La estudiante y el camarero – Crónicas Moan (by Eme)

No te pierdas este relato de Karen en el que establece una nueva regla geométrica: la distancia entre la terraza de un bar y el cuarto trasero es… un leve accidente.

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La estudiante y el camarero

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Narración: Karen Moan

Ha empezado este calorcito primaveral que te tira a la calle aun teniendo que estudiar. La fórmula es sencilla: ordenador a cuestas y barecito con terraza. Un típico win-win. Así que, me desprendo de mis pantalones hippies y de la camiseta amplia y me enfundo en unos vaqueros y camiseta estrechos. Una cosa es bajar al bar a estudiar, otra desperdiciar la ocasión de echar un vistazo alrededor, quizá por si se da otro de esos win-win (a pesar de resultarme una expresión ridícula, no consigo traducirla al español tan efectivamente como funciona en mi cabeza así, puñeteros anglicismos). Y bueno, es que el camarero es un ligón de pueblo que se merece todo el título, de ligón y de pueblo, meloso y de chistes fáciles.

Paso la mañana obediente a mi misión; miro más al libro que al resto. También es cierto que he decidido sabiamente un café hasta las 12:30, que será la hora en la que mi cuerpo empiece a persuadirme, ya caliente del bendito sol y del irremediable aburrimiento, que toca una cervecita. A partir de ahí, los apuntes se mezclarán con miradas busconas de otras vidas más divertidas que la mía (cualquiera en este momento), del camarero de pueblo que aún no ha empezado su turno o de maridos con periódicos que también me acechan de reojo. Lo estrecho manda y, sobre todo, si lo contoneo cada vez que me dirijo a la barra o al baño.

Por fin aparece, recién salido de la ducha o al menos con el pelo mojado y fresco. Yo ya soy una estudiante cansada y sudada que lleva un rato en el bar, pero a él no parece importarle porque casi no ha se ha puesto ese delantalito que me pone a mil (le he imaginado tantas veces solo con él) y ya está en mi mesa preguntándome si estoy servida.

–En fin… Si yo te contará… –le digo queriendo decir.

–Claro, que no te han atendido bien, si es que tenía que llegar yo.

Y yo…

–Claro, claro, estoy desatendidísima.

–Pues aquí estoy para lo que necesites. ¿Otra cervecita?

Lástima de estos diálogos paralelos.

–Sí, justo eso –respondo, exagerando un incomprensible suspiro para él.

Cuando se gira pizpireto pienso, ¿y ahora qué hago yo con este calentón? ¿Qué coño de win-win si este tío acaba de empezar su jornada y los maridos lectores son inalcanzables a estas horas?

Me dirijo al baño decidida a una sesión de auto-placer cuando, ¡ups!, un chiquillo en plena carrera se cruza por medio y, por evitar atropellarle, me veo en el césped de la terraza de aquel bar. Una ridícula e inesperada escena que se arregla cuando él, ahora, un caballeroso camarero, me recoge a lo Oficial y caballero informándome que me va a llevar a nosequé cuarto trasero para examinar cómo estoy.

Y sí, son las 14.00 de la tarde y él tiene muchas mesas que servir y yo mucho que estudiar y, sin embargo, sin dudar ni un ápice le digo que el dolor de mi pierna es aquí o aquí o más arriba y él mueve sus manazas buscando un alivio muscular inexistente, hasta que se da cuenta de que no hay dolor, solo el de la espera. Y su mirada se vuelve a tornar servil, pero ahora distinta, ahora dubitativa, entre el deber de ser camarero y el de aprovecharse de ello, que para eso se enroló.

Así que, cuando le pido que siga buscando el origen de mis males, le veo tocándose la polla con su mano libre y entonces mueve ese delantalito adorable para desabrocharse el pantalón y sacar una inmensa erección que sí… Lo encuentra, el origen y el fin de mis males, del calor, del aburrimiento, de ese día y de ojalá otros, y una vez y otra y una más y otra más los remedia, servil, atento, camarero a fin de cuentas.