Hombre discutiendo en un chiringuito de playa abarrotado en Maspalomas, con bañistas y sombrillas al fondo bajo el sol.

Tasso (des)monta la película: «Maspalomas» o Vicente y el baile de máscaras

El viajero está fatigado, viene de lo profundo y apenas le quedan fuerzas. El que lo acoge intenta reconfortarlo. Se ofrece voluntarioso a entregarle lo que le haga falta para reponerse. El viajero le musita algo que no se logra entender: «¿Qué?», le pregunta su anfitrión. Sus palabras se hacen algo más comprensibles: pide «Otra máscara. Una segunda máscara». Así lo relata Nietzsche en Más allá del bien y del mal, la misma obra donde unas páginas antes ha sostenido: «Todo lo profundo necesita una máscara».

Crítica de Maspalomas (2025)

La persona y la máscara

Es conocida la etimología del término «persona». Viene del latín, persona, y en su origen del griego, prósopon, que significa en ambos casos «máscara». Lo que se coloca delante (pros-) del rostro (-opos). Sin máscara, no hay persona.

Sin la capacidad de ocultación, de velar, de mostrarse pudoroso y sin la también capacidad de dar forma al abismo profundo que nos contiene, no tiene sentido hablar de persona. Es lo que nos cierra, pero también lo que nos da forma. Del mismo modo, la máscara es aquello que exige el ser humano para ser interpretado, desvelado, tenuemente descubierto: solo al ocultarnos podemos mostrar algo de nosotros. Solo tapándonos (con una sábana, como los fantasmas), podemos tener una presencia que interpele al sentido ético del otro, a su esfuerzo por comprendernos, por descifrarnos, por realizar aquella titánica tarea del sabio del descifrar el enigma que somos. Si no «engañásemos», si nos mostráramos en nuestra más absoluta transparencia, nada habría de nosotros por descubrir: quien nada tiene que ocultar no tiene nada interesante que mostrar. Porque solo podría mostrar nada.

Vicente, el protagonista de la película Maspalomas es un maestro en el arte de enmascararse. Vayamos con la historia.

Sinopsis

Maspalomas (la película de 2025 codirigida por José Mari Goenaga y Aitor Arregi, con guion del primero) centra la atención en Vicente. Un tipo de setenta y seis años que vive con una cierta plenitud en el núcleo turístico de Maspalomas, en el municipio de San Bartolomé de Tirajana. Este complejo urbano posee dos playas principales: la propia de Maspalomas y la Playa de los Ingleses y es y ha sido uno de los destinos de turismo gay más importantes del mundo. Vicente tiene su rutina. Se levanta, va a la playa, sondea las zonas de cruising por los alrededores de las playas, si hay suerte, pilla algún ocasional amante, después departe con su amigo también septuagenario y, por la noche, hace la ruta de las discotecas y locales de ambiente gay en espera de algún que otro encuentro.

Lo hedónico estructura su existencia, pero no siempre fue así. Vicente estuvo casado en su lugar de origen, el País Vasco, tuvo una hija, y solo fue, rondando la cincuentena, cuando declara su orientación sexual, abandonando su familia y migrando (como las palomas) hacia el sur. Una noche, en un encuentro fortuito en uno de esos locales de ambiente, sufre un problema cardiovascular y queda hemipléjico. Es trasladado de nuevo al País Vasco, ingresado en un centro de atención a la tercera edad, y queda a cargo de su hija, que hace lo que puede. Vicente vuelve a ocultar, a enmascarar su orientación sexual. Comparte su habitación con Xanti, un tipo tan vitalista y viril como ocasionalmente agobiante. Su recuperación motriz es lenta pero paulatina. Estamos a principios de 2020 y empiezan a surgir las primeras noticias en los telediarios de un virus de origen chino que se expande por el mundo y al que se le conoce como COVID 19.

Tráiler

El actor

En el momento en el que escribo esta crónica, la película está nominada a nueve Goyas. Con justicia. Entre ellos, al de mejor película, mejor dirección, mejor actor de reparto (Kandido Uranga que encarna magistralmente a Xanti), y junto a otras nominaciones más técnicas, al de mejor actor protagonista. Aquí me quiero detener un momento.

El actor es José Ramón Soroiz y da encarnadura y sentido a Vicente. Pocas veces he visto en pantalla semejante capacidad para cambiar de registro, para encarnar a dos personas en una, sin estridencias, sin aspavientos, con un simple gesto, imperceptible, del rostro.

De bujarrón fogoso a homosexual tierno y reflexivo, de tipo recio del norte a sujeto tomado por la perplejidad, en el que lo que menos importa es su orientación sexual. Su capacidad de hypokrités (de «actuar» en escena, según buena etimología) es simplemente sorprendente. Su habilidad para trocar una máscara en otra está al nivel de los mejores profesionales de este y todos los demás confines.

En un momento de la filmación, su hija le reprocha que nunca, bajo ninguna circunstancia, se muestre con naturalidad, que es siempre opaco, que no desvela nada. Eso que puede sonar a reproche es, sin embargo, la magnificente virtud de José Ramón Soroiz como actor. La capacidad que da peso al ser humano, que siempre puede ser otra cosa, que nunca está fijo, que tras una máscara siempre aparece otra. Como en todos nosotros.

Conclusión

La película, apoyada en la historia que brevemente hemos sintetizado, y en la carne del protagonista, aborda de manera evidente (quizá incluso excesivamente unívoca) cuestiones de calado: que la sexualidad de un sujeto se mantiene mientras el sujeto se mantiene, que esta puede ser perfectamente promiscua, explícita y cruda no importa a qué edad, que lo imprevisible domina nuestra destino, y la fragilidad es nuestra materia o que existe una represión (un «malestar de la cultura», diría Freud) que nos obliga a adoptar papeles «impropios», que no son nuestros.

Si estas constataciones expresadas de manera explícita fueran la conclusión de Maspalomas, el resultado sería una buena película. Pero lo que hace de ella algo notable es precisamente que, ante lo evidente que expone, en ocasiones de manera demasiado incontrovertible (felicidad: filtro naranja, amargura: filtro azulado), Vicente, o mejor dicho Soroiz, sabe romper (posiblemente pese a la intención de la película) los dualismos y enseñar que, hasta cuando Vicente es más Vicente, nunca acaba de ser Vicente. Que cuando Vicente parece que va a dejar de ser Vicente, implora, como el viajero que viene de lo profundo, una máscara más, pero que cuando Vicente es plenamente Vicente también hace, como es de justicia, lo mismo.

Sin ese ballo in maschera no tendríamos que interpretar a los demás ni nada tendríamos que interpretarnos de nosotros mismos. Sin esa hipocresía solo seríamos el vacío que nada tiene que contar porque nada tiene que enmascarar.

***

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