Una MILF en apuros: La mejor silla para follar

Podría haber titulado este post «La silla de follar» como el libro de Bukowski «La máquina de follar», pero seamos sinceros, yo no soy Bukowski, soy mucho más guapa y no me trinco al día varias botellas de whisky y otros licores. No por falta de ganas, ¿eh? Sino por falta de tiempo, que a una la llaman Milf por algo y no solo por estar rebuena.

Todos los que ya tenemos cierta edad y un poco de cultura cinéfila, recordamos aquel cartel de la película Emmanuelle en la que Sylvia Kristel está sentada, tetas al aire, en una elegante silla de mimbre trenzado. Nos acordamos de ella y de la silla, fíjate tú, los dos han pasado a ser un mito erótico. Tampoco hay que olvidar la escena de Instinto Básico en la que una sexi Sharon Stone cruza las piernas mientras la están interrogando, y deja entrever que no lleva bragas (o acaso solo imaginamos, yo le di varias veces en su día para atrás a la cinta de vídeo y, la verdad, confieso que no veía nada). O sea, que Sharon iba «comando», que es una expresión que a mí siempre me ha gustado mucho. Acordaos: se le viese el potorro o no, ella estaba sentada en una anodina silla.

Modelos de sillas hay muchos y, como todo, las hay más cómodas que otras para follar. Sin que os vayáis a comprar una Fucking Machine porque son la mar de aparatosas y, total, para correrse tampoco hace falta tanto artefacto en el salón de casa, se puede echar un buen polvo en cualquier silla… Salvo en las de playa, ahí mejor no, que son inestables y no es cuestión de que tenga que venir el Samur o los Bomberos a desengancharos de los hierros.

Para saciar vuestra curiosidad, viciosos, que sois unos viciosos, os diré que Eduardo VII diseñó una silla para coitar con dos mujeres a la vez. La silla, conocida como Le siège de l’amour, data de 1890. Vamos, que los del poliamor se consideran modernos, pero resulta que en aquellos años ya estaban retozando entre varios.

Hay un par de mexicanos que, ingeniosos ellos, están diseñando sillas para cada tipo de práctica sexual. Por ejemplo, tienen «Barbarella», que es idónea si lo que buscas es que te coman el coño: te puedes reclinar cómodamente mientras hablas con tu madre y que él se baje al pilón. Luego está «Fellatio», que no creo que sea necesario que os explique la utilidad concreta.

Su trabajo más reciente es una silla llamada «Adela», como mi prima la del pueblo, que lleva incorporadas unas agarraderas, idóneas para sujetarse cuando montas sobre tu pareja. O cuando «cadereas», preciosidad de palabra que utilizan en México para referirse al folleteo y que voy a incorporar a mi lenguaje desde ya y a soltar en Tinder nada más saludar, con la certeza absoluta de que no me van a entender (salvo que el match sea originario de DF). «Hola, Fulanito, ¿tú cadereas?».

Pues yo, sin tener la silla Adela, confieso que me encanta sentarme encima de mi amante de turno en una silla: si tiene agarraderas, mejor que mejor. He echado polvazos en sillas y en sillones utilizados a modo de silla, que no todo tiene que ser la cama. Sí, es cierto, la cama es más cómoda, pero la silla le da un toque salvaje al sexo, de aquí te pillo aquí te mato, de prisas por meterse la polla dentro sin preámbulos, que los preámbulos están a veces muy sobrevalorados.  Esa urgencia por follar mola mucho. Me gusta subirme a horcajadas encima de mi amante y cabalgar a gusto. Soy yo la que marca el ritmo, la que controlo, y él está a expensas de mi voluntad, ¡no puede haber nada más erótico que tener sometido a tu amante!

Una vez, follándome a un policía (que es una de mis profesiones fetiche), el tipo en cuestión me pidió que le diese una hostia porque, confesaba, le ponía mucho que en esa situación le cruzase la cara. Debió pensar, angelito mío, que no me atrevería y, cuando menos se lo esperó, se llevó un hostión. Creo recordar que puso cara de póker, pero no me enteré mucho porque justo me estaba corriendo y yo, cuando me corro, soy como los tíos: estoy a lo que estoy y no puedo hacer dos cosas a la vez. Qué queréis que os diga, follarse a un poli al que tienes medio atado a una silla y que encima te pida que le arrees una hostia, cuando son ellos los que suelen sacudir, pues mola mucho. Por supuesto no le volví a ver el pelo, debió de parecerle mal que le obedeciese: no sé, la verdad, nunca sabes. Si obedeces porque obedeces, si eres díscola porque eres díscola. No hay quien entienda a los tíos, sinceramente.

Pero volviendo a la silla como instrumento de placer, me permito un consejo: dejad de invertir en teléfonos y teles caras y compraos una silla, la que sea, si es la Adela, pues Adela, si es una de Ikea, pues de Ikea. Haceros ese favor y veréis cómo mejora vuestra vida sexual. Eso sí, por favor, luego no me la uséis para dejar encima los kilos de ropa para planchar, ¿eh? Que ya nos vamos conociendo…

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Sobre Lucía Martín

Lucía no podría vivir sin la escritura, la música ni la tortilla de patatas. De haber vivido en la Edad Media, sin duda alguna, la habrían quemado por blasfema y bruja. Deslenguada, independiente, con sentido del humor, alocada, valiente, rebelde hasta la médula, respondona... Considerando todos estos adjetivos entenderéis por qué su padre considera que ningún hombre, en su sano juicio, querría casarse con ella. Freelance desde 2008, ha publicado en los grupos mediáticos más importantes de España y, como es una amante de la palabra, también ha publicado 7 libros. De momento...

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