Edimburgo (Parte I): Staff only

Esta es la historia de una estudiante de Erasmus en Escocia, un escocés con faldas, una camarera recelosa y dos puertas muy parecidas.

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Edimburgo (Parte I): Staff only

Ya no llovía, pero las calles de Edimburgo estaban mojadas. Busqué el cartel con la mirada mientras andaba por la plaza de Grassmarket y, tras unos pasos, me paré frente al pub: The Last Drop. Recordé lo que había oído sobre aquel lugar: en ese mismo pub los condenados a la horca se tomaban el último vaso de whisky antes de ser ejecutados. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, pero en lugar de dar un paso atrás me alentó a abrir la puerta.

Olía fuerte, fue lo primero que sentí, y aquellos ojos verdes lo primero que vi.

—¿Cuántos años tienes?

Me llevó unos segundos adaptarme a la iluminación del local. Luego enfoqué a la mujer de media melena rubia que me miraba tras la barra, interrogante.

—Diecinueve.

—¿Serías tan amable de enseñarme tu identificación?

Hice una mueca al tiempo que rebuscaba en mi bolso. Aproveché para estudiar la forma en que el delantal negro ajustado se adaptaba a su cuerpo. Incluso lo llevaba anudado de un modo que resaltaba su cintura. Saqué la cartera y le enseñé el DNI, sin esconder una sonrisa socarrona que asomaba.

—Sé que no los aparento —añadí.

—Ya veo —Me apartó la mirada—. ¿Qué te pongo?

«Cachonda».

—Una cerveza.

«Solo una más».

Tomé asiento en uno de los taburetes de la barra. Observé al tipo que había a mi lado, y aproveché que le daba un sorbo a su whisky para hacer un escaneo más profundo. No pude evitar fijarme en su kilt y mi mente hizo una asociación rápida. Había visto aquel estampado antes, concretamente aquella mañana cuando visitaba el castillo de Edimburgo. Y enseguida lo reconocí: era el chico que había validado mi tique de acceso.

La barista dejó mi cerveza sobre la mesa y le di un trago antes de dirigirme al hombre.

—¿Eres tú? —pregunté señalando el posavasos, donde se podían ver las nalgas tonificadas de un hombre con la falda levantada. Un souvenir que había visto en más de una tienda y, no iba a mentir, me había hecho gracia. De donde yo venía los hombres no vestían faldas, pero debía reconocer que la imagen me resultaba estimulante.

El chico rio y se incorporó en su taburete.

—Podría serlo.

—¿Estas son las fotos que ponéis los escoceses en el currículum para conseguir trabajo?

—Nos has pillado —me siguió el juego, y se relamió los labios—. Lo hacemos sobre todo en las Tierras Altas.

—En las Tierras Altas, ¿eh? ¿Eres de allí?

Asintió orgulloso y me enseñó un pin que llevaba enganchado a la solapa de la americana con el nombre de su clan.

—Sinclair… fascinante. ¿Y en qué zona se encuentra tu clan?

—En Wick, Caithness. Cerca de las Islas Orcadas.

—Suena bien.

El escocés dijo algo que no fui capaz de entender e hice una mueca mientras reía.

—Tienes que hablar más despacio.

En lugar de repetir lo que acababa de decir deslizó su mano por mi muslo y lo acarició por encima del pantalón. Mis ojos se quedaron enganchados en aquel gesto y lo siguiente que sentí fueron sus dedos levantando ligeramente mi barbilla y luego sus labios.

Me llevó unos segundos reaccionar, devolverle el beso. Su boca sabía a whisky, y me gustó la calidez que desprendía. Cuando fui consciente de lo que estaba ocurriendo me aparté. Antes de poder verle a él sentí la mirada de la camarera de antes clavándose en mi cuerpo. Al volverme me encontré con su expresión desafiante.

—¿No quieres? —la voz ronca del chico me sacó de aquel estado de confusión.

—También tienes que ir más despacio con eso, amigo —aseguré, sonriendo.

Sin embargo, mi deseo me traicionó y regresé a sus labios antes de lo esperado. No sabía qué era lo que buscaba más, si el ardor que comenzaba a sentir por dentro o aquella mirada indiscreta otra vez. Notaba las bragas algo mojadas, al mismo tiempo que la lengua del escocés se abría paso de nuevo en mi boca, respetuosa pero atrevida.

No me hizo falta salir de aquel beso, ni siquiera abrir los ojos para sentirme observada otra vez por la camarera. Seguro que lo hacía con descaro, y en un impulso llevé las manos a la falda del chico. Había no sé qué en toda aquella situación que no me estaba permitiendo disfrutar del momento, ni siquiera me sentía a gusto pese al torrente de sensaciones que fluía en mi interior.

Mordí su labio inferior como pidiéndole una tregua y volví a sentarme en mi taburete. Al fondo del local, la mujer seguía mirándome, y ni siquiera dejó de hacerlo cuando la sorprendí. Sí, con descaro. Con descaro y también diversión. ¿Qué demonios quería?

La vi desaparecer por una puerta de madera que había al lado de los baños. En el rótulo se leía «Staff Only».

—Voy al aseo, enseguida vuelvo —le susurré al chico, esbocé una sonrisa forzada y desaparecí.

Dudé al llegar a las dos puertas, incluso sentí que me desafiaban. Con sus pomos idénticos, cualquiera diría que llevaban al mismo lugar. Cuando me fijé, descubrí que una de las dos estaba ligeramente entreabierta y pensé que alguien había decidido por mí. Me escabullí camuflada tras el chirrido de la puerta. Fuck Staff Only

Iluminada solamente por la rendija de una pequeña ventana, allí estaba. La camarera fumaba un cigarro apoyada en una mesa ancha de madera y debía de estar esperándome, porque no vi ni un atisbo de sorpresa en su rostro. Es más, se incorporó y anduvo por la habitación para cerrar la puerta.

—¿Qué quieres?

Ya puedes leer la segunda parte aquí: Edimburgo (Parte II): Staff only – Relato lésbico

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Sobre Thais Duthie

Escritora hecha a sí misma, amante de la noche y los lugares desconocidos, ha hecho de su versátil pluma una herramienta para conquistar nuestros corazones.

Un comentario

  1. Excelente forma de llevarme al éxtasis de la lectura. Recuerdo el libro Tu piel entre mis letras” y en particular el cuento de Arielle “Editame”
    Gracias.

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