These Boots Are Made for Walkin’ (II) – Relato lésbico

Ya puedes disfrutar la segunda parte y desenlace de These Boots Are Made for Walkin’ de Thais Duthie.

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These Boots Are Made for Walkin’ (II)

El deje de su acento erizó todo el vello de mi cuerpo. Me fijé en cómo se mordía el labio con cierta picardía y su mirada, de pronto, caía al cierre de sus pantalones y de vuelta a mí. Iba a ser mi perdición. Sus manos, con una manicura francesa perfecta, desabrocharon el botón y bajaron la cremallera despacio. Oía la música que resonaba de fondo en toda la galería, pero todos mis sentidos a excepción de la vista habían perdido sensibilidad para cedérsela a mis ojos.

Comprendí el mensaje sin que Nora tuviera que ser más específica. Tal vez lo entendí antes de tiempo porque mi cerebro estaba demasiado receptivo. Por el contrario, el corazón me latía desbocado por los nervios y, antes de que pudiera decidir si aceptar su propuesta silenciosa, mi mano se dirigió a su entrepierna. Mis uñas rojas arañaron por encima de la tela, luego dejé que mis dedos se deslizaran bajo la tela de su pantalón, pero encima de su ropa interior. Las bragas de encaje estaban húmedas y calientes.

La mujer retrocedió un par de pasos hasta que su espalda quedó contra la puerta cerrada y separó más las piernas. Podía ver perfectamente cómo trataba de acallar esos suspiros que su interior quería liberar, pero ella se negaba. A medida que las yemas de mis dedos acariciaban, su expresión se teñía más y más por el placer. Incluso había comenzado a fruncir la frente de aquel modo tan excitante.

Pensé en besarla. Pensé en colocar mis labios sobre los suyos, que gimiera contra mi boca si deseaba hacerlo. Acorté la distancia que nos separaba como si estar así quemara. De algún modo, lo hacía. Sentirla tan cerca y tan lejos a la vez comenzaba a ser una carga demasiado pesada e intenté aliviarla del único modo que se me ocurrió. Mi lengua delineó su mandíbula angulosa en sentido ascendente, hasta que llegó a su oreja. Los aros de oro que colgaban de su lóbulo eran pesados entre mis dientes.

Conocía a las mujeres como ella, o eso pensaba entonces. Tan preocupadas por parecer perfectas y frías que se negaban a su propio placer.

—Quiero su clímax en mis dedos, señorita Nora —lo susurré bajito.

Esas pocas palabras debieron de catapultar su orgasmo. Levantó el brazo y se mordió el hombro con fuerza mientras lo alcanzaba, y poder presenciarlo fue tan satisfactorio como si lo hubiera sentido en mi propia anatomía. No podía dejar de mirar cómo su boca se abría en silencio, cómo se marcaba la vena de su cuello, cómo se erizaba la piel de su mentón que acariciaban mis labios. Gemí contra su perfume, cerca de su cuello, luego lamí sus notas dulces entremezcladas con una fina capa de sudor.

—Gracias por tu excelente atención, Adela —dijo, todavía con la respiración entrecortada y los ojos cerrados—. ¿Me cobras esas botas? Tengo un poco de prisa, pero otro día me quedaré para esa bebida que me has ofrecido.

—Por supuesto, señorita —Asentí mientras retiraba mis dedos del hueco entre sus piernas y me apartaba ligeramente de ella—. Dejaré que se prepare mientras voy a por sus botas.

Cuando salí de la sala y volví a inhalar el aire perfumado a bergamota que impregnaba la galería todavía no era capaz de procesar lo que acababa de ocurrir. Aún sentía el morbo mientras rebuscaba en el almacén con las manos temblorosas hasta encontrar la caja de las Hynde Cuissard de la talla treinta y ocho y regresaba a la sección de calzado.

Nora, sin embargo, parecía tranquila. Ni una arruga en su traje sastre, ni un mechón fuera de lugar. Las botas que se había probado estaban frente al sofá. Ella me esperaba en el mostrador y sostenía un par de billetes de quinientos euros que reconocí a simple vista por el tipo de clientela que frecuentaba mi puesto de trabajo.

—Serán ochocientos cuarenta euros, señorita —Traté de que mi voz sonara firme al tiempo que metía la caja en una bolsa de papel y la cerraba con un lazo negro de satén—. Si tuviera cualquier problema con la talla puede venir a cambiarlas.

Ella dejó los billetes sobre la mesa, tomó la bolsa y me sostuvo la mirada:

—Quédate con el cambio como agradecimiento por tu servicio, Adela. Nos vemos pronto.

La observé alejarse y sentí una punzada muy dentro. Ojalá sí nos viéramos pronto de nuevo. Sus pasos parecían seguros y se fusionaban con la canción que, por pura coincidencia, ahora sonaba en el hilo musical: «These boots are made for walkin’, and that’s just what they’ll do, one of these days these boots are gonna walk all over you».

Mi cuerpo era un manojo de nervios y mi cerebro solo podía pensar en esa última frase de la melodía: ¿sería una promesa?

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