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Oleadas de placer: el vibrador que se convirtió en mi compañera de trabajo

Observar a Thais Duthie con un vibrador en la bañera es la fantasía sexual de muchas personas. Hoy nos cuenta la suya con una compañera de trabajo.

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Me desabroché el último botón de la camisa y contuve el aliento mientras la prenda se deslizaba por mi cuerpo desnudo. Mi reflejo me sonrió desde el espejo, alentándome a pasear por mi anatomía con la mirada. De fondo, el sonido del grifo abierto, cuando llevé las manos sobre mis costados. Los recorrieron en sentido ascendente y sentí cómo mi piel se erizaba. De hecho, pude ver en el espejo cómo mis pezones también se habían endurecido y los toqué, estremeciéndome por el contacto. Dejé que las yemas de mis dedos viajaran a su antojo, hasta que el cristal frente a mí se empañó casi del todo y solo fui capaz de ver mi propia silueta.

Fue como despertar de un letargo, y entonces cerré el grifo rápidamente. La bañera se había llenado más de lo que pretendía, aunque no importaba. Vertí unas gotas de aceite de coco y poco después entré en el agua, dejando que mi piel se acostumbrara a la temperatura caliente. Una vez estuve sumergida hasta los hombros, alargué la mano en dirección al taburete que había puesto al lado de la bañera y tomé la copa de vino blanco. Suspiré antes de darle un sorbo, que descendió ardiente por mi garganta.

Me propuse dejar todos mis pensamientos fuera de la bañera para así concentrarme en disfrutar de aquel momento de relax. Dejé mis manos descansando sobre mis muslos. Me sorprendió la suavidad de mi piel y los acaricié subiendo poco a poco, tratando de descubrir si el resto de mi cuerpo tenía también aquel tacto aterciopelado. ¿Sería por el aceite? ¿La nueva crema hidratante que me ponía antes de dormir? Fuera lo que fuese, volví a estremecerme al sentir mis dedos descubriéndome otra vez.

Tras unos minutos, en los que me dediqué a explorarme por completo, bebí un poco más de vino y gemí bajito cuando mis manos encontraron mi sexo. Pese al agua, reconocí perfectamente esa humedad tan mía y sonreí contra la copa para dejarla de nuevo en su sitio. Hacía unas semanas que nadie tocaba justo ahí, ni siquiera yo, y no por falta de ganas sino de tiempo. Sin embargo, pensaba ponerle solución lo antes posible.

La otra mano se unió a su compañera y acarició mi clítoris con lentitud. En mi mente se libraba una batalla épica: no era capaz de decidirme entre las ganas de liberación y el deseo de alargar el placer tanto como resultara posible. Mis dedos índice y corazón rodearon mi centro y luego se juntaron para estimularme con movimientos circulares. Mis ojos ya estaban cerrados desde hacía un buen rato, y mi cuerpo iba resbalándose en la bañera, el agua casi rozaba mi pelo recogido en un moño alto…

No fue mucho después cuando sentí que necesitaba más. Me moría por sentirme dentro y, antes de intentarlo, supe que mis dedos no serían suficiente esta vez. Por eso alargué la mano otra vez y tomé el juguete que había dejado al lado de la copa, a sabiendas de que podría necesitarlo. Lo primero que hice fue lamer la parte más gruesa que pronto estaría dentro de mí, y no con la intención de lubricarla ni mucho menos, sino porque el hecho de tratar de reproducir aquella imagen en mi mente me excitaba todavía más. Me estaba muriendo por dentro por la suma del morbo, la excitación y las ganas de que me recorriera un orgasmo increíble. Introduje la parte más pequeña del juguete en mi boca, aquella que se encargaría de estimular mi clítoris con las vibraciones más potentes. Y, aunque había usado aquel juguete en numerosas ocasiones, no podía esperar a saber cómo sería bajo el agua.

Así que, sin pensarlo dos veces, sumergí el vibrador y lo acerqué a mi entrada. Contuve el aliento a medida que lo sentía abriéndose camino en mi interior y gemí cuando estuvo dentro del todo. Moví las caderas varias veces para acomodarlo mejor, metiéndolo y sacándolo como si de un dildo se tratara. Pero las ganas le ganaban a la idea de alargar aquella fase de excitación que no paraba de crecer, de manera que busqué el botón de encendido. Las primeras vibraciones me produjeron un cosquilleo y jadeé al notar el movimiento. Aquella parte que tenía dentro de mí no vibraba ni rotaba, sino que reproducía un patrón sinuoso que parecía querer adentrarse cada vez más profundo. Subí la intensidad porque ya no estaba para jueguecitos, y eché la cabeza para atrás acostumbrándome a ella.

Los movimientos del juguete, más humanos que artificiales, me incitaron a fantasear con mi compañera de trabajo. En unos pocos segundos no era el juguete, sino que sus dedos expertos se curvaban en mi interior en busca de aquel punto que me haría gemir más alto. No era el vibrador adonde se aferraban mis manos, sino su cabeza, que trataba de atraer a mi sexo cada vez más, como si no estuviera lo suficientemente cerca. Ya no era el extremo más corto del rabbit que vibraba contra mi clítoris, sino su lengua estimulándolo y sus gemidos reverberando contra mi intimidad. Ya no era el agua lo que me rodeaba, sino las sábanas suaves y arrugadas de su cama.

Estaba en aquel punto donde ya no puedes frenar, ni aunque lo intentes, y me dejé llevar. Pensé una vez más en su pelo negro rizado, los pechos que se intuían con aquellos escotes de pico y la forma en que me parecía sentirla entre mis piernas. Entonces, algo explotó en mi interior con muchísima fuerza y se propagó por todo mi cuerpo. Tuve que apartar rápidamente el vibrador por la sensibilidad en mi clítoris y dejé que vibrara bajo el agua.

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Minutos después, cuando fui capaz de abrir los ojos, mis piernas todavía temblaban y el agua se removía en oleadas de placer.

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Sobre Thais Duthie

Escritora hecha a sí misma, amante de la noche y los lugares desconocidos, ha hecho de su versátil pluma una herramienta para conquistar nuestros corazones.

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