17 minutos (VII) – Crónicas Moan (by Eme)

El juego de «alumna y profesor» siempre ha funcionado…

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Narración: Karen Moan

17 minutos (VII)

Eres una alumna díscola, a quien a menudo tengo que llamar la atención en clase porque no solo no atiendes, sino que distraes al resto con una actitud provocadora y algo vulgar. Has suspendido la asignatura y has tenido la desfachatez de pedirme una tutoría para repasar tus notas. Según las normas de la Universidad, estoy obligado a hacerla, pero no me gusta nada nada perder el tiempo. Te cito este próximo viernes a las 7 de la tarde en mi despacho, esperando que el horario te desmotive y no aparezcas.

Encuentro en mi email estas instrucciones del juego semanal. Como cada lunes, puntual, a las 8 de la mañana, antes de empezar la jornada. Sabes, sé, que este mensaje se clavará en mi pupila, que lo leerá cien veces, lo memorizará como dogma, que resonará como un latigazo en mi coño. Sabes, sé, que durante toda la semana solo pensaré en qué llevaré puesto y quién seré entonces. Sabes, sé, que buscaré en mi memoria recuerdos de mi adolescencia, en la cual nunca fui díscola ni vulgar ni suspendí un examen. Pero encontraré el hilo porque si has sido capaz de sacar de mí a esta des y controlada mujer, es porque algo hubo antes.

Y además, sí, los clichés funcionan, profe/alumna, enfermera/ paciente, caperucita/lobo.

Viernes por la mañana. El conjunto elegido es una camisa negra con un mínimo escote y una bonita falda de tablas con raya blanca, que paseo en varias ocasiones por delante de tu despacho, sin mirar dentro. La ausencia de bragas es ya un leitmotiv.

A las 6 estoy en tu puerta. Entiendo que un minuto de retraso puede ser fatal. Así que, llego una hora antes.

–Pase Srta.

Entro y me quedo de pie.

–Siéntese, por favor

–Si no le importa, prefiero quedarme de pie. Estoy algo nerviosa.

Tu sonrisa, durante un microsegundo, revela un irónico y sutil desprecio.

Puff… tu también has hecho los deberes. Tu postura y mirada me ponen nerviosa. No va a ser nada fácil. Necesito encontrar la fisura, sé que existe.

Me siento y comienza el espectáculo y mi interpretación. Llevo la conversación desde el reconocimiento de mi irresponsabilidad a la victimización, del arrepentimiento a la súplica, de la ñoñería al llanto. Tus contestaciones son secas, bordes, exasperantes. Los silencios empiezan a ser demasiado largos. Ahora estoy muy nerviosa, empezando a dudar si sigue siendo un juego y, si es así, sé que lo estoy perdiendo. Dudo si también te estoy perdiendo a ti, por un momento siento que te he cansado, que no sé jugar ni interpretar. La boca se seca, siento frío dentro, reconozco el miedo, y unas, esta vez, reales lágrimas luchando por salir. Pero de pronto, mi tristeza y desconcierto van mudándose hacia esa otra emoción que provocas tan a menudo, y que en esta ocasión llega en forma de explosión, de rabia, de mucha rabia… ¡¿quién cojones te crees que eres para tratarme así, pedazo de imbécil?! Mi cuerpo arde, mi cabeza explota en insultos que no salen por la boca hasta que me levanto de la silla y, con pretendida frialdad, suelto:

–Mire profesor, me he cansado de esta conversación, creo que lo que usted necesita es que le follen, porque está claro que es un amargado y un gilipollas. Me da exactamente igual que no me toque la nota, lo que puede estar seguro es que no me va a tocar un pelo.

Me levanto enfurecida, roja, loca, voy hacia la puerta, cuando siento que me empujas hacia la pared del despacho y, sin saber cómo tu polla me embiste, clavándome en la misma, sintiendo tu carne atravesarme, inmovilizándome con todo tu. Cuando surge dentro de mí un gutural rugido, me tapas la boca imposibilitándo la protesta, y entonces, me follas, de rápido a lento, sujetando mi cuerpo con el tuyo, y te detesto, odio tu puto juego, a ti, a ti, a tu polla que cada vez me penetra mas despacio, y te escucho:  te dije, díscola y entonces….

(Continuará…).

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