El imperio de los sentidos: erotismo en estado puro – Películas eróticas

Mi deseo de ti es tan voraz que ni tú puedes saciarlo.

AVIDEZ, Brenda B. Lennox.

El imperio de los sentidos es una de las películas más eróticas de la historia del séptimo arte. Guionizada y dirigida por Nagisa Oshima en 1976, Ai no korîda (Corrida de amor) o L’Empire des sens (El imperio de los sentidos) narra con realismo, sinceridad y belleza una historia real que sacudió a la sociedad nipona en 1936.

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Películas eróticas

El imperio de los sentidos, Nagisa Oshima, 1976.

El imperio de los sentidos

Consciente de que las estrictas leyes de censura en Japón no habrían permitido la finalización de la producción, Oshima la registró oficialmente como francesa y terminó la edición del material filmado en Francia. No estaba equivocado. En su estreno en Japón (y en todas las ediciones posteriores), las escenas sexuales se han mutilado.

La curiosa moralidad  de un país que, por un lado, es uno de los primeros productores de pornografía del mundo (incluyendo el Hentai en el que se muestra pedofilia, zoofilia, incesto y sexo entre menores) y, por otro, cuenta con la población que menos sexo real practica de toda la tierra…

¿Erotismo o pornografía?

La censura también se aplicó en otros países en los que se eliminaron distintas partes de la película o, directamente, se prohibió en su totalidad por considerarla pornográfica. ¿Lo es? Los actores principales, Tatsuya Fuji y Eiko Matsuda, practicaron sexo real que incluye felación con eyaculación en la boca, cunnilingus,  penetración vaginal y anal, prácticas de BDSM como asfixia erótica, bondage, azotes… pero no creo que lo sea.

Según la RAE, la Pornografía es la «presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación»,  y el Erotismo: «Amor o placer sexuales. Carácter de lo que excita el amor sexual. Exaltación del amor físico en el arte». El imperio de los sentidos no busca excitar, aunque lo logre, sino exaltar el amor físico y espiritual de dos personas que se amaron con total entrega: Sada y Kichizo, una ex prostituta que trabaja como sirviente en un hotel y el propietario de este, casado con el ama.

A Oshima le recriminaron la gratuidad de las escenas sexuales pero, como él mismo declaró, cada escena tiene su sentido: explicar por qué dos amantes llegaron a un final tan destructivo.

Eros

Cuando Sada empieza a trabajar en el hotel como sirvienta, su erotismo está dormido. Ha sido prostituta, es cierto, pero follar por dinero no tiene nada que ver con follar por amor, algo que descubre con Kichizo, que despierta sus sentidos. Se enamoran con la virulencia de todos los enamorados, porque el amor es una droga que genera las mismas necesidades  físicas y emocionales que esta: anhelo, euforia, obsesión, dependencia…  Y cuanto más se consume, más necesidad de consumirla en mayor cantidad.

Sada siente una voracidad que ni siquiera Kichizo puede saciar, una obsesión enfermiza por su pene que me recuerda a la protagonista del relato Los celos de Quim Monzó que no puede parar de acariciar su polla, que no puede parar de susurrar «Me gusta mucho» como un mantra. A Sada le gusta tanto la de Kichizo que necesita tenerla constantemente en su boca o en su sexo; tanto que desea cortarla para mantenerla en su interior por siempre. Lo confiesa varias veces, amenaza con hacerlo cuando los celos la carcomen;  pero, al igual que en el relato de Monzó, sabe que es parte de Kichizo y él moriría. Por eso no lo hace. Solo por eso. De momento.

Thánatos

Erotismo y muerte, Eros y Thánatos. Eros, el dios de la mitología griega responsable del amor, la atracción sexual y el sexo, y Thánatos, la personificación de la muerte sin violencia. Según Freud, Eros es el instinto de vida, tiende a la conservación de esta, a la unión, al disfrute placentero del sexo, considerándolo generador de nueva vida. Thánatos, sin embargo, es el instinto de la muerte que impulsa a una persona hacia la autodestrucción, a un estado inanimado, a la desintegración.

La cultura japonesa tiene una relación muy estrecha con Eros, pero también con Thánatos ; no hay más que ver su respeto por el suicidio por honor. También por el suicidio por amor, que se puso de moda tras el estreno de la obra de teatro Sonezaki Shinjuu (El Amor Suicida de Sonezaki) de Chikamatsu Monzaemon, inspirada en el doble suicidio real de dos amantes cuya relación estaba prohibida, y que sigue practicándose en la actualidad.

Cuando su relación aumenta en intensidad,  Thánatos comienza a manifestarse. Crece, imparable, alimentado por el odio que provoca la absoluta dependencia hacia el otro. Crecen con él los celos enfermizos, las humillaciones a las que se someten, la violencia que intenta paliar el dolor.

