Una MILF en apuros: Átame con cuerda de tender

«Pasa por la ferretería y pilla cuerda». Eso me dijo Ernesto al otro lado del teléfono. No dijo más, colgó acto seguido y me dejó ahí, en mitad la calle, con las bolsas de la compra del Día, la pequeña agarrada a la pierna y la goma de la mascarilla cayéndose de un lado de la cara… Del impacto, claro está, y no se me cayeron las bragas de puritito milagro.

Ernesto era mi última aventura sexual, que no emocional, y el tipo estaba muy interesado en investigar mi pasado bedesemero.

Porque oye, en la vida hay que hacer de todo y el sexo tiene que ser variadito: la gente que va a piñón fijo a mí me da miedo. Como esos otros que nunca dudan, ¿a vosotros no os pasa? Yo esa gente que no ve tonalidades, todo es blanco o negro y esos otros que parece que siempre que cuando hablan sentencian y nunca dudan, me dan pavor. Ídem para los que siempre buscan lo mismo en la cama o en la mesa. Yo conocí a un tipo que siempre cenaba sopa, queso y naranja. Chico, por Dios, qué hartazgo. ¿Y por qué no unos callos? ¿Un poco de foie-gras con un Sauternes? ¿Una ensalada de rúcula y parmesano?

Pues en la cama igual: hoy un misionero. Mañana, un por detrás. El jueves, un poco de oral, que la palabra siempre enciende los sentidos. Y el finde, fiesta loca, que hay más tiempo libre y nos ponemos al BDSM.

Ernesto era de los variaditos, cosa que a mí me venía genial para explorar mis perversiones y sus orificios, que digo yo que si tenemos orificios varios, por algo será. ¿No?

El dilema de calado al que me enfrentaba en ese momento en la calle: ¿volvía a casa y dejaba las tres bolsas de compra del Día, mi bolso, la mochila de la niña y la niña y volvía a la ferretería? ¿O de camino a casa me paraba en la ferretería, sin manos ni brazos para más enseres, y pillaba la cuerda de tender? Lo tuve claro: si puedes llevar todo eso, puedes llevar tres metros de cuerda de tender. Porque claro, Ernesto había llamado y había pedido cuerda, ejerciendo su rol momentáneo de dominante, pero no había dado directrices. ¿Qué tipo de cuerda? ¿Cuántos metros de cuerda? ¿Le pedía al de la ferretería cortarla por metro, cuarto y mitad o que me la diese a cholón?

Una, que es resoluta y autónoma, le pidió a Braulio, el de la ferretería, unas bombillas led, un bombín, cinco alcayatas, pegamento de madera y tres metros de cuerda de tender. Mejor que sobre que no que falte, que diría mi santa madre. ¿De qué color, me dijo? Joder, de verdad, una preferiría vivir en la RDA donde no había ni colores ni productos que escoger: yo qué sé, pónganme la vida fácil, no me den más alternativas.

A veces el consumidor desea que se lo den todo hecho en este sistema capitalista, no más opciones, un completo, algo facilito, como la sopa de sobre. Así que le dije que la quería verde. Que total, las de los tendederos son todas verdes y así la podía reciclar después de la sesión de guarrerías con Ernesto. Que la vida está muy jodida, oiga.

Y con todo eso nos fuimos para casa, la enana y yo, que se iba acercando la  hora de la cena y a mis herederas les gusta cenar y que se lo den todo hecho, que para eso son unas asistidas de tomo y lomo.

Ernesto y yo habíamos quedado emplazados al día siguiente, que era sábado y tienes más tiempo para montar el teatrillo del BDSM. Porque eso es en definitiva el Bondage, Disciplina, Dominación y Sumisión, un teatro en el que sus participantes aceptan de buen grado un rol. Y juegan a él, no más. Una vez, me dijeron que no había práctica sexual más democrática que la del BDSM porque en ella las partes implicadas estaban completamente de acuerdo con lo que iban a hacer, y que eso no sucedía con muchos polvos del sábado sabadete. Y es verdad: desde fuera quizá pueda verse como un universo de pervertidos que gustan que les aplasten los pezones, pero chicos, no sé, pensadlo, quizá la perversión solo existe en vuestras cabezas…

Yo, que quería tener contento a Ernesto, me llevé la cuerda de tender e incluso unas pinzas de la ropa porque si ya llevábamos un elemento tampoco podía faltar el otro, que al fin y al cabo había visto las películas del Grey y lo de poner pinzas en las tetas no parecía complicado.

