El reencuentro – Extracto de La mujer fetiche

Este es un extracto del capítulo “SED” de la novela de Mimmi Kass La mujer fetiche. Una de las más populares y mejor valoradas del Premio literario 2018 (en el top 20 de libros extranjeros en español, entre los cincuenta primeros en Amazon España, y entre los diez primeros mejor valorados en los dos mercados).

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Novelas eróticas

La mujer fetiche

Sinopsis: Carolina avanza con paso decidido en el descubrimiento de un mundo sensual y de erotismo sin límites. La mano de Martín la guía con firmeza, pero no está dispuesto a renunciar a su independencia y libertad. Las carencias emocionales y afectivas desconciertan a Carolina, y la empujan a enfrentar nuevos retos, pero los juegos malabares no parecen ser su fuerte y es imposible no cometer errores. Óscar irrumpe en su vida como un huracán y el amor la pilla por sorpresa. ¿Qué hacer cuando en tu cama y en tu vida no sois solo dos?

El reencuentro – Extracto de La mujer fetiche

No esperaron a entrar en la casa de Óscar para empezar a desnudarse. Algunas de las prendas quedaron abandonadas en el garaje. Otras en el vestíbulo. Otras en el salón.

Entre besos, abrazos y mordiscos, Carolina lanzaba miradas curiosas a su casa. Era la primera vez que estaba allí.

—Es preciosa.

—Mi primer trabajo como arquitecto, junto con mi padre.

Óscar buscaba los cierres de aquella prenda tan extraña, que no era una camiseta ni tampoco un sujetador.

—¿Tu padre es arquitecto? Hijito de papá —se burló, dándose la vuelta para mostrarle que se abría por delante con una lazada. Óscar tironeó de los cordones y se lanzó a chuparle los pezones en cuanto los liberó.

—La «ge» en realidad es de Guggenheim, utilizo el Gorostiza para ocultar que soy su hijo —dijo con tono dramático.

Carolina detuvo el frenesí de sus movimientos unos segundos y luego soltó una carcajada y siguió con la labor de desprenderlo de la camisa arrugada por el viaje.

—Por un instante me lo has colado. ¿Tus padres viven en Bilbao?

—Sí, desde que se jubiló mi padre hace un par de años. Ahora la casa la uso yo.

Extendió unos dedos ávidos hacia sus bragas, pero Carolina los palmeó con fuerza. Óscar gruñó.

—Te vas a enterar. Esta vez te la voy a devolver.

Echaron a correr entre risas escaleras arriba. No llegó muy lejos. Óscar la agarró con fuerza de un tobillo y tiró. Ella cayó hacia adelante y tuvo que apoyar las manos en un escalón.

—¡Me vas a tirar!

—Te lo tendrás bien merecido.

Carolina conectó una patada hacia atrás sin intención de darle, pero lo alcanzó de pleno en el pecho.

—Se acabó —dijo Óscar en un tono letal.

Salvó tres escalones de una zancada y agarró a Carolina por la cintura. Le arrancó las bragas y ella comenzó a protestar. Buscó entre sus muslos con el borde de la mano y comprobó, satisfecho, que su sexo destilaba miel. Hundió los dientes en su nuca con un mordisco animal.

—Fóllame. Aquí, en la escalera —suplicó ella en una orden que era un ruego autoritario.

—Ahora empezamos a hablar.

Óscar la cubrió con su cuerpo. Carolina evocó la imagen de una hembra siendo montada por un semental. Su boca masculina seguía con besos, succiones y pequeños mordiscos en el cuello. La sostenía con facilidad con un brazo sobre los pechos y con la otra la masturbaba sin piedad.

—Quiero que me la metas. Ahora.

El ruego había desaparecido, sustituido por la desesperación. Óscar la penetró con los dedos y Carolina dio un grito exasperado.

—Tu polla, Óscar. Ya.

—Un momento —jadeó él, apoyando su miembro entre sus glúteos—. Quiero… —No se decidía a verbalizarlo. Tenía la mirada fija en un solo punto de su anatomía. Carolina se volvió para interpretar su expresión.

Hambre. Gula. Lujuria.

Y entonces, comprendió.

Subió un escalón para poner algo de espacio entre ellos. Óscar no se movió tras ella. Carolina se volvió y con una mirada directa, que invitaba a perderse en el segundo círculo del infierno, apoyó ambas manos en sus nalgas, las masajeó ante su expresión ávida y, con un movimiento descarado, las abrió.

—¿Es esto lo que quieres? ¿Mi culo? Dímelo. ¿Quieres mi culo?

Inclinó el cuerpo hacia adelante para exponer aún más sus orificios y él gruñó.

—Quiero tu culo.

Carolina soltó una carcajada y se impulsó hacia adelante.

—Pues ven a buscarlo. A ver si me pillas.

Pero aquella escalera era larga, muy larga. Y Óscar más ágil y rápido. La atrapó solo unos escalones más arriba y la inmovilizó contra ellos sin contemplaciones.

—¡Cuidado, que me vas a partir por la mitad! —protestó entre risas al sentir el peso masculino sobre su espalda.

Él la ignoró, ocupado en dibujar un camino de besos por su columna vertebral hasta el encuentro de sus glúteos. Carolina soltó un grito cuando notó el rostro de Óscar hundirse entre ellos y tantear con la lengua en su oscuro interior. El puñetazo de lascivia la pilló por sorpresa y se quedó inmóvil ante la caricia desconocida. Alerta, atenta al trabajo de la lengua abriendo poco a poco su ano.

—Óscar, ¡oh! —Escuchó con sorpresa su propio gemido desgarrado.

Él se incorporó. Sin despegar la boca de su espalda, trazó una línea de fuego hasta la nuca y la encerró con su cuerpo.

—Ah, Carolina. Ahora sí. —Primero, hundió su erección en el sexo hinchado y palpitante con un gruñido de alivio—. Ahora sí.

—Óscar, mejor en la cama, ¡aquí no! —dijo, desfalleciente.

Hizo un intento inútil de gatear por los escalones hacia arriba. Él la retuvo, su aliento jadeante sobre la mejilla al compás de cada embestida, los labios rozando la piel. La sostenía de la mandíbula e introdujo dos dedos en su boca para hacerla callar. Ella los succionó y mordió.

—Joder, me voy a correr. Esto es demasiado… Demasiado.

—Ahora, Óscar. Por el culo. Por el culo. Por el culo —repetía, sintiendo que el hambre que la atenazaba no se saciaría jamás—. ¡Fóllame!

No se hizo de rogar. Salió de ella, cubierto con su esencia y Carolina volvió a separar sus nalgas con brusquedad. Óscar lubricó su ano con los dedos y apoyó la punta dura y suave en la entrada y, con un solo movimiento, se empaló en ella hasta el fondo.

El latigazo de placer y dolor fue demasiado y Carolina se corrió, entre gritos. Perdió el sostén de sus manos, y trastabilló hacia adelante. Se echó a reír, descontrolada, pero él la sostuvo. Sus brazos tenían fuerza de sobra para contenerlos a los dos. La pérdida de equilibrio hizo bajar la intensidad de sus movimientos y paladeó con calma la cadencia que lo adentraba en sus entrañas. Una pregunta quedó suspendida entre los jadeos mientras el orgasmo azotaba también a Óscar.

—Carolina, ¿qué voy a hacer contigo?

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Fetichismo sexual

Sin miedo y sin armarios: soy fetichista

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