«¿Y si te matara? Voy a matarte. Voy a matarte. Es monstruoso. Es maravilloso. Voy a matarte. Voy a matarte. Voy a matarte…» gime, Sada, con el pene de Kichizo en su interior.

Yin y Yang

Son un Yin y un Yang, dos fuerzas que se complementan aunque, aparentemente, sean opuestas. El Yin es el elemento femenino: tierra, oscuridad, absorción; el Yang, el masculino: cielo, luz, penetración. Se necesitan para existir y son, en esencia, el otro. Por eso no pueden dominarse, pues el equilibrio se rompería; tampoco mantenerse estáticos, por lo que se encuentran en perpetuo movimiento transformándose en su opuesto.

Uno de los ejemplos más claros es la asfixia erótica. Cuando ella le asfixia, su miembro está más duro y le proporciona más placer y, a su vez, él siente más placer porque ella lo siente. «Mi placer radica en darte placer a ti y obedecer todos tus deseos», le confiesa Kichizo a Sada.

En otra escena, ella aprieta cada vez más fuerte, hasta que Kichizo la detiene al borde del desmayo, pero… ¿quién domina a quién? Sada aprieta por ella, por él, por ambos,

—Sada, sabes que te pertenezco. Haz con mi cuerpo lo que quieras.

—¿Te he hecho mucho daño? Dime lo que sientes.

—Como si fuera parte de ti. Me he fundido contigo.  Lo que te da placer a ti, me da placer a mí.

El perfecto Yin y Yang de la dominación/sumisión.

Dominación/Sumisión

El imperio de los sentidos muestra con claridad las complejas relaciones de sumisión y dominación en el sexo. Ella es, en apariencia, la dominante, pero no es nadie sin él. Nadie. Nada. Otra de las escenas que mejor explican esta relación dominación/sumisión es en la que Kichizo regresa a la habitación que comparte con Sada tras pasar varios días con su mujer. Sada le recibe blandiendo un cuchillo de cocina. Le amenaza con matarlo y amputarle el miembro. Está loca de celos, desesperada, en el fondo solo necesita que mienta, que le diga que no se acostó con ella. Él lo sabe, y miente. Sada se aferra a esa mentira. Lo monta, y el placer la invade, y también el odio. Por eso le muerde con furia. Él se queja. Ella pregunta.

—¿Duele?

—Sí, duele.

—¿Estás fingiendo o duele de verdad?

—Duele de verdad.

—¿Y todavía sigues queriéndolo, Kichi-San?

—Sí, lo quiero.

—Di «Muerde más fuerte»

—Muerde más fuerte.

—Di «Sada, pégame»

—Hazme daño.

—Quiero hacerte daño. Quiero lastimarte. Quiero que sientas dolor. Que sufras.

—Adelante, Sada, castígame. Hiéreme cuanto quieras y como quieras.

Pero no puede hacerlo, solo besarle, abrazarle con desesperación, mientras Kichizo, que conoce el alma de Sada mejor que ella misma, le pide perdón por haberla dejado sola. Sada se derrumba,  confiesa que estuvo a punto de volverse loca y llora, impotente.

—Sada, estás llorando. ¿Por qué lloras?

—Porque te amo.

—Mírame, esta es la primera vez que te veo…

—No, no quiero.

—Mírame, mírame. Tus lágrimas son saladas, me gusta sorberlas.

—¡Hazme el amor muy fuerte, Kichi-San! ¡No me dejes nunca!

Actos de amor

Una de mis escenas favoritas es la que consiguió, según una leyenda urbana, que en EE.UU. se incrementara la venta de huevos, tras el estreno de la película. En ella, mientras una gueisa toca un shamisen,  Sada moja alimentos en su vulva antes de metérselos en la boca a Kichizo. «Todo lo que hacemos juntos, aunque sea el simple acto de comer, debe ser un acto de amor», le dice. Y él lo entiende, por eso le introduce un huevo cocido en la vagina y, cuando Sada lo expulsa, él lo devora. Complicidad, amor y profunda comprensión de que el deseo y su disfrute son actos tan naturales como comer.

Pero la sociedad no lo ve así, incluyendo las gueisas que se niegan a actuar ante ellos porque, según les confiesa una sirvienta, «Sada es asquerosa, siempre tiene el miembro de Kichi en la boca». Sada se indigna,  «¿por qué una mujer no puede chupar el cuerpo del hombre al que ama?»;  Kichizo la calma y le suplica que no haga caso. «¿Qué importa lo que piensen los demás? ¿Qué importa?»

¿Qué importa?

El imperio de los sentidos: mirar y no tocar – Relatos eróticos

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