Mujeres libres

Mujeres libres: Harriette Wilson, la prostituta que hizo temblar a un imperio

El sociólogo Durkheim lo llamaba «anomia». Recuerden ese término porque estamos a un paso de él. Significaba aquella situación que se daba cuando las leyes eran tan ingentes, tan ridículas, estúpidas o tan contradictorias entre ellas que la ciudadanía simplemente dejaba de obedecerlas. El problema de esta situación, según recordaba Durkheim, era que no solo se desobedecían las leyes incongruentes, sino que dejaban de ser atendidas todas. La anomia devenía entonces el fundamento del caos, la barbarie y el pillaje: la absoluta fractura de aquel contrato social que nos permitía, mientras su plasmación en leyes era coherente y sensata, mantener una cierta estabilidad y paz en nuestras sociedades.

Este principio de desobediencia no solo se aplica a lo que dicta el legislativo, sino también a las costumbres morales: mientras más restrictiva y puritana se muestra una sociedad, especialmente en su concepción del hecho sexual humano pero también en otros como el de la salud pública, por citar algunos, más «depravados», «enfermos», «pecadores» y «mojigatos» por metro cuadrado se generan. Esta es una máxima tan constatable como la crisis climática. Mientras más se pretende controlar, regular, legislar moralmente a un ciudadano hasta en los aspectos más insignificantes de su condición sexuada, más sujetos muestran su disconformidad, más se salen de norma, y más expectación, audiencia y curiosidad despiertan entre la ciudadanía. El «efecto Robin Hood» del transgresor ensalzado por el pueblo está garantizado.

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Contexto

Si tomamos como ejemplo de una sociedad restrictiva hasta la ridiculez (hay en la misma actualidad infinidad de casos más) la Inglaterra del XIX, sometida a los imperativos morales victorianos, vemos que en la misma sociedad coinciden regulaciones tan aberrantes como tapar las patas de las mesas para proteger a las doncellas de posibles ardores carnales (¿a quién no le recuerda la pata de una mesilla un falo erecto?) con prácticas sexuales y eróticas tan extremas que pondrían los pelos de punta a más de un «liberado» de nuestros días, todo ello bajo la manta de la exquisitez, la cortesía y la educación de un gentleman. Así que, encuadrados el marco conceptual (la anomia general frente a lo absurdo de ciertas leyes y en concreto de restricciones sexuales) y encuadrado el tiempo cronológico (el tiempo británico que va del puritanismo de Cromwell a la Restauración y desemboca en el reinado de la Reina Victoria), pasemos a hablar de Harriette Wilson.

Harriette Wilson, sus hermanas y su «curiosa» educación

Harriette nace en Londres el 2 de febrero de 1786. Es hija de un modesto comerciante de procedencia posiblemente suiza y de apellido Dubouchet o De Bouchet (que posteriormente y para integrarse mejor cambia por el de Wilson) y de una señora de nombre, Amelia Cook. Los impedimentos al control de natalidad o la ignorancia, que suele ser la mejor de las restricciones, hacen que la pareja tenga quince descendientes (ya sabemos a lo que se dedicó la señora Cook), de los cuales, cuatro son hembras y el resto, varones. El orden moral exige el prototipo de fémina agradable, modosita, devocional con su esposo, con lo que es de esperar que las cuatro chiquillas sean educadas en esos valores «del follar» solo para ser madre y pensando exclusivamente en la Reina.

Pero, qué casualidad, de las cuatro chicas, todas serán instruidas por su propia voluntad y con el beneplácito del señor Wilson para ser avezadas prostitutas. De la mayor, una tal Amy Wilson, a la más pequeña de todas, Sophia, se van trasladando conocimientos sobre las artes de la seducción y la amatoria y todas adquieren un auténtico magisterio y un cómodo sustento vital en él. Tanto es así que, según relata Harriette, se las llegaría a denominar Las Furias, y no faltaron entre ellas tampoco los casos de pillaje en los que distintos amantes se pasaban ofreciendo sus prebendas de una a otra de las hermanas no siempre con el salvoconducto de la «titular». La mayor competencia parece que se estableció entre Amy y Harriette, mientras que la que menos entró en estos fangales fue Sophia, que se desposó pronto con un aristócrata.

Harriette, por lo que cuentan las crónicas, no es particularmente hermosa (de ojos saltones y cara delgada y paliducha), pero su habilidad y su determinación vital hacen que, con apenas quince años (la esperanza de vida al nacer en la Inglaterra del XIX estaba entre los 30 y 40 años, por lo que había que darse prisa), es ya una consumada seductora que ha sabido sacar en la pesca de altura un buen pez gordo: el general mayor William Craven (ya por aquellos años, Barón de Craven y ayuda de campo de Su Majestad Jorge III).

Las puertas al campo, si alguna vez habían existido, ya nadie podía ponérselas por delante. A partir de ahí, deviene una de las cortesanas más celebradas y visitadas de la aristocracia británica. Sus excelsos amantes se cuentan a cientos, pero para las que somos más amantes de la literatura que de las aristocráticas celebrities del papel cuché, nos resulta obligado mencionar el nombre de un Lord: George Gordon, llamado Lord Byron.

Un giro sorprendente

En 1825, con Harriette contando ya 39 años y toda una dilata carrera de alcobas, se produce un giro sorprendente en su carrera que pondrá contra el filo de una pluma toda una manera hegemónica de entender el mundo. Harriette descubre dos cosas: que sabe escribir, que tiene, pese a su poca instrucción en esos menesteres, talento literario y lo que mencionábamos antes, que en una sociedad enferma de regulaciones prohibitivas, lo que ella puede relatar capta extraordinariamente la atención del público.

Sus aventuras son esperadas con inusitada avidez, entre el cotilleo y el sentido de libertad, como un hecho que amenaza la completa escritura de un imperio y como un soplo de rebelión contra la hipocresía de los garantes del orden moral. Y Harriette publica The Memoirs of Harriette Wilson, Written By Herself y lo hace con la astucia, la valentía (y también con la incuestionable maldad) de la que sabe lo que tiene entre manos y no tiene escrúpulo alguno en sacarle todo el rendimiento que le garantice una jubilación dorada.

Las publica de forma folletinesca, un poco como las series de hoy en día en las que suben un capítulo por semana, con lo que la ingente expectación va alcanzando progresivamente el paroxismo y, antes de publicarlas, chantajea a unos doscientos aristócratas con la noticia de su publicación, de forma que si pagan, y una gran mayoría va a pagar, su nombre y circunstancias serán camuflados. En caso contrario, todo sobre ellos se contará con pelos y señales. Y no falló ni en un pelo ni en una señal.

El hoy y el ayer

A nadie se le escapa que el poder de la información y la crueldad con la que esta se puede volcar es una constante de nuestro tiempo. Pero son muchas cosas más las que asemejan este hoy a aquel pretérito ayer anglosajón en el que aquello que Nietzsche llamó la «felicidad inglesa» también imperaba. Lo de tomar nota de la historia ya parece que no sea algo que vaya con nosotros, pero en estos tiempos de transparencia hasta el hueso y puritanismo hasta la médula, convenía recordar la historia de esta mujer, de Harriette Wilson, que ya fue un ejemplo de lo que los listos de ahora creen haber descubierto, de lo que los poderosos de ahora creen poder hacer, de lo que los bobos de ahora creen poder evitar y de lo que los mojigatos de ahora creen poder ocultar.

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