17 minutos (II) – Crónicas Moan (by Eme)

La propuesta era jugar y el juego comenzaba depositando las bragas en un sobre…

Si lo deseas, puedes leer la primera parte aquí.
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Narración: Karen Moan

17 minutos (II)

Ceder tu voluntad supone un ejercicio de desdoblamiento de tu personalidad de tal magnitud que, durante un tiempo, no te reconoces a ti misma. Sobre todo si la idea de hacerlo no estuvo nunca en tu mente. Cuando, un día, recibes la primera orden y tu siguiente emoción es la rabia mezclada con vergüenza, no sabes por qué, tuya. ¿Acaso no fue él quién se saltó todas la reglas? Y, sin embargo, cuando esa sensación pasa a alojarse en otras partes de tu cuerpo, alucinas. No te lo puedes creer, y a la vez, no puedes dejar de querer que sea cierto.

Tras una noche casi en vela, en la que cada palabra de aquel mensaje de texto iba dibujando una posible escena, me levanté, me miré al espejo y no era yo. La mujer que me devolvía la mirada tenía una determinación desconocida, planeaba qué ropa ponerse y a qué hora acercarse a aquel armario de material, con las bragas en el bolso, para buscar un sobre en el que meterlas y cerrarlo lamiendo lentamente, mientras el destinatario no le quitaba la mirada.

Y con una pasmosa tranquilidad, aquella mujer se decidió, evidente, por un traje de chaqueta con falda de tubo, de manera que la idea de su sexo expuesto, le recordase cada minuto del día el porqué.

Así que sin esperar demasiado, quizá con temor a descomponerse, aquella nueva yo envió un mensaje a ese, ayer compañero, hoy amante.

–A las 11 te llevo tu sobre.

–Bien, estoy deseando conocer tu olor.

Tras leer la respuesta, siento como mis piernas flaquean en el camino al baño, mi cara se pone absolutamente colorada y la visión borrosa. La idea de que, en unos minutos, mis bragas estén en su poder y que tenga la increíble desfachatez de olerlas en este mismo sitio, llamado oficina hasta ahora, me resulta tan brutal, tan transgresora, tan imprudente, que tengo que dejar de pensar y simplemente actuar por aquel coño que ayer insistió que esto era una magnífica idea.

Entro, deslizo mis bragas y el contacto de la tela en las piernas es distinto, es como una caricia, suya, porque es una decisión, suya.

Así cómo siento mis labios inferiores, latiendo, con una fuerza desconocida, y cómo tengo que limpiar aquel líquido que no ha dejado de gotear, constante, desde ayer, creo.

Me dirijo hacia el armario flotando, igualmente cojo el sobre, maniobro con torpeza y coloco las bragas dentro, temblando. Al darme la vuelta y sentir su intensísima mirada, una seriedad que no esperaba en su rostro y su aparente tranquilidad, creo que voy a caerme al suelo. Pero no, camino más o menos erguida hacia su secretaria y con un hilo de voz, le pido que le entregue el sobre al Sr. Garza.

No he llegado a mi sitio cuando recibo una foto suya, con la prenda en sus manos, acariciándola. Desvío mi trayectoria, no puedo más, siento por primera vez, dolor, los músculos de mi sexo, desacostumbrados a esta tensión, duelen. Así que vuelvo al cuarto de baño y, nada mas llegar, únicamente necesito poner la mano en mí para sentir un espasmo rápido que se transforma en segundos en un orgasmo desconocido, también de corta duración pero que me produce una sensación de vértigo e intenso placer que proviene de otro sitio, ¿de dónde? ¿de dónde? De mi mente, de la suya.

–Ahora, quiero olerte mejor.

Recibo esto, y sé, que estoy perdida.

Ya puedes leer la tercera parte aquí: 17 minutos (III) – Crónicas Moan (by Eme)

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