Me echaba un poco más para atrás lo de los nudos, la verdad, porque si ya me las veo con los de los cordones de las zapatillas de mis hijas, pues imaginad con un nudo corredizo en unos brazos o en un torso. Llamé a un amigo experto en shibari y él intentó darme unas pautas, pero qué queréis que os diga, iba en el metro, me lo contaba por teléfono con un señor latinoamericano cantando al lado… Que yo me quedé muerta, qué haces cantando, insensato, aunque sea con mascarilla, con la pandemia que tenemos y lo de los aerosoles que todo el mundo sabe que el bicho se queda ahí flotando en el aire lo menos siete días con sus siete noches. En el metro no se canta coño, canta en la calle o en un sitio ventilado… Y en esos pensamientos iba yo, así que no me enteré nada de lo que me dijo Manolo el del shibari, que lo tengo puesto así en la agenda del móvil: MANOLO EL DEL SHIBARI.

Una vez me lo vio la niña y me preguntó que qué era eso y le dije que un restaurante japonés.

Ernesto ya había llegado a la habitación de hotel donde quedamos a follar cada vez que podemos porque yo no tengo sitio ni intimidad en casa para coitar con nadie, que las herederas están siempre por medio. Y Ernesto vive con su madre, una sobrina, un perro y una tortuga, así que tampoco está para muchos festejos en casa. Nos magreamos bien nada más entré en la habitación, pero apenas me dio tiempo a soltar la cuerda en el suelo… «Me tienes caliente zorra, cómeme la polla», me dijo mientras me agarraba del pelo y me ponía la cabeza a la altura de la cremallera del pantalón. Yo, solícita, le hice caso, bajé la cremallera, metí la mano y saqué a Anaconda, que es como llamo a ese pedazo de rabo que tiene. Porque a mí Ernesto no me atrae nada, intelectualmente hablando, es más, me aburre sobremanera, pero chicas, qué queréis que os diga, menuda verga. Llegas a una edad, esa en la que te llaman MILF, en que te has dado cuenta de que no va a llegar un tipo que tenga todo lo que tú quisieras y tienes que elegir entre uno inteligente, el que tiene conversación y otro con una buena polla y que folle bien. No sé, me parece que está muy clara la elección, ¿no?

«¿Trajiste la cuerda?». Atiné a decir que sí como pude, porque con aquello en la boca tampoco una puede entablar grandes conversaciones. «Pues átame y me follas», me pidió. Y ese momento justo fue el principio del desastre tal y como expliqué una hora después al tío del Samur. Un chaval muy majo, por cierto. De León.

Yo me había puesto unos tutoriales de Youtube, de estos que no sé por qué, siempre hace un latinoamericano (diferente al que cantaba en el metro): lo de atar no me había parecido tan complicado cuando lo vi, pero oye, fue ponerme con los tres metros de cuerda (que a mí se me antojaban ochenta) y menudo agobio… Primero, que si sobraba de un lado y faltaba de otro; después, que si me estás ahogando; que si me corta la piel ese otro nudo que has hecho en las muñecas… Joder, Ernesto, es que también te quejas por todo. Me volvía loca, la verdad; «Átame más fuerte»; «Así no, que me corta»; «Que me quedo sin aire»; «Me falta el riego en la pierna»…

En el cerebro te falta, Ernesto, en el cerebro, pero no de hoy, sino de nacimiento… Me agobié mucho, sobre todo cuando vi que Anaconda se estaba poniendo entre verdosa y azulada, macilenta casi, y que no había manera de desatar la maraña de nudos que tenía a la altura de la ingle. Que además, ya le habían cortado la piel y había sangre por todas partes. Con lo que cuesta limpiarla, madre mía…

Por eso llamé al Samur. Bueno, por eso y porque a Ernesto le empezó a dar como un ataque de ansiedad que no paró ni las dos hostias que le solté, al más puro estilo de Aterriza como puedas. Tuve la deferencia de taparlo con una sábana para que los del Samur no se lo encontrasen desnudito, aunque no se le veía piel alguna porque estaba como mis cascos del iPhone en el bolso: enrolladito en tres metros de cuerda de tender verde. Como una crisálida esperando salir del capullito.

«Oye, si podéis recuperar la cuerda, me la guardáis, ¿vale?», le dije al enfermero majo de León según salía por la puerta… Y es que 2020 está muy achuchado.

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Sobre Lucía Martín

Lucía no podría vivir sin la escritura, la música ni la tortilla de patatas. De haber vivido en la Edad Media, sin duda alguna, la habrían quemado por blasfema y bruja. Deslenguada, independiente, con sentido del humor, alocada, valiente, rebelde hasta la médula, respondona... Considerando todos estos adjetivos entenderéis por qué su padre considera que ningún hombre, en su sano juicio, querría casarse con ella. Freelance desde 2008, ha publicado en los grupos mediáticos más importantes de España y, como es una amante de la palabra, también ha publicado 7 libros. De momento...

Un comentario

  1. Jajajajaja…
    Que trepidante, delirante y divertido relato.

    Y es que la cuerda de tender, es lo que tiene.
    Que hace unos nudos muy gordos.
    Jajajaja…

    Me ha gustado mucho el escrito, de verdad.

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