mujer representando el squirting y la eyaculación femenina en un relato erótico

Historias reales en mi mail: El día del Squirting

Última actualización:

Lucía es suscriptora de Volonté y, aunque inicialmente le pidió a su marido que escribiera su historia, finalmente decidió ser ella quien pusiera voz a sus propios orgasmos.

Si también quieres escucharlo, dale al play y déjate llevar por este relato con audio.

El día del Squirting

Me llamo Lucía. Mientras leo lo que Juan empezó a escribir, me doy cuenta de lo distinto que es hablar de sexo cuando se trata de las emociones de una mujer. Así que he decidido tomar yo las riendas de este relato, con Juan a mi lado, para que este viaje erótico tenga la voz de quien vivió aquellas sensaciones en su propio cuerpo.

Llevamos casados nueve meses y él es, sin duda, el hombre de mi vida. Nunca ha hecho falta buscarnos sexualmente porque siempre nos hemos encontrado. Siempre hemos jugado. De hecho, aún recuerdo el primer día que le hice un striptease. Se corrió en el momento en que me puse a horcajadas sobre su pene, inundándome con un manantial de leche…

Hemos compartido la cama, todos los asientos y el capó de su coche, las alcobas de nuestros padres cuando éramos novios y más de un baño de discoteca. Nos hemos revolcado por las arenas de dos playas nudistas, nos hemos masturbado en autobuses, viendo películas pornográficas y, a día de hoy, tenemos cinco vibradores y un montón de lencería y disfraces que usamos regularmente. Sin embargo, yo jamás había experimentado la eyaculación femenina hasta hace dos meses.

Recordamos el día como el momento en que nos casamos. Creo que ha sido como si hubiéramos elevado el grado de complicidad en nuestro matrimonio; hemos pasado del día de la boda al Día del Squirting.

Desde hacía tiempo, sentía una curiosidad que me quemaba por dentro. Veía esos vídeos y leía testimonios sobre la liberación que suponía el squirting, y me moría de ganas de saber si mi cuerpo era capaz de estallar de esa manera. Deseaba alcanzar ese punto de no retorno donde el placer sobrepasa lo físico y se convierte en una fuente incontrolable. Me obsesionaba la idea de perder el control absoluto, de inundar la cama y a Juan con mis propios líquidos, rompiendo cualquier barrera que todavía quedara entre nosotros.

Lo intenté a solas muchas veces, buscando ese punto exacto, arqueando la espalda hasta que me dolía y apretando los dientes mientras mis juguetes vibraban al máximo. A veces sentía una presión inmensa, una urgencia similar a las ganas de orinar que me asustaba y me hacía detenerme justo antes del clímax. Me frustraba pensar que mi mente estaba bloqueando lo que mi cuerpo quería soltar, así que supe que necesitaba la ayuda de Juan, su paciencia y sus manos, para cruzar esa línea de una vez por todas.

Al poco de empezar a vivir juntos nos aficionamos a ver películas de la reina del porno en esta disciplina, Cytherea. Aquellos manantiales eran extremadamente exagerados. No parecía que hubiera truco alguno, salvo la propia técnica y la experiencia para provocarlos. Sin embargo, la cantidad de líquido nos resultaba –y nos sigue resultando– de algún modo ficticia.

Investigamos por Internet durante un mes y probamos todas las posturas habidas y por haber. En algunos sitios aseguraban que la mejor forma era penetrar estilo perrito, mientras se masajea el clítoris con más presión de la normal. Durante una semana entera, cada vez que Juan entraba en el dormitorio, yo vestía un liguero y a cuatro patitas sobre la cama, le mostraba mi vulva empapada en lubricante. Me acariciaba, me abría y le urgía a que me penetrara una y otra vez.

Vibrador LELO ENIGMA Double Sonic con estimulación dual de clítoris y Punto G para lograr squirting

Él tenía que hacer grandes esfuerzos para no eyacular de manera fulminante. Así que comenzó a usar juguetes cuando notaba que se iba a correr. Por lo que habíamos leído, la presión dentro de la vagina era importante. Y, como primerizos en estas sensaciones, pensamos que debíamos usar el vibrador más grande –como si de un pene se tratara–.

Cuando aplicábamos lubricante de forma tan seguida, yo perdía parte de la concentración y el ritmo natural de la excitación. Y como no podía ser de otro modo, fui yo la que sugirió cambiar de método.

Él siguió mis instrucciones al pie de la letra: lamía mi sexo, me introducía un dedo… después dos y los balanceaba dentro de mi vagina, estimulando mi Punto G. Su lengua tenía que presionar mi clítoris con más intensidad, hasta que yo notaba cómo mi vagina se contraía. Era el momento clave para poner más lubricante y usar el conejito vibrador. Le agarré la mano, dirigiendo la intensidad y profundidad que debía aplicar. Comencé a gemir escandalosamente, mientras reclinaba ligeramente mi espalda para ver cómo controlaba mi excitación. Presionando sus dedos, empujé el vibrador hacia mí. Por un momento, él pensó que me estaba haciendo daño. Pero, por suerte, se trataba de los segundos previos a mi primer manantial de gozo.

Mojé su brazo y las sábanas. Mis mejillas se colorearon y mi respiración intentaba salir del sofoco tras la fuerte contracción y humedad que notaba en mi vagina.

Lo mejor de todo es que en solo un mes ya soy capaz de controlar las sensaciones que me conducen al squirting.

Ahora, os aseguro que nuestro matrimonio también cuenta con un anillo virtual… de sensaciones líquidas inmensas.

Explora más relatos eróticos.

También puedes descubrir cómo estimular el Punto U para lograr el squirting.

Como agradecimiento por leernos, disfruta un 15% de descuento en juguetes eróticos para el Punto G (copia y pega el código VOLONTE15 en la cesta):

AHORRA hasta un 50% + REGALO

X