Tasso (des)monta la película: «Kiki, el amor se hace», una película «normal»

No nos engañemos, nada nos gusta más que la normalidad. Que el tipo que te vende el pan sea un tipo normal, que tu amiga excéntrica sea, en el fondo, una tipa normal o que en tu amante casual, ese que hace cosas «raritas», subyazca irremisiblemente la normalidad. La hemos adorado siempre… en estos tiempos en los que impera la «distinción» (y hasta catalogar a alguien de «normal» parece un oprobio) donde cada uno debe crear, como en el bazar, su marca personal, y también la hemos adorado en tiempos pretéritos de mayor orden e identidad. Con ese propósito de adorar lo normal, hemos creado un proceso a través de muy diversas metodologías; la «normalización». Ha sido un proceso que, como decimos, ha variado en el tiempo. Desde la imposición de normalidad a fuerza de bastonazo, condena al infierno o a la Santa Inquisición o la reclusión en un centro penitenciario, escolar o psiquiátrico (en un centro de «normalización») al impositivo «sé tú mismo», que implica el sea usted «normal» desde su apetencia «anormal» y si no tiene esa apetencia, no se preocupe que nosotros le venderemos una anormalidad absolutamente exclusiva y original, de manera que, por no ser como los demás, acabe usted siendo convenientemente asumido como un tipo normal. O dicho en términos más capitalistas, sea usted como quiera, tenga las inclinaciones que quiera, fomente su particularidad siempre que no se salga usted ni un paso de las exigencias del modo de vida que se impone, pues en caso de que lo haga le señalaremos el fuera de juego con la más cruel de las condenas; será usted un «anormal» (o un loser) sin derechos ni paga doble, sin plan de pensión ni hipoteca ni futuro alguno que proyectar. En materia de sexualidades, la advertencia y la condena venían impuestas en tiempos pretéritos a todos aquellos que se saltaban la «productividad» del modelo de sexualidad humana imperante del locus genitalis, aquel que exigía que la sexualidad se conformara para la reproducción y todo lo que se apartaba de ella era anormal. Que a usted le gustaba mirar o chupar un pie o masturbarse o sodomizar, pues era usted un pecador, un depravado o un invertido sobre el que podía caer todo el peso de la ley humana o divina. Con posterioridad, y cuando estas catalogaciones meramente morales perdieron eficacia en los sujetos, empezaron a venir otras que se mostraban más eficaces para señalar; eran las que se derivaban de la clínica y su diagnóstico. «Psicopatía sexual», a principios del XIX, «perversión sexual» durante buena parte del XX y «parafilia» como el más reciente. Todas implican que algo en el sujeto no acaba de estar asumido en la norma, que hay que corregirlo, estudiarlo y readaptarlo a la normalidad. Y entonces vinimos los sexólogos a hablar de minorías eróticas, de peculiaridades eróticas, de sexualidades y de diversidad sexual con intención de señalar que nada en la construcción de la sexualidad de un sujeto es anormal, sino que todo conforma un campo de una diversidad hasta ahora desconocida, que lo único que hace es ampliar, mejorar y dar más realidad a un paisaje en el que antes solo distinguíamos pinos, chopos y alguna que otra rana. Es decir, normalizamos todas las apetencias libidinales sobre la base de «desmoralizar la norma» y hacer que el sujeto no se sintiera mal consigo mismo y con sus deseos. Con una salvedad, eso sí: aquel cabronazo integral que, por su apetencia, hacía daño al otro… Fuimos también, como no puede ser de otra manera, un poquito moralistas. Ese es el planteamiento que hoy manejamos como gran encuadre y en el que servidora cree profundamente cuando alguien acude a consultarnos porque «se siente extraño» (anormal), angustiado por no saber explicarse sus inclinaciones eróticas. Con una sola excepción; si usted se hace daño a usted mismo o hace daño a los demás es que algo no le acaba de rodar muy redondo en la construcción dinámica de su sexualidad; hay algo que se le escapa, en algo está fracasando o es usted un mal bicho que está utilizando su condición sexuada para ser eso, un mal bicho.

Sinopsis y comentarios

Dicho esto, Kiki, el amor se hace, la película de 2016 dirigida y adaptada por Paco León, es un ejercicio de normalización. Un ejercicio fresco, un poco frugal y en clave de comedia, en el que se cuentan las inclinaciones eróticas no del todo normalizadas de varias personas con el fin último de indicar, a modo de moraleja, que de todo hay en la viña del Señor y que, esa diversidad, es mucho más un valor a potenciar que un problema a reprimir. Algo que asumir como normal mucho más que algo que intentar corregir como anormal. De Kiki, el amor se hace, sabemos y suponemos varias cosas. Sabemos, por ejemplo, que quien produce es Mediaset (a través de Telecinco Cinema). Sabemos que su director es Paco León y que realiza un remake de la película australiana de Josh Lawson, The Little Death, estrenada dos años antes (2014). Sabemos que cuenta con un elenco de actores, algunos siempre soberbios y otros con tendencias a lo irregular.

Tráiler

A partir de ahí suponemos varias cosas. Que si la pasta viene de donde viene, se pretende un producto eminentemente comercial, ligero como un caldito y sin más vocación que entretener una horita y media (un poco lo que ya pretendía y conseguía la película matriz de Lawson). Suponemos que a Paco León el tema de normalizar lo poco normativo le interesa y que, además, y esto me consta, es un tipo que no se dobla. Y suponemos que en algunos de los actores, la dirección de actores va a ser capital para que ofrezcan un producto convincente. Pues bien, con todo esto y después de verla en su momento, la sensación fue que todo se pudo sintetizar y combinar de manera más que correcta. Paco León cuenta lo que quiere contar, como él lo sabe contar y sin que los de la chequera le coarten en exceso. La propuesta es liviana y pasa flotando sobre la posible complejidad de los personajes de forma alegre y festiva sin que por ello caiga en lo paródico o enteramente banal, y los actores (y aquí hay que volver a quitarse el sombrero ante Paco como director de actores) están todos sembrados, convincentes, divertidos y transmitiendo lo que tienen que transmitir (Paco León incluido, si bien el portento de Candela Peña fue la que recogió más merecimientos). Las «anormalidades» que se plantean, convenientemente especificadas con su parafílica descripción, son de esas que normalmente no cortan ni incitan a un gran debate sobre su nivel de alejamiento de una norma (no dejan de ser en gran medida normales) pues meterse en según qué terrenos y honduras hubiera variado el proyecto inicial y se le hubiera atragantado alguna palomita que otra en el buche de algún espectador. Así que Kiki, el amor se hace te hace pasar un buen rato con un buen propósito. Que además emana de alguien a quien tengo en especial estima porque tiene algo de lo que no todo el mundo goza: autenticidad, fidelidad consigo mismo, bondad hacia los demás y unos preciosos ojos azules. Así, que nadie entienda como un reproche si digo que Kiki, el amor se hace es una película normal; en su normalidad está su virtud y su honestidad, en ella reside el saber asumir que, si bien lo normal no existe, no podemos nunca dejar de pretender la excepcionalidad de ser comprendidos por los demás y por nosotros mismos como enteramente normales.