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Relatos ero: BDSM – Relatos eróticos cortos

Entre la difusa línea de lo dominante y lo sumiso y un toque de estética fetish, Brenda B. Lennox nos entrega estos dos relatos cortos con su habitual intensidad: potentes.

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Relatos eróticos

Relatos ero: BDSM

Correctivo – Relato erótico corto (1)

Me había citado a las once de la mañana. Llegué a y diez. Llevaba meses tocándome la moral. Escribía un relato durante días, ¡días!, lo enviaba a su correo y, quince minutos de reloj después, lo recibía en el mío plagado de notitas. Ni que me pagara como a Rosa Montero. ¡No te jode! Y encima, «reunión urgente para pulir detalles». ¡Lo que faltaba!

Blusa de seda, falda de tubo ajustada y stilletos. No por él, claro. Seguro que era el típico editor de pelo grasiento, barriga sebosa y dientes amarillos; pero después haría una visita sorpresa a uno de mis amantes. Me moría de ganas de sentarme en su cara, masturbarme contra su perilla y correrme en sus labios.

Cuando llegué a la editorial, me  recibió un cuarentón rapado al cero, cuerpo fibroso y sonrisa  profident. ¡Puf! ¿Y si…? Y si nada. Comenzó a aleccionarme, parapetado tras su mesa, con voz engolada. Ni me ofreció asiento, ¡qué educado! Aguanté de pie, como una capitana en la proa del barco, jurando que si no se hundía, yo misma le prendería fuego.

Debí desconectar porque, cuando quise darme cuenta, estaba detrás de mí. Una mano me acarició los pezones por encima de la blusa; la otra encontró el liguero y jugó con él. Mi cerebro estaba indignado y mi sexo, húmedo. Se pusieron a discutir acaloradamente hasta que un azote les interrumpió. Mmmm. Pactaron una tregua, pero él se arrebató. Golpes rítmicos con la palma rígida y los dedos cerrados. Patético…

Atrapé su mano y le inmovilicé contra la mesa con una llave de aikido.

—No puse en el currículum que soy astable*, ¿verdad?

*Astable: Persona que, en el Spanking, oscila de la posición de azotador a azotado sin tener ninguna prefijada.

Ella – Relato erótico corto (2)

Despierta. Tensa los músculos y salta como una pantera o cierra los ojos planeando el encuentro o disfruta acurrucada del placer del nuevo día.  Decide que le gusta su olor a recién levantada o darse una ducha rápida con jabón neutro o tomar un baño de sales; depilarse totalmente o a la brasileña dejando una fina franja sobre su pubis o dejar su vello sedoso tapizando su sexo. Se viste. Minifalda, top y botas altas; o falda de tubo, camisa ajustada y stilletos; o vestido corto de vuelo, fular de seda y sandalias con una flor azul.

Sale. Se dirige al garaje para montar su Harley o coge el taxi que se detiene chirriando con un simple movimiento de su mano o pasea sin prisas disfrutando del sol que se filtra entre los árboles.

Llega a la casa de él, mete las llaves en la cerradura y entra. Le espera agazapada entre las sombras de la entrada o en el sofá del salón con un Chardonnay o regando las plantas moribundas de su terraza.

Él llega. Presiente que está allí antes de entrar. La mira a los ojos. Entiende.

Se arrodilla, sube la falda de cuero y hunde la cara en su sexo. Ella eleva la pierna, clava el tacón en su hombro y le atenaza para follarse mejor su boca. Chupa su vulva, la penetra con la lengua y hunde sus dedos en su culo. Ella se masturba contra su barba, acelera el ritmo y se corre en su lengua.

O le quita la copa de vino, la levanta con fuerza y la gira contra la mesa. Ella pega sus pechos al cristal, alza la cadera y separa las piernas. Ata sus manos con su cinturón, la azota por encima de la falda y luego la levanta para golpear la piel desnuda. Ella gime y suplica, pero sigue azotándola hasta que se corre entre estertores, cuando el semen quema sus glúteos.

O la abraza con ternura, la lleva en volandas a la habitación y la besa sin tiempo. Ella le desnuda con rubor en las mejillas, acaricia su pecho y le aprieta contra los suyos. Recorre cada poro con los dedos, juega con el vello ensortijado y la penetra con suavidad. Ella besa su nariz, sus párpados, sus mejillas y susurra un «Te quiero» cuando llega al orgasmo.

Luego, le da un beso tenue y fugaz y se marcha o disfruta del aftercare  y de otra copa de Chardonnay  o se acurruca entre sus brazos hasta que amanece.

Llega a casa. Se desnuda. Entra en mi pecho. Se ovilla. Duerme.

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Sobre Brenda B. Lennox

Brenda B. Lennox es el seudónimo de una escritora con varios premios literarios a su espalda. La máscara que le permite mostrar su lado más salvaje en textos que destilan crudeza no exenta de humor negro y poesía. La firma que avala su compromiso con la sexualidad como redactora para La Magia de los Sentidos. Podríamos decirte su nombre real, pero ha asegurado que después tendría que matarte. Y la creemos.

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