndole la mirada de ojos perfilados por culpa de lo renegrido de las pestañas. Esos orbes veían más allá de piel, carne, músculo y hueso… Apretó las manos en puños que le picaban por el afán por tocarlo, por desasirlo de las ropas y descubrir la solidez del torso asperjado del enroscado vello que marchaba sinuoso por el vientre y convergía en su pubis—. Por lo menos, ten la piedad de no negarlo —largó, mordaz, soportando el aguijonazo del deseo que le anidaba en el ombligo dispuesto a irse a morar en la cavernosa angostura de su recto.

—Si insistes, no voy a seguir contrariándote —se jactó Piero de mala gana. Las manos que bien le valían para pintar se suponían inútiles a la hora de complacerse. Las veces en las que se había vaciado, exprimiéndose la polla, fantaseando con él, no lo habían calmado, solo le avivaron la necesidad, como si su cuerpo reconociera la carencia de Michele y rechazara el placer, el desahogo, por más imperioso que este fuese. Durante su ausencia, Lorenzo le había jurado hacerse cargo de la ventura del chico, lo básico sin ser escandaloso, dada la situación: un techo, cama, comida caliente, pero Michele lo había desdeñado y había mandado de vuelta al emisario del Magnifico, al que apodaban El Suizo. Por descontado, Lorenzo se ocupó de que Piero no supiera nada hasta que, desesperado, tres días antes, había retornado a la urbe. Buscó a Michele y lo halló en el taller de Bartolomeo d’Andrea, flaco, aquejado de tos y posando para una composición en fresco representando a San Juan Bautista, patrono de Florencia.

—A fin de cuentas, me sales un cuarenta y cinco por ciento más caro que de costumbre. —Eso era lo que le había costado que Michele aceptara su contraoferta. Con el corazón en un estado lamentable, convino que le habría salido mejor meterlo en una faltriquera y precipitarla en plena Piazza di Santa Croce y, a continuación, quedarse para ver cómo era pisoteada por las ajetreadas gentes. La rabia y los celos le repicaban en el cerebro con más fuerza que la campana tañendo en el campanile de Giotto y, aun así, quería a Michele consigo pese a no poder poseerlo fuera del lienzo.

—Considéralo un modesto incremento por exclusividad —comentó Michele, jocoso, inclinándose hacia este; olió los matices de los múltiples pigmentos utilizados para la elaboración de las pinturas unidos al aroma rudo y varonil que destilaba Piero, en una mezcolanza salífera y metálica que a él le prendía fuego a la enjundia de los huesos. Le llameaba, sabedor de la excitación que el maestro sentía pimentándole axilas, pecho y sexo—. Uno que te habrías ahorrado de no haberte marchado con el rabo entre las piernas en lugar de haberte quedado entre los cachetes de mi culo —dentelleó.

—¡Maldita sea! —condenó Piero, conteniéndose para no pillarlo por los hombros, exhortarlo a arrodillarse y callarlo llenándole la boca con su polla… Entrecerró los ojos y respiró hondo por las dilatadas aletas de su italianísima nariz. Michele tenía tanto poder sobre él que lograba que el vino le supiese amargo, como cenizas fundiéndose en la sinhueso.

—Y, a decir verdad, y a expensas del asunto de los florines… —apuntó Michele, asiéndolo del cinto que le sellaba el chaquetón. Claro, Piero no se movió ni lo más mínimo, no es que se tratara de una flama titilando por una ráfaga de viento, ridícula comparación en cuanto al tamaño de Michele con el del maestro—. Valoro más tu arte que tu verga —mintió a medias, lacónico. La culpa de aquella fisura entre ellos no era de Savonarola ni de la mala saña de quien hubiera dejado la denuncia en el tamburo. No, la culpa era suya y de las utópicas ilusiones que se había hecho. Con la polla latiéndole y bamboleando en el aire, le propinó en un hombro un ridículo manotazo.

