Leía en una obra de una persona muy cercana la referencia a una conversación entre una amiga de Voltaire, Madame du Deffand, y un tercero en común. Esta le explicaba al amigo en común la conversación que, a su vez, había mantenido con el cardenal de Polignac, quien le insistía hasta el hastío en lo asombroso que fue que, en su momento, San Dionisio anduviera cuatro leguas con su cabeza bajo el brazo tras haber sido decapitado. Tan pelmazo se puso el reverendo que, a la enésima vez que le refirió la historia y le hacía alarde de lo recorrido, Madame du Deffand no pudo más que replicarle: «¡Ah, monseñor, en estos casos, lo verdaderamente difícil son siempre los primeros pasos…!».
¿Quién fue Bertha Ringer?
Bertha Ringer nació un 3 de mayo de 1849 en una localidad del por entonces Gran Ducado de Baden, y moriría 95 años después en Ladenburg (Alemania). De familia adinerada, ya con dieciocho años realizó por su cuenta y riesgo importantes inversiones en el sector de la metalurgia, y con apenas 23 años recién cumplidos, se casó con un importante ingeniero e inventor alemán de nombre Carl Benz (ya damos alguna pista a los aficionados al motor). Con el apoyo financiero e intelectual de Bertha (ya de apellido Benz), desarrollaron en algo más de una década, hacia 1885, el primer vehículo autónomo no tirado por caballos. Lo que en la industria se considera el primer automóvil, máquina que entonces no se llamaba así, y el consiguiente primer motor de combustión de la historia, que patentó Carl Benz un año después (Bertha, al estar casada, no podía optar a obtener la patente ni siquiera como cotitular pese a que ella había revisado cada plano y probaba ella misma cada innovación). El Benz Patent-Motorwagen había nacido —el primer coche y el germen de lo que sería la firma automovilística Mercedes-Benz—, del mismo modo que entre 1873 y 1880, durante los años en que ambos desarrollaron el vehículo, nacieron cuatro de los cinco hijos del matrimonio. Es decir, que Bertha no solo tuvo tiempo de parir uno de los mayores inventos de la modernidad, sino que, además, lo hizo pariendo cuatro hijos. Pero el invento no dejó satisfecho a Carl, que pronto se dio cuenta de que nadie se interesaba por el artilugio al ser visto como una especie de máquina recreativa inútil que apenas podía andar unos metros y que, en ningún caso, podía suplir las necesidades de desplazamiento que ofrecía un carruaje comme il faut. La cosa pintaba bastos, y no solo rentabilizar sino simplemente intentar recuperar algo de la inversión parecía una entelequia. Carl se plantea renunciar a comercializar el invento y ahí vuelve a entrar Bertha.
El viaje de Bertha
La madrugada del 5 de agosto de 1888, Bertha se sube al artefacto. Lleva consigo a dos de sus hijos, Eugen y Richard, de 13 y 15 años respectivamente. No avisa a su marido ni a las autoridades competentes y se larga a chuparse la distancia entre las poblaciones de Mannheim y Pforzheim. En total unos 106 kilómetros o 66 millas (no sé cuánto al cambio en las leguas de San Dionisio por la Rue des Martyrs). El periplo fue digno de Ulises y captó la atención del país entero que nunca había visto un triciclo igual moverse entre caminos de carros y adoquines mal sujetos por medio del horror y el asombro de viandantes y caballerizas. Unas doce horas de trayecto en las que tuvo que repostar, cuando todavía no se habían inventado las gasolineras (ni las carreteras, ni las señales de circulación… ni los accidentes de tráfico), deteniéndose para ello en las farmacias que encontraba en las poblaciones para comprar ligroína (un disolvente de laboratorio con alto volumen de nafta), que vertía directamente en el carburador, pues el aparato carecía de depósito de combustible. También tenía que detenerse en cada fuente para repostar agua para enfriar el motor de combustión y bajar a sus hijos para que empujasen cuando se topaban con una cuesta. Entre las estaciones de penitencia también tuvo, que se sepa, una rotura de una cadena, que tuvo que reparar con la ayuda de un herrero al que le explicó el mecanismo y el recurso para aguantar la tracción con una de sus ligas; o utilizar un alfiler del sombrero para destaponar uno de los tubos que llevaban el líquido inflamable al carburador; y contar con un zapatero para reforzar con cuero las zapatas de madera de los frenos de disco… que ella misma había inventado. Cuando, a su llegada a Pforzheim (que coincidiría en la historia del santo con la Catedral de Saint-Denis: allí donde suelta la testa), al anochecer y tras enviarle un telegrama a su marido, Bertha se había convertido en la primera persona en el mundo que realizó una larga distancia en coche. No solo había inventado el automóvil, sino que, además, le había dotado de sentido al usarlo. A Carl ya solo le quedaba frotarse las manos con la cantidad de pedidos de máquinas y usos de su patente que pudieran llegar.
Los clichés y la historia
No hace tampoco mucho me contaban un chiste. «¿Sabes qué es lo primero que hace una mujer tras aparcar? Darse un paseo hasta la acera». Y es que los clichés saben poco de historia. De la historia de San Dionisio o de la de Bertha, por ejemplo. De la historia de los primeros pasos.
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