Recibo muchos correos cada día. Algunos son preguntas directas sobre sexo, otros intentos torpes de ligar o de conseguir mi número. Pero hay un tipo de mensaje que siempre me detiene: los que llegan en voz baja, casi como un secreto. Confesiones. Historias personales cargadas de deseo, dudas y descubrimientos.
Esta fue la primera.
Si también quieres escucharlo, dale al play y déjate llevar por este relato con audio.
Una tester novata
Mi chico —llamémosle Alex— dice que soy una mujer intensa. Pasé los treinta hace poco, pero insiste en que tengo algo de veinteañera que no he perdido. Quizá tenga razón.
A veces, bromeo y le digo que lo piensa porque mi vagina se ciñe a su verga como un guante de seda.
Vivimos juntos desde hace seis meses. Estoy convencida de que es el hombre de mi vida. Y, sin embargo, nuestro mayor conflicto tiene que ver con algo que forma parte de mí desde antes de conocerle.
Trabajo en marketing… y también pruebo juguetes eróticos.
Alex lo supo desde el principio. Y desde el principio tampoco le gustó.
No lo decía abiertamente, pero estaba ahí. En sus silencios. En sus bromas a medias. En ese «podrías dejarlo» disfrazado de preocupación.
Mi ex tenía dos sex shops. Con él empecé a hacer reseñas, a conocer productos, a explorar sin prejuicios. Y, aunque ya no estamos juntos, seguí colaborando de forma puntual.
Las discusiones fueron creciendo poco a poco. Sin estallar del todo… hasta que todo se torció.
Hace una semana me despidieron de mi trabajo en marketing. Justo después de rechazar una “cena de trabajo” con mi mánager. De esas que todos sabemos cómo terminan.
En casa, el ambiente se volvió denso. Incómodo. Como si de repente todo pesara más.
Y entonces recordé cómo empezó todo.
El principio
Fue el cumpleaños de Alex, un 18 de octubre. Ese día en el que también me pidió que fuera su novia.
Esa misma mañana había recibido varios productos para probar. Recuerdo la escena con claridad: las cajas abiertas sobre la cama, la calefacción encendida, el silencio de la casa. Una humedad consistente bajando por mis muslos…
No me sentía cómoda con el pijama. Me lo quité.
Saqué los juguetes, los coloqué casi sin pensar, encendiéndolos uno a uno. Necesitaba desconectar, dejar de darle vueltas a todo.
Entonces lo vi.
No era el más llamativo. Ni el más grande. Pero tenía algo distinto. Algo que me hizo detenerme.
Lo cogí.
El contacto fue suave al principio, casi curioso. Pero la sensación creció rápido, como si mi cuerpo supiera exactamente qué hacer con él antes que yo misma.
La respiración cambió. El ritmo también.
Todo lo que llevaba dentro —la tensión, las dudas, el ruido— empezó a diluirse en algo más simple, más físico, más claro.
No era solo placer. Era una especie de liberación.
Cerré los ojos. Y, sin darme cuenta, pensé en Alex.
Cuando todo terminó, me quedé inmóvil unos segundos. Luego me reí.
No había probado ni la mitad de lo que podía hacer.
Ahora
La situación en casa llevaba semanas siendo complicada… hasta hace un par de días.
Alex llegó del trabajo. Hablamos. Sin reproches, por primera vez en mucho tiempo.
Entonces se lo propuse.
—Ayúdame con el único trabajo que me queda —le dije.
Se quedó en silencio. Dudando. Pero también curioso.
No apartó la mirada.
—Confía en mí —añadí.
Y lo hizo.
No hizo falta explicarlo demasiado. Solo dejar que pasara.
Su tremenda verga en mi boca.
El asa del juguete en su mano.
El vibrador en mi vagina.
Por primera vez, no era algo que yo hacía sola. Ni algo que él rechazaba desde fuera.
Era algo compartido.
Después
No sé cuánto tiempo seguiré haciendo reseñas.
No sé si este será siempre mi camino.
Pero sí sé una cosa.
A veces, lo que rompe una relación no es el deseo… sino el miedo a entenderlo.
Y a veces, justo ahí, es donde todo puede empezar de nuevo.
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