Frases de sexo

Citas célebres para entender (o desentender) mejor el sexo: Sheila Jeffreys

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«Cuando una mujer alcanza el orgasmo con un hombre solo está colaborando con el sistema patriarcal, erotizando su propia opresión…».

Sheila Jeffreys

Los y las lectores y lectoras habituales de esta sección saben que, siempre y antes de escribirla, dedico un tiempo extenso, cuando la situación lo requiere, en verificar que verdaderamente la sentencia analizada es literal y pertenece al autor con el que se la asocia. Sé por experiencia propia que las declaraciones pueden deformarse, malinterpretarse y, además, ser atribuidas a un autor porque a alguien «le suena» que aquello podría haber sido dicho por tal o cual persona. Resulta sorprendente lo farragoso, y en ocasiones imposible, que es  realizar esta tarea de verificar la autoría de una cita.

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En tiempos del «corta y pega» basta que a uno le suene que una frase fue dicha en su literalidad y que, además, fue dicha por tal persona para que la asociación, real o falsa, se perpetúe. Referenciar una cita es algo que debería ser tan sencillo como decir en qué obra, entrevista o conferencia fulano dijo lo que dijo pero, hoy en día, lo de investigar y verificar parece como que nos lo trae al pairo, de manera que encontrar la certificación de la literalidad y autoría es muchas veces tarea prácticamente imposible. Ahora bien, el hecho de que esta tarea de certificación pueda fracasar no implica que la reflexión en sí misma (independientemente de quién, cuándo y en qué circunstancias la hubiera podido pronunciar) no tenga valor y merezca un análisis cuando dicha reflexión tiene predicamento y genera doctrina. Dicho esto, debo señalar que, en el caso que nos ocupa, no he podido confirmar concluyentemente que la cita sea de Sheila Jeffreys, si bien todo parece indicar que sí es de ella. Así al menos consta en algunos libros que la citan (a los que se supone investigación suficiente) y en algunos artículos de medios tan solventes, como el británico The Guardian, que dan por hecho que la cita es literal y pertenece a Jeffreys. Eso, unido a que si se conoce un poco la línea de investigación, su cuerpo doctrinario y la forma en la que expone su ideología Sheila Jeffreys, una aseveración del tipo «Cuando una mujer alcanza el orgasmo con un hombre solo está colaborando con el sistema patriarcal, erotizando su propia opresión…», puede encajar perfectamente.

¿Quién es Sheila Jeffreys?

Sheila Jeffreys es una profesora jubilada (tiene en la actualidad 73 años) de Ciencias Políticas en la Universidad de Melbourne, aunque es de origen británico (nació en el East End londinense).

Estudió en la Universidad de Manchester y, con unos 25 años, manifestó su homosexualidad, renunció a los cánones de lo que podríamos llamar una estética femenina y se implicó abiertamente en la corriente más radical de lo que otras como Jeffreys llamaron en la década de los setenta a los ochenta, «feminismo revolucionario» o «Movimiento de liberación de las mujeres» y también «feminismo lésbico», que se origina en la cultura anglosajona (hoy su planteamiento dentro de la «cuarta ola» encajaría en otras denominaciones como «feminismo radical», en contraposición al «feminismo libertario»). Su obra ensayística es bastante extensa, de alrededor de una docena de escritos, aunque, si no recuerdo mal, solo hay un libro suyo traducido a lengua castellana: La industria de la vagina: la economía política de la comercialización global del sexo. Compañera de otras activistas de su misma cuerda, que quizá sean más conocidas para el gran público como Catharine MacKinnon, se puede decir que a Sheila Jeffreys no le ha ido mal en lo profesional. Y cada vez le va mejor, pues el conjunto de creencias y doctrinas que defiende está alcanzando una hegemonía sobre planteamientos feministas divergentes que, si bien pudieran ser más compartidos por la mayoría de mujeres (y hombres), no tienen hoy en día el predicamento ni la promoción académica e institucional de los que goza el «feminismo radical».

Análisis de la cita

¿Cuál es el cuerpo doctrinario de ese planteamiento que le hace decir cosas como la cita que aquí analizamos? Sintetizaremos un poco. Hemos dicho que Sheila Jeffreys fue profesora de Ciencias políticas, lo cual podría parecer un poco sorprendente si tenemos en cuenta que se pasa el día hablando del hecho sexual humano. Pero para este conjunto de creencias y opiniones, el sexo es exclusivamente una manifestación política; la indiscutible plasmación política, social y cultural de un sistema patriarcal que humilla y somete a las mujeres.

