Relatos lésbicos

Quédate bajo la mesa (I): La secretaria – Relato lésbico

Thais Duthie comienza una serie erótica por profesiones. Ya sabes que este relato corresponde a las secretarias, lo que aún no sabes es lo excitante que es esta historia.

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Quédate bajo la mesa (I): La secretaria

—Este calor es insoportable —le dijo el primer cliente del día después de haber pasado un cuarto de hora en la sala de espera.

No pensé que fuera a escuchar esa frase a mediados de enero, ni mucho menos que necesitara utilizar un folleto con todos los servicios de la notaría para abanicarme en pleno invierno.

—Debe de haber un problema con el termostato. El responsable de mantenimiento está al caer, disculpe las molestias —Esbocé una sonrisa amable hasta que volvió a su sitio.

Mis ojos rebuscaron con agilidad entre las notas adhesivas que había pegadas a la pantalla de mi ordenador hasta que dieron con la que necesitaba. Era de color rosa neón, lo releí por enésima vez esperando encontrar más pistas:

MAÑANA

Pon la calefacción al máximo

En cuanto entre por la puerta, prepara mi café 

y me lo traes antes de la primera cita

– B

Las instrucciones que había dejado mi jefa eran inequívocas y, aun así, carecían de sentido. Sobre todo la segunda, había sido su secretaria durante más de cinco años y nunca se tomaba el café hasta la pausa de las once. La respuesta llegó junto a la mujer que esperaba: el ascensor emitió un pitido que me aceleró el pulso y, acto seguido, se abrieron las puertas.

Blanca entró en la oficina como si fuera la modelo de un anuncio de champú. Su pelo castaño, largo y ondulado parecía recién peinado y me daba la sensación de que ondeaba al viento. Era el efecto de su caminar firme, seguro y rápido. Pasó frente al mostrador, pero tan solo me dedicó una sonrisa de medio segundo que me dejó con ganas de más.

—Señor Vázquez, ahora estoy con usted.

Caminó hasta su despacho y pude observar cómo llevaba una gabardina que no le había visto con anterioridad. La prenda de color cámel se ajustaba a su cuerpo con un cinturón apretado. Mi mente, nublada por el calor, deseó deshacer aquel nudo, pero enseguida maldije por mi atrevimiento y me concentré en la agenda que tenía delante.

Blanca era una mujer elegante y segura de sí misma. Siempre a la última, siempre acertada. Siempre atenta conmigo. Y llevar tantos años trabajando con ella como enamorada de ella no ayudaba en absoluto. Recordé entonces la segunda de las instrucciones y fui directa a hacerle un café. Lo preparé en tiempo récord, luego fui a su despacho y golpeé la puerta con los nudillos.

—Adelante.

—Buenos días, Blanca. Te traigo el café —lo dije atropelladamente y con la vista puesta en la taza humeante para evitar accidentes.

Al levantar la mirada pude observar con más detenimiento el estilismo de aquel día y reparé en un detalle significante: no llevaba medias. Ver sus piernas desnudas me excitó más de lo que podría haber imaginado, y deseé quitarle esos stiletto que las sostenían. Blanca conectó sus ojos con los míos y utilizó un tono que guardaba solo para mí:

—Me encantó que nos quedáramos charlando ayer —susurró.

Llevó las manos al cinturón y lo desanudó con parsimonia. Había esperado a que entrara al despacho y la viera hacerlo, lo sabía por la expresión inalterable de su rostro. Yo sentía un calor en las mejillas que temí que fuera perceptible. Debió de serlo, porque me acarició una de ellas antes de continuar. Se deshizo de la chaqueta, que dejó paso a una falda de tubo del mismo color y una camisa blanca muy entallada. Me pregunté si habría sido confeccionada a medida o por el contrario, si era Blanca la que había sido cincelada como una escultura helenística de mármol. Me gustaba especialmente aquella imagen que conectaba con su nombre, y además con la impresión que desprendía aquel material.

—A mí también me gustó —Tragué saliva y sentí sus ojos clavados en mis labios. Los humedecí por acto reflejo e imaginé cómo sería si lo hiciera ella. Si su lengua resbalara hasta mi barbilla y…

—¿Puedes pedirle al señor Vázquez que entre? Luego nos vemos.

Dejó la chaqueta en el perchero y se dio media vuelta para tomar asiento tras su escritorio. Cuando me giré a observarla una vez más, había adquirido su pose profesional de notaria que distaba de la mujer con la que había compartido una botella de vino y una tabla de quesos del supermercado gourmet de enfrente la noche anterior.

—Oye, estás muy guapa —me dijo justo antes de que cerrara la puerta.

Me tragué una sonrisa mientras le hacía un gesto al señor Vázquez para que entrara en el despacho de Blanca. Volví a mi puesto con la respiración acelerada y la esperanza de que, al fin, podría conocer a mi jefa de una manera mucho más íntima.

Mi noción del tiempo estaba totalmente alterada por la anticipación, la excitación, el deseo. Podía verla gesticulando a través del cristal de su despacho e, incluso a tantos metros de distancia, me parecía que su perfume la rodeaba. Era una mezcla dulce y especiada que despertaba mis sentidos. Me recordaba a mi Navidad favorita en una cabaña finlandesa hacía seis o siete años, uno de esos viajes en solitario en los que había encontrado a otras personas y también a mí misma.

La pantalla de mi ordenador se había vuelto negra debido a la inactividad y pude ver mi reflejo. Por un momento me había olvidado del calor, pero lo recordé al ver cómo algunos mechones de mi pelo escapaban de la coleta firme que solía llevar. Me desabroché un par de botones de la camisa y suspiré mientras el señor Vázquez terminaba su cita y desaparecía por el ascensor.

— …si quieres —Mi ensimismamiento tan solo me permitió escuchar la última parte de la frase.

—Perdona, ¿qué has dicho?

—Que puedes venir a mi despacho si quieres. Tengo un rato libre antes de la próxima reunión.

Cuanto más me acercaba a ella, más me alejaba de mi sentido común. Una vocecita interior susurraba, cada vez más bajo, que ella era mi jefa y yo su secretaria. Aquella era y debía seguir siendo una relación laboral. Aun así, cuando llegué a la estancia y la encontré recogiendo unos papeles del suelo, ya no escuché más aquel monólogo interno. La tela de la falda se adhería a su trasero como un guante y su espalda se arqueaba con perfección áurea.

Me miró, y luego miró mi escote. Sonrió de una forma que veía por primera vez, con picardía y diversión. Había olvidado volver a abrocharme los botones y me ruboricé ante tal descaro. Blanca fulminó la distancia escasa que nos separaba y tomó mis mejillas. Gimió contra mi boca y tan solo entonces fui consciente de lo que estaba ocurriendo. Le devolví el beso con la misma ansia, con el mismo ímpetu. Con las mismas ganas, que se habían gestado y acumulado a lo largo de varios años por ambas partes.

Nos besamos durante lo que parecían horas, pero fueron tan solo unos minutos hasta que el portátil de Blanca emitió un sonido que indicaba una videollamada entrante. Tenía su agenda diaria en mi cabeza y recordé la reunión con el equipo de comunicación de la notaría que tenía que empezar a las diez de la mañana.

—Quédate conmigo durante la reunión —murmuró de nuevo en ese tono sugerente. Tomó mi mano que, distraída, se había posado en su trasero, y la llevó bajo su falda—. Quédate bajo la mesa.

Ya puedes leer el desenlace aquí: Quédate bajo la mesa (II): La secretaria – Relato lésbico

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