Películas eróticas

Tasso (des)monta la película: «Infiel», la que se avecina

Hay títulos que esconden poco. Si empiezas a ver, por ejemplo, María Antonieta, sabes, a poco que te alumbren unas pocas luces, que van a hablar de María Antonieta y lo que queda por saber, antes de adentrarte, es cómo Sofía Coppola, en este caso, va a afrontar la biografía del personaje. Otros títulos, en cambio, no dan pista alguna sobre lo que va a adentrarse en la obra. Por ejemplo, el de Roy Andersson, Una paloma se posó en una rama a pensar sobre la existencia.

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En el caso de Infiel, la película de Adrian Lyne de 2002, no solo tienes una idea clara de lo que se va a afrontar, sino que, además,  tienes una idea de cómo se va a afrontar a poco que ya hubieras visto algunas propuestas del director norteamericano, como Nueve semanas y media, Atracción fatal o Una proposición indecente, así como su inclinación ocasional al remake como fue el caso de Lolita o, en este caso, a un título original de Chabrol de 1969, que era todavía más explícito: Une femme infidèle (Una mujer infiel, Infiel [España] e Infidelidad [Hispanoamerica]), con lo que ya no quedaba duda de que el infiel no era un sarraceno ni tan siquiera un hombre, sino una mujer. Cosa, por cierto, que no le quitó un ápice de interés a la obra de Chabrol, bastante más interesante, dicho sea de paso y como sucede entre original y copia, que la de Lyne.

Pues bien, como se deduce de lo anterior, Lyne se va a ocupar de una infidelidad. De lo que es, de cómo se vive por las personas implicadas y de las consecuencias trágicas que suele acarrear.

Sinopsis

La estructura argumental y narrativa que presenta Lyne es básicamente la siguiente: una mujer todavía joven (con la latente y recurrente amenaza de un arroz que se puede pasar a poco que se despiste), casada con un tipo simpático, amable, guapetón y entregado, que le aporta una estabilidad afectiva y económica, con un hijo tierno con su punto de tontuelo vivaracho, tropieza por casualidad un día de ventolera (presagio del huracán que se avecina) con un joven francés, medio bohemio medio ilustrado, que está como un queso.

A partir de ahí se explora, o al menos se apuntan, las emociones que componen lo que viene en llamarse infidelidad: el sentimiento de culpa y suciedad por parte de ella tras el primer encuentro con su amante; la desconfianza que se despierta en el legítimo, el consabido «¿Me quieres?» con el que el marido la interroga (no tanto por averiguar como para recalcar lo inconcebible que puede estar sucediendo); la progresiva desinhibición de ella en su relación extramatrimonial que se empieza a manifestar en lo público; la euforia que se va apoderando en cada encuentro y que la muestra como una persona poseída ya por la hybris del enamoramiento; el rechazo al encuentro carnal con el marido (reafirmación de la culpa en ella y de la sospecha en él); la voz de la amiga que, como el superego freudiano, le advierte de lo que se pone en juego en una infidelidad que ella, arrebatada, se pasa por allí por donde circula el francés; la compra de ropa interior sexi; el marido que debe ya confirmar lo que sucede y contrata a un detective y va y lo confirma de forma que la situación le deviene inconcebible; la charla que mantiene en el lugar del fornicio extraconyugal con el amante de ella y del que surge la pregunta: «¿Hablabais de mí?», que bien podría haber sido «¿Me habéis traído aquí?», en una insondable incredulidad.

A partir de ahí (llevamos ya una hora y diez minutos de película y nos quedan unos cuarenta minutos), comienza el apartado thriller que concluirá con otra pregunta, esta vez por parte de ella: «¿Qué vamos a hacer?», cuando todo lo sucedido está a las claras y la conclusión inminente no apunta a satisfacer la continuidad de la pareja (nuevamente, al final, retorna la asociación afectiva pareja a situarse en el centro).

Tráiler

Análisis

Este esquema puede resultarle a alguno quizá excesivamente convencional y hasta arcaico o patriarcal para otros que, en estos gloriosos tiempos de la sustitución y el desapego, creen haber superado todos esos engorrosos inconvenientes (cuando quizá lo que de verdad han suprimido, sin saber que el vacío malestar que sienten es ese, es la propia capacidad de amar), pero lo cierto es que es un esquema acertado por universal en lo narrativo.

Las distintas fases que se exponen concernientes a la infidelidad: el arrebato en forma de irrupción del tercero, los celos (eso que con extraordinario acierto llamó Annie Ernaux: «La ocupación»), la incredulidad, el abismal desconcierto o el dolor radical e inconsolable por un mundo de sentido que se acaba, son las fases que suelen embestir en la línea de flotación, demasiadas veces con efectos devastadores, a la mayoría de las parejas (casi se podría decir que una pareja es el resultante de cómo afronta esa problemática).

Y, además, suele hacer de manera irremediable, fatídica, en todos aquellos amores que, como buenos amores, intentan sostenerse en el tiempo. Mucho hay que hablar, mucho he hablado y mucho he abordado en consulta sobre el tema y sus infinitas particularidades, así que aquí nos limitamos a enunciar lo que normalmente en los sujetos afectados resulta inefable, por carecer de palabras, por no posibilitar el tramar sentido sobre ello.

Una propuesta entretenida

En la película de Lyne, una actriz destaca por encima del resto del elenco: Diane Lane, nominada al Oscar por este papel y a todos los demás premios que se puedan conceder de interpretación en EE.UU. Su sensualidad es desbordante, sorprendente y su ambivalencia de posiciones entre la entregada, pulcra y convencional ama de casa y la amante desbridada es simplemente magistral.

Richard Gere, el marido ejemplar, también trenza un buen papel en la que quizá haya sido su mejor interpretación y Olivier Martinez se apoya más en su atractivo físico que en sus habilidades para sacarle jugo al papel (cosa que sí supiera hacer con mejor fortuna el misterioso Maurice Ronet en la original de Chabrol).

Ellos hacen, junto a un buen oficio en la dirección de Lyne, que esta propuesta sea entretenida y que, aunque no alcance la excelencia, tampoco produzca la sensación de que uno está desangrando su tiempo al contemplarla.

Decir por último que para los interesados en el tema no puedo dejar de recomendar la obra de título homónimo (Infiel), dirigida en el 2000 por Liv Ullmann, con guion de Bergman, de la que otro día nos ocuparemos, que aborda, con infinita más crudeza, sentido y complejidad el asunto, siempre espinoso y siempre universal, de la infidelidad. De la que se avecina.

Lecturas recomendadas:

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Infidelidad y reconciliación: Kristen Stewart y Robert Pattinson – Historias de amor

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