Todo lo relativo a nuestra condición sexuada es visto, analizado y llevado a ese planteamiento; si te pintas los labios o te depilas los bajos es porque eres una esclava del heteropatriarcado; si eres una transexual, en realidad eres un varón infiltrado en la sexualidad femenina que «parasita los cuerpos de las mujeres» (declaraciones literales de Jeffreys en la Cámara de los Comunes del Parlamento de Reino Unido); que si los gays son un mal ejemplo para el lesbianismo porque no dejan de ser hombres que actúan en cuanto hombres; si se te ocurre ver porno, estás consolidando un método que justifica la violación de las mujeres; que los sexólogos, analistas y terapeutas en realidad solo somos dispositivos políticos que consolidamos con nuestra educación sexual la eterna opresión a las mujeres, etcétera, etcétera. En definitiva, y esa es otra cita que analizaremos un día, nada de lo que hagas con tu sexualidad te pertenece a ti sola, sino que pertenece a la esfera social; «lo privado es político».

Un segundo aspecto de este conjunto de valoraciones es que la mujer es la eterna víctima de una figura que solo ha venido a destruirla y que siempre lo hará a poco que se le dé un mínimo de cancha; el hombre. Pero ¿qué hombre? Pues todos y cualquiera. El «hombre» es un concepto genérico en el que se pueden proyectar todos los males (y son muchos) que padecemos las mujeres (la violencia y la maldad a las mujeres nunca pueden proceder de otra inmaculada mujer) y, por lo tanto, el hombre es merecedor de todo el odio que podamos y seamos capaces de generar y que luego, ya si acaso, intentaremos argumentar. Con estas dos grandes líneas expuestas es más fácil entender la cita «Cuando una mujer alcanza el orgasmo con un hombre solo está colaborando con el sistema patriarcal, erotizando su propia opresión…».

Satisfacerse sexualmente con un hombre es ser su víctima, no eres tú, mujer, la que se satisface, sino que quien se satisface es el sistema opresivo que te somete. Desplegar la propia sexualidad teniendo en cuenta la relación entre los sexos es simple y llanamente dejarte masacrar por una estrategia implacable de esclavitud que, como una trampa de osos, han puesto ahí para que caigas. Frente a estos horripilantes peligros, lo mejor es aquello de los niños con los niños (mientras queden infantes varones) y las niñas con las niñas o, como podría decirse en refrán castizo, muerto el perro, se acabó la rabia. Fascinante.

A nadie se le puede escapar que la aseveración y el cuerpo doctrinario que sostiene en nombre del feminismo (que para las que nos consideramos feministas es una ambición sagrada) es fundamental y prioritariamente el más radical puritanismo (ya hemos señalado un origen anglosajón en estos planteamientos y algo pudiera tener que ver ese sustrato cultural). El puritanismo, en todas sus múltiples y poliédricas manifestaciones y síntomas, es aquel conjunto de creencias que pretende eliminar, cancelar, erradicar cualquier relación de ambigüedad entre los seres humanos y la relación entre los sexos es, y así tiene que ser, un continuo de ambigüedades, de interpretaciones, de esfuerzos con lo que el «sexo» y todo lo que comporta a la condición humana son siempre vistos por estas salvíficas creencias como algo detestable que debe ser sometido al más completo control, en espera de su abolición definitiva.

Para conseguir ese objetivo de eliminar de la faz de la tierra la ambigüedad entre los sexos, el puritanismo elabora toda una serie de categorías «puras» que convierte el mundo en una continua lucha mortal entre el bien y el mal, pues al puritanismo solo le gusta «lo mismo», lo que es idéntico al puritano. No me extenderé en intentar argumentar lo que de profundamente idiota (de «idios», en griego) tiene la sentencia atribuida a Jeffreys (hay que darle un margen de inteligencia y capacidad crítica al lector que es capaz de pensar por sí mismo) ni la de la legión de sentencias que se asocia a ella y se repite al infinito por parte de mujeres, chicas o chiquillas que, al contrario que Jeffreys, ni saben lo que dicen ni saben por qué las dicen (aunque muchas de ellas tienen muy claro la de likes y followers que conllevan el formar parte de lo que se considera el pensamiento mayoritario).

Eso sí, otro día abordaremos algunas otras de esas citas tan sorprendentes y tan hegemónicas como esta. Ahora, de momento, voy a tomarme un té y a charlar con mi compañero masculino sobre diversas cuestiones, aunque corra el riesgo de que, con ello, este haciendo mala política y de que, además, me haya envenenado la infusión.