—Cuando abres la boca y empiezas a escupir veneno, pierdes todo el encanto. —O lo ensalzaba. Piero enarboló las manos a los lados del rostro de Michele y terminó tocándolo, impidiendo, de paso, que le asestara un nuevo golpe. Los pulgares fueron a parar a las costuras de la boca de este, y las aristas del resto de dedos jugaron con los brillantes cabellos y la rojez de las mejillas. El contraste entre la nívea de la piel del chico con el rubor valdría de alegoría al escudo de armas de la ciudad.

—¡Bien! —bufó Michele, zafándose. ¿Acaso se creía que era un oso danzarín atado a una cuerda en plena Piazza della Signoria, cuyo cometido era ganarse unas monedas y que, en su defecto, con un par de caricias iba a amansarse?—. Volveré al pedestal con la boca cerrada y reservando la ponzoña detrás de los colmillos mientras vos, maese di Vernazza… —dijo en un tono sucinto. De la uretra le brotaron las suficientes perlas de presemen como para manufacturar un broche destinado a ir prendido en la giornea[8] de Piero—… reemprendéis la labor, regodeándoos en el invierno y repudiando mi primavera.

—¡¿No te das cuenta del dolor que puede provocarte mi amor?! —Piero derramó las palabras con más vehemencia que el vacío vaso de vino, y lo agarró por los antebrazos, entorpeciendo la huida de Michele. La tabla en el caballete ardería en las hogueras de las vanidades[9] si los protectores de la fe supieran que, a punta de plata y tras la imprimatura[10], él había escrito «mio caro»[11] en una silenciosa y, a la par, ruidosa declaración pública—.  ¡¿Tan ciego estás?! —exclamó, legando la zurda en el semblante del chico y circundándole la enjuta cadera con el brazo diestro. La cercanía impuesta entre sus cuerpos desdibujaba distancias y mentiras, delatando anhelos encallecidos y jironadas almas.

—Bendito dolor que me atraviesa el corazón como un puñal —arguyó Michele, viéndose en las brunas pupilas de Piero. Contando veintidós años, podía asegurar que había sobrevivido a la vida y, dado que de la muerte nadie escapaba, prefería un final rubricado por el filo amatorio al óbito lapidario de la soledad. Encaramando las palmas en los hombros de Piero, se aupó en los pies descalzos, ganando un poco de altura, y refregó la verga contra la de él, ahogándose bajo la ropa y no en las aguas del Arno.

Piero, contradiciendo a la razón con la acción, tomó la boca de Michele en un beso. Cerró los párpados, atrancándolos con fuerza y estrechando al joven contra sí. A sus treinta y cinco años[12] se sentía cautivado como si todavía fuera un chiquillo y, por unos breves minutos, precisaba enmudecer al bastardo del miedo que lo carcomía. Masculló algo en las orillas de los labios de Michele que ni él mismo comprendió. Se descolgó a su mentón, besando la delgada línea del cuello un tanto elevada a causa de la poco desarrollada nuez, y acompañó el descenso de su boca con las manos, acariciando los lampiños[13] y suaves pectorales. Flexionando las rótulas, tocó suelo e hizo diana con la sinhueso en el ombligo del muchacho. Coló la zurda por debajo de sí, aprehendiéndole la polla en la desgastada mano, y la sopesó.

Michele gimió, claudicando al beso, abandonándose al mecer de los labios y la húmeda calidez de la lengua. Cosquilleado por la profusa barba de Piero, promotor de que la necesidad le rechinara en los dientes, jadeó.

—¿No comulgas con el darle pan al hambriento? —Quizás no sonase a protesta, pero lo fue cuando él le dejó la boca desamparada. Colocó las manos en la mesa ocupada de cuencos, recipientes y botellines.

—¿Y tú? —interpeló Piero, comenzando a masturbarlo. Abrió los ojos para observarlo y percibió cómo a este se le erizaba la piel. Frenó la mano y lengüeteó el glande, pasando seguidamente la barba por todo lo largo y ancho de la erecta polla. Descortés, no aguardó a que Michele le respondiera y se atiborró la boca con su verga, reuniendo al glande con la campanilla. Lo suyo eran las noches, el mejor momento en el que trabajaba, y estaba haciendo eso, trabajar(se) a Michele.

—Señor…. —trastabilló Michele, pensando en el lecho ubicado en el piso superior. Seguro que la madera había olvidado el peso de ambos, el crujir de los listones y el susurro de las mantas al enroscarse en sus cuerpos sudorosos. Firmando una tregua con la tos que lo había acosado las últimas semanas, gimió y le flaquearon las piernas. Los pigmentos en polvo, la gallarita, la goma arábiga, los huevos de gallina y codorniz, el sulfato de hierro, la tiza roja y dispares aceites traquetearon en la mesa, amenazando con desperdigarse igual que él en la boca de Piero, si este proseguía mamándolo.

El maestro ahuecó en la diestra la pesadez del saco escrotal y lo magreó con delicadeza, socorriéndose con la zurda para ir metiendo y sacando la polla de Michele de entre sus labios. Se recreó, no en exceso, y, descorchando las fauces, le lamió la verga, recolectando las perlas de presemen con las cuales, y en honor a las anteriores, confeccionaría una gargantilla a conjunto con el broche. En pie, le robó un nuevo beso repleto de su propia sapiencia.

—Muéstrame la Puerta del Paraíso[14] —solicitó en un juego de palabras que solo conocían ellos; esa era otra historia.

Ya puedes leer la segunda parte aquí: Inmortalità (II) – Relato gay

[1] Varita que utilizada por los pintores, la cual se secunda en el borde del cuadro o sobre el lienzo y cuyo cometido es servir de apoyo durante la labor.

[2] (IT Toscana) Dícese de los jóvenes aprendices de un taller que también solían ejercer de modelos, cuyos rasgos se idealizaban.

[3] (IT) Plural de putto, niños pequeños casi siempre desnudos y con alitas a la espalda en representación del dios Cupido.

[4]  (IT) También conocidas en singular como bucchi della verità, eran buzones ubicados en la ciudad en los cuales los ciudadanos depositaban sus denuncias de forma anónima, relacionadas con prácticas homosexuales o de sodomía (estas últimas, por ejemplo, también llevadas a cabo por prostitutas). 

[5] (IT) Comisión florentina creada en 1432 con la función de buscar e investigar las acusaciones de prácticas homosexuales o sodomitas. La sodomía estaba considerada un delito extremadamente grave, con pena de muerte, pero muy difícil de probar. En la Florencia de esa época la homosexualidad era «tolerada»; se realizaron audiencias e impusieron penas, pero por lo general todo quedaba en sanciones económicas, si cabe unos días de encierro y poco más.

[6] Girolamo Savonarola fue un polémico fraile, famoso por sus salvajes opiniones y discursos contra los poderes establecidos, la corriente artística, la homosexualidad y todo aquello que no le pareciera casto y piadoso. Para información detallada, consultar algunas de los miles de fuentes disponibles en la red.

[7] Lorenzo di Piero de’ Medici, apodado Lorenzo el Magnífico, se dice que fue el miembro más ilustre de la dinastía Médici.  Político, poeta, mecenas y humanista, llevó a Florencia a uno de sus mayores periodos de esplendor.

[8]  Tipo de casaca cuyo uso en Italia está documentado desde el siglo XIV hasta mediados del siglo XV.

[9]  Licencia de la autora en cuanto a la más famosa Falò delle vanità, que tuvo lugar el 7 de febrero de 1497, cuando seguidores de Savonarola quemaron miles de objetos en Florencia, incluidas pinturas. Entre algunas de ellas, se encontraban originales de  Sandro Botticelli.

[10] O creta, capa blanca de preparación hecha generalmente de carbonato de calcio, blanco de zinc y cola de conejo.

[11] (IT) Querido mío.

[12] Según el historiador Richard Trexler, especialista del Renacimiento, de la Reforma de Italia y la Historia conductista, solo uno de cada cuatro hombres florentinos menores de treinta y cuatro años estaba casado.

[13] En la época era muy común entre los modelos emplear una fórmula a base de arsénico para eliminar el vello.

[14] En alusión a la puerta este del Baptisterio de Florencia, ubicada frente a la catedral de Santa María del Fiore. Obra del escultor y orfebre Lorenzo Ghiberti.