El poder de la palabra – Relato erótico

«Una palabra no dice nada
Y al mismo tiempo lo esconde todo
Igual que el viento que esconde el agua
Como las flores que esconde el lodo
Una mirada no dice nada
Y al mismo tiempo lo dice todo
Como la lluvia sobre tu cara
O el viejo mapa de algún tesoro
Una verdad no dice nada
Y al mismo tiempo lo esconde todo
Como una hoguera que no se apaga
Como una piedra que nace polvo
Si un día me faltas no seré nada
Y al mismo tiempo lo seré todo
Porque en tus ojos están mis alas
Y está la orilla donde me ahogo».
Carlos Varela

Los pechos oscilaban con cada embestida, la piel brillaba perlada de sudor y los músculos se tensaban bajo la piel nívea, casi translúcida, que contrastaba con la azabache del amante que la penetraba aferrado a su cadera para que su miembro se hundiera hasta la raíz, con tanta fuerza que su pelvis golpeaba su pubis marcando un ritmo primigenio que ella correspondía con aullidos de placer, con gemidos guturales, con órdenes que el amante obedecía azotando sus senos, pinzando sus pezones, retorciéndolos como si quisiera arrancarlos, intentando satisfacerla, intentando saciarla, intentando que se corriera y una riada brotara de su sexo empapando las sábanas, y seguir, seguir, seguir follándosela hasta que ella le suplicara una tregua, un alto al fuego, su semen. Pero le exigía más, más, más, más, MÁS… y el amante gruñía rabioso, frustrado, impotente, al borde de sus fuerzas, al borde del orgasmo, al borde de la locura.

Se detuvo para recuperar el aliento.

—Métemela otra vez.

La miró con odio. Puta de mierda, pensó. Te voy a reventar. Te voy a partir en dos. La giró con rudeza, tiró de las bolas anales que sobresalían entre sus glúteos y la penetró.

Ella gimió.

Y los pechos oscilaron con cada embestida y la piel brilló perlada de sudor y los músculos se tensaron bajo la piel nívea, casi translúcida, que contrastaba con la azabache del amante que se aferraba a sus hombros para que su polla se hundiera hasta la raíz, con tanta fuerza que su pelvis golpeaba sus glúteos marcando un ritmo primigenio que ella correspondía con aullidos, con gemidos guturales, con súplicas que él obedecía clavando los dientes en su espalda, tirando de su pelo como de una brida, azotando sus glúteos, hundiendo un dedo, luego dos, luego tres, en su vagina ardiente y húmeda, intentando satisfacerla, intentando saciarla, intentando que se corriera y una riada brotara de su coño deslizándose sobre sus muslos y seguir, seguir, seguir rompiéndole el culo hasta que ella suplicara una tregua, un alto al fuego, su semen. Pero le exigía más, más, más, más, MÁS… y gruñía rabioso, frustrado, impotente, al borde de sus fuerzas, al borde del gatillazo, al borde de la locura.

Se detuvo para recuperar el aliento.

Ella se zafó, con la displicencia del que rechaza lo que ya no le sirve.

—Ven.

ÉL asintió, con un gesto casi imperceptible. Se levantó del sillón desde el que les observaba y se acercó a la cama lentamente, majestuoso como un león. Le apartó con delicadeza el cabello que ocultaba sus facciones, le secó el sudor del rostro con las yemas de los dedos y comenzó a acariciarla.

—Te amo —susurró, mientras la besaba.

Ella se corrió.