La vuelta de Sexo en Nueva York

El estreno de And Just Like That («Y así como si nada») no ha dejado a nadie indiferente. Para quien todavía no se haya enterado, se trata de la secuela de Sexo en Nueva York, esa mítica serie de los noventa donde Carrie Bradshaw (Sarah Jessica Parker), Miranda Hobbes (Cynthia Nixon), Charlotte York (Kristin Davis) y Samantha Jones (Kim Cattrall) se atrevían a marcar la diferencia. Entre 1998 y 2004, estas cuatro mujeres conquistaron a la audiencia a través de sus aventuras, intimidades eróticas y fiascos románticos. Pero, asimismo, pusieron el foco en el valor de la independencia femenina y la amistad entre mujeres.

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Cuando la serie se estrenó yo era muy canija, y muy canija quiere decir que tendría apenas siete años. La vi mucho tiempo después, en mis últimos aleteos como adolescente. No es ningún secreto que a esa edad me interesaba mucho el sexo (¿y a quién no?). También tenía mucha curiosidad en la vida y la obra de las poetas suicidas, pero ese es otro tema. Confiaba en que Sexo en Nueva York podría darme algunas pistas sobre mi presente y mi futuro.

Para mí, el visionado de cada capítulo era casi un ejercicio transcendental. Resultaba ciertamente transgresor ver a esas mujeres hablando abiertamente sobre el placer sexual. En la vida real, era muy difícil coincidir o encontrar un modelo en ese sentido. Si bien yo ya hablaba mucho de sexo con mis amigas, no tenía ese referente en mujeres adultas de mi entorno.

A medida que avanzaba la trama, descubrí que lo que más me enganchaba de la serie era su rotunda reivindicación: las mujeres aspiraban a ser las dueñas de su vida, al margen de los dictados sexistas a los que seguían estando expuestas. Las protagonistas encarnaban posiblemente la primera generación de mujeres que disfrutaba de una independencia económica y querían disfrutar de esa posición sin pedir perdón ni permiso. Ellas salían y hacían continuamente lo que querían. Eran divertidas e independientes, a veces frívolas y dramáticas, pero siempre fieles a sí mismas. No tenían esa necesidad infantil de fingir que eran mujeres delicadas. Tampoco se permitían dar lástima. Aunque jamás fueras tan glamurosa y privilegiada como alguna de ellas, podías empatizar con sus dilemas, errores y desgracias, sin caer en la falsa indulgencia.

En el ámbito sexual, Carrie y sus amigas se presentaban en una posición tradicionalmente masculina. Eran ellas las que deseaban, llevaban en muchas ocasiones la iniciativa o disociaban el amor del sexo. Es cierto que la principal experta en cuestiones de alcoba era la inolvidable y todopoderosa Samantha. Sin embargo, todas las protagonistas nos enseñaban pequeñas lecciones sobre la libertad sexual, rompiendo con los estereotipos de género y la vigilancia social. Por ejemplo, que jamás habría que vivir con vergüenza el hecho de tener un vibrador en tu mesita de noche o que a determinadas edades, «estar soltera» no significaba «ser un fracaso».

A ratos parecía que Sexo en Nueva York quería dar respuesta a esa famosa pregunta de Freud: ¿Qué quiere una mujer? Y sí, se examinaba la condición de ser mujer (moderna), pero desde una polifonía de voces y sin intención de complacer al feminismo militante. Quizá por ello se permitió un final feliz e idealizado entre Carrie y Mr.Big. Si bien el desenlace de este romance decepcionó a buena parte del público, pues venía a reforzar los arquetípicos románticos y las relaciones tóxicas, también ofreció una lectura alternativa: era verosímil. Las mujeres independientes también toman malas decisiones con respecto a su vida afectiva.

A propósito de su regreso, me parece rocambolesco acusar a la serie de traicionar a las mujeres o de no ser «suficientemente feminista». No hay que olvidar que muchas actitudes machistas parten de la idea de que se puede ridiculizar y humillar a las mujeres a través de su sexualidad. Es decir, que el estatus de una mujer depende de lo que hace o no hace con su cuerpo. Ante ello, Sexo en Nueva York, como producto televisivo, ofreció una nueva narrativa. Así, puso en jaque muchos estereotipos, aunque no logró derribarlos todos. Pero ¿acaso era este su fin? No lo creo y tampoco debería serlo a su vuelta.

En un ambiente donde los desvaríos de la «política de la identidad» sabotean muchas expresiones artísticas puede que, en su regreso, la producción ajuste cuentas con lo políticamente correcto. Aunque esto puede lastrar la frescura de la serie, espero que la esencia de la misma se mantenga: las mujeres jamás deberían vivir con miedo o vergüenza por atreverse a explorar el placer y ser ellas mismas, mujeres libres.

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