Tasso (des)monta la película: Las amistades peligrosas o las problemáticas del erotismo

«Seducere» es el verbo latino que sirve de origen etimológico al término «seducir». Originariamente, la conjunción del prefijo se- y de -ducere (conducir, guiar, dirigir… como duque o Duce, que empleaba como cargo Mussolini) significaba algo así como «sacar de sitio», conducir por el camino que uno no quiere tomar, guiar por un camino no elegido…

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Las amistades peligrosas

De hecho, en las traducciones latinas de Aristóteles y para explicar aquello de su metafísica de acto y potencia, se dice que «el fuego seduce a la madera». Esto es, que la saca de su acto (madera) para devenir el acto que tiene en potencia pero que ahora no es el suyo (el fuego). Seducir es siempre, conceptualmente, una acción sutilmente violenta que implica contradecir la voluntad del seducido: obligarle a cumplir el requerimiento del seductor mediante artimañas, tretas y estratagemas… De manera sutilmente impositiva. Eso lo saben los conocedores de las etimologías, pero también lo saben los auténticos seductores y las auténticas seductoras. Nada pone más a un seductor que la resistencia considerable del seducido y nada le enaltece más que las más hábiles estrategias para vencer, como si no se quisiera, esas resistencias. No es de extrañar, entonces, que el erotismo (la consustancial inclinación de todos por afectar y por dejarse afectar por los demás) tenga una extraña y gran vocación por los tortuosos caminos de la seducción.

Sucede, y esto lo sabe una más por vieja que por seductora, que cuando uno es un cabrón, esa condición la plasmará allá donde actúe. Es igual que sea carpintero o zapatero, católico o ateo, casto o seductor, que allí en lo que emprenda siempre se reflejara su condición de cabrón, muy por encima de la actividad o el marco de legitimidad que tenga. Un cocinero cabrón, por ejemplo, siempre será antes cabrón que cocinero y encontrará mil y una maneras de hacer de su cocina la manera de ser un cabrón. Que nadie lo dude.

Una historia de erotismo, seductores y cabrones, con muchas adaptaciones

Si esta presentación os «seduce» (con lo a gusto que estabais ahora rascándoos la barriga y os vais a tener que poner a leer) y queréis conocer una historia de erotismo, seductores y cabrones (o de erotismo, seductoras y cabronas), no dejéis pasar por alto una obra cumbre: Les liaisons dangereuses (traducida aquí como Las amistades peligrosas), bien en la obra literaria original de Pierre Ambroise Choderlos de Laclos o bien en alguna de las adaptaciones teatrales o  cinematográficas que de ella se han realizado. Aquí nos vamos a centrar en la adaptación cinematográfica (para servidora, la mejor) que se realizó en 1988, por parte del realizador británico Stephen Frears.

Tráiler de la película

Sinopsis

La historia transcurre en el siglo XVIII (el tiempo en el que vivió Choderlos de Laclos, el autor del libro), en una Francia pre-revolucionaria (la novela se publicó en 1782) entre damas y caballeros de corte, los mismos por los que el autor sentía una especial inquina, por entenderlos siempre dados a la ociosidad, la hipocresía y la manipulación. La marquesa de Merteuil (una Glenn Close que se sale) se encuentra entre el despecho y el aburrimiento… Y ya se sabe que cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo. Un amante suyo, un cualquiera, ha decidido esposarse con una jovencita; la virginal Cécile de Volanges (Uma Thurman en sus más mozos años) que, a su vez, está infantilmente enamorada de su profesor de arpa, Raphael Danceny (Keanu Reeves, cuando todavía le ofrecían guiones de verdad). La marquesa de Merteuil planea venganza y, para ello, acude al más aventajado seductor de la corte, un antiguo amante por el que quizá, solo quizá (pues con la marquesa nunca se sabe) sintió las más altas cotas de pasión: el vizconde de Valmont (John Malkovich, que va y lo borda también). Pero Valmont anda metido en otros asuntos; está intentando seducir a Madame de Tourvel, una casta, religiosa y fidelísima esposa interpretada por una bellísima Michelle Pfeiffer. Entre las dos soberbias autoconciencias, las de la señora marquesa y la del seductor vizconde, se establece un acuerdo en forma de lucha de poder; si él consigue desvirgar a Cécile, Madame de Merteuil yacerá con él una noche. Pero la cosa se complica. Y mucho. Pues ese propósito es conseguido por Valmont sin despeinarse (y casi sin bajarse las calzas), con lo que el siniestro «juego» entre los dos seductores tiene que ir mucho más allá, siempre más allá.

No voy, por si alguien no ha gozado aún de esta historia, a destripar ni los entresijos ni la conclusión, pues también es tarea de los seductores y de los aspirantes a seductores el currárselo, viendo o leyendo este exquisito planteamiento que es Las amistades peligrosas, pero diré alguna cosa más…

El feminismo dentro de la obra

La adaptación es sencillamente magistral y las interpretaciones, en las distintas intensidades de los protagonistas, son soberbias. Frears, como buen británico que es, de dobleces, sabe un mundo; entiende lo que cuenta y sabe llevar a cada solista a conformar un conjunto coral que marca los ritmos, los éxtasis y las pasiones a unos extremos que ya quisiera para sí la Sinfónica de Berlín. Otra nota curiosa, por lo anticipativo que resulta la joya literaria de Choderlos de Laclos (y por lo bien que sabe trasmitirlo Frears), es el tema del feminismo. Choderlos de Laclos fue un ferviente defensor del feminismo incluso antes del de «la primera ola». Sabemos que sus ideas eran, en esta materia, enormemente avanzadas y que luchó porque las mujeres adquieran, en su época, cotas de nivel equiparable a las de los hombres, para no tener que depender de ellos ni someterse. Algo que se advierte en cada refinadísimo y ambiguo diálogo de Madame de Merteuil con Valmont, por ejemplo, cuando él la observa y le dice:

«–A veces me pregunto cómo habéis conseguido inventaros a vos misma

–No he tenido otra opción; soy mujer».

O en aquel otro en la que la señora indica, siguiendo ese sueño de Choderlos:

«–Me convertí en una virtuosa del engaño, pero no buscaba el placer sino el conocimiento».

Pero el hecho de que Madame de Merteuil sea una aventajada feminista que, por encima de todo, detesta a los hombres que han sometido a las de su estirpe desde el origen de los tiempos, no hace de ella una buena persona, sino una persona que, como decíamos al principio, empleará cualquier cosa para detestar, es decir, una arpía… o una cabrona de tomo y lomo. Pero, y ese es un matiz importante en estos tiempos del blanco y el negro, esa condición de crueldad infinita a la que no puede renunciar, tampoco inhabilita su discurso feminista. No por ser feminista es buena persona y no por ser mala persona es feminista: ¿puede hoy en día entenderse eso? Porque en 1782 se entendía (y ni siquiera había estallado la revolución francesa). Y en 1988 también…

Un erotismo inteligente: mostrar sin enseñar, proponer sin concretar

La última cosa que me gustaría destacar es el inteligentísimo erotismo de la obra. Sí, erotismo puro y duro, mucho más puro y más duro que el de un millón de propuestas que le han seguido que, por no entender lo que era el erotismo, lo reclamaban a voz en grito. Con apenas unas nalgas de Uma Thurman, por única escena de desnudo (si no recuerdo mal) mientras escribe una carta que le dicta Valmont y sin hacer explícita una sola interacción sexual, Las amistades peligrosas es una obra maestra en lo de mostrar sin enseñar, en lo de proponer sin concretar, en lo de hacer explícito escondiendo. Y una obra maestra en lo que de trágico tiene, cuando uno se tropieza con los propios cordones, el erotismo y en lo que de patético también puede tener (cuando el que se tropieza es el más listo de la clase). En medio, las euforias y las satisfacciones de los que saben hacer del erotismo la inteligencia más prístina. Y no me refiero tanto a Merteuil y Valmont como a Choderlos y Frears. Una película (y una obra) que valen por mil. Y es que a los buenos entendedores (y a los buenos seductores), con pocas palabras basta…

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