Emma I – Relato lésbico

–¿Te acuerdas de tu primer día en las galerías? Tuve que explicarte lo que era el Jacquard –Tomó unas sandalias del estante y las colocó en el de debajo.

La luz que entraba por el ventanal del fondo parecía perseguir a Emma, como si el resto de los elementos de la sala no merecieran tanta atención. Como si no brillara por sí misma. Su pelo negro, cortado con el Bob más perfecto, se movía con gracia cada vez que se volvía hacia mí con una sonrisa.

–¿Qué te tengo dicho sobre mover los zapatos? –Me acerqué a ella para volver a poner las sandalias en su sitio.

–Que te encanta mi reorganización, pero la escaparatista de las galerías no te deja cambiar nada porque para ese es su trabajo. Lo siento, deformación profesional –explicó y, a continuación, se sentó en el sofá, resignada. –Pero dime una cosa, ¿eres tan estricta con todas tus clientas?

–No, solo cuando tengo confianza –Reí y la observé desde el rincón donde solía permanecer cuando había gente en la sección. –Y claro que me acuerdo, pensé que iban a despedirme antes de que terminara mi periodo de prueba.

Emma me miró de aquel modo tan particular que todavía no había descifrado. Era una mezcla entre admiración, cariño, orgullo…  Y algo pareció rompérseme por dentro. La barrera que solía alzar cuando ella estaba delante acababa de hacerse añicos, se había derrumbado en segundos pese a lo que me había costado construirla. Dejé de contenerme y le devolví la mirada con el interrogante de siempre: «¿Por qué no podemos?». Mil veces me había formulado aquella pregunta, pero no me había atrevido a decirla en voz alta.

Me fijé en la falda evasé que llevaba, el estampado de pata de gallo en tonos marrones le sentaba de maravilla. En la parte superior, tenía una camisa con un pequeño lazo cerca del cuello, y chasqueé la lengua al darme cuenta de que, con aquel conjunto, sus curvas no eran tan evidentes como otras veces. Terminé con los ojos clavados en sus piernas desnudas y sus pies vestidos con unas de esas deportivas elegantes con plataforma que se habían puesto tanto de moda.

–Estoy aquí –dijo, obligándome a regresar a su rostro. –Algunas miran escotes y otras miran pies, ¿vendes zapatos porque tienes un fetiche?

Sus labios, pintados de rojo, se curvaron en una sonrisa que deseé besar y ocultar solo de un modo: con mi sexo en su boca. Sentí cómo mi pulso se aceleraba, y no solo eso: la expresión de Emma cambió como si pudiera leerme la mente. Tal vez tuviera que ver el hecho de que había ignorado su pregunta mientras la miraba de aquel modo.

–¿Qué piensas, Adela?

–Ya sabes lo que pienso –susurré, tratando de que mi voz no se agrietara al igual que mis esperanzas por pasar una noche con ella.

Aproveché para coger el plumero, que descansaba en una esquina desde que Emma había entrado por la puerta, y empecé a quitar el polvo del foco que alumbraba la joya de la corona de la temporada, unos mules de tacón. Presté tanta atención para retirar el polvo de la superficie que di un respingo cuando los brazos de Emma me rodearon por la espalda. Miré a un lado y a otro para asegurarme de que no había nadie que pudiera vernos, luego me relajé en el abrazo. Cerré los ojos e inhalé su perfume amaderado. Lo reconocería prácticamente en cualquier sitio.

–No es que no te desee… –Su aliento en mi cuello hizo que la piel de todo mi cuerpo se erizara y me recorriera algo muy cálido. –En realidad, te deseo mucho. Me gustaría llevarte a mi casa y quitarte el uniforme. Antes de que llegáramos a la cama ya me habría ocupado de que estuvieras muy mojada.

Contuve un gemido que se volvió un gruñido cuando una de sus piernas se coló entre las mías. Estaba lejos de presionar mi clítoris con su muslo, aunque fuera por encima de la tela, pero, aun así, el amago de contacto resultó demasiado estimulante en otros planos más allá del físico. Apartó la coleta que siempre llevaba en el trabajo y delineó mi mentón desde la barbilla hasta el punto donde comenzaba mi lóbulo, arrancándome un suspiro que por poco podría habernos expuesto.

–¿Entonces por qué no me llevas a tu casa?

Oí cómo resoplaba, frustrada, y se apartó un poco antes de hablar:

–Porque no podemos, bonita.

La misma sensación que había cargado el ambiente cuando se había acercado permanecía allí. A pesar del rechazo, no lo sentía como tal. Se quedó cerca, lo suficiente como para que nadie sospechara si llegaba a la sección, pero no tan lejos como para que dejara de sentirla del todo.

–¿Y esos zapatos? Me encantan –Señaló la vitrina con el índice suspendido en el aire.

–Son de Santori, estos mules taupe de ante con flecos que están arrasando. Punta redonda ideal para pies grandes, estilo slip-on y ocho centímetros y medio de tacón –le expliqué, sonriendo por su interés. –El interior también es de piel.

–¿Puedo probármelos?

–Claro –Tomé ambos zapatos de la vitrina y me di la vuelta para tendérselos. –Tienes mucha suerte de que tu número sea siempre el que está expuesto.

–Alguna ventaja debe de haber por tener el número de pie de la media, ¿no crees?

La observé mientras volvía a su sitio en el sofá, se deshacía de las deportivas y se calzaba los mules. Eran casi del mismo color de su piel. Rodeaban sus pies con una firmeza y elegancia que me sobrecogió. Debía llevárselos. Sus dedos acariciaron los flecos de la parte frontal, las costuras que unían las distintas piezas, luego la piel que cubría el tacón ancho. Sus yemas se movían sobre el zapato de la misma forma en que deseaba que tocara mi piel.

–Emma…

(Continuará